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La educación del futuro ya es presente

La educación del futuro ya es presente

Cuando se habla de educación de calidad, de escuelas inteligentes, de métodos de enseñanza sustentados en valores como los medioambientales, de cooperación o de creatividad, pensamos en países como Reino Unido, Suecia o Finlandia. Pero también en España las cosas están cambiando, desde hace tiempo. Los colegios que apuestan por una educación diferente han dejado de ser anécdota. Cada vez son más. Y enseñan mejor.

En España, el fracaso escolar, es decir, el abandono de los estudios antes de finalizar la educación secundaria superior, alcanza el vergonzante y áspero 24%, bastante por encima de la media europea, como la cantidad de deberes, que empeña 4,7 horas semanales de nuestros alumnos. Siguiendo con el último informe PISA, solo en matemáticas (una de las tres asignaturas que evalúa, junto con lectura y ciencia), más de 95.000 estudiantes tuvieron bajo rendimiento. «Bajo rendimiento» no significa que el estudiante se esfuerce poco, sino que apenas cuenta con el nivel básico de conocimiento que garantice su participación social. Sin embargo, hay apuestas educativas que están revolucionando las formas y los modos de educar, proyectos que rebajan vertiginosamente el absentismo escolar de los centros, iniciativas que persiguen que los alumnos dejen de ser recipientes pasivos de conocimiento para convertirse en ciudadanos capaces de pensar, escuchar y construir una sociedad más amable. Y los colegios del cambio cada vez son más.

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Que cada alumno descubra su proyecto vital

«El problema del sistema educativo en España es que las reformas educativas las han hecho un equipo de expertos o de técnicos en un ministerio o una consejería, decidiendo ellos lo que los estudiantes tienen que hacer y aprender, y se lo han dado todo hecho a los profesores. La comunidad educativa no ha tenido la oportunidad de implicarse en estas reformas, que, por ello, están abocadas al fracaso». Habla José Menéndez, director adjunto de la Fundación Jesuitas por la Educación, que ha emprendido una reforma pedagógica que afecta a los más de trece mil alumnos que estudian en sus ocho colegios catalanes y a los mil trescientos educadores que trabajan en ellos. Sin desterrar las clases magistrales, han eliminado las asignaturas como tales, el horario es flexible, sus aulas son espacios de encuentro, como ágoras de debate y trabajo en las que hay luz, cómodos sofás, gradas de colores y acceso a las nuevas tecnologías, y han sustituido los exámenes y las evaluaciones por proyectos. «Hay observadores analizando todos los procesos de aprendizaje. Por ejemplo, ahora mismo, la clase de 3º de la ESO trabaja en un proyecto sobre la explotación infantil, vinculada a los trabajos con salarios ínfimos en los países subdesarrollados, y cómo todo lo que allí producen se comercializa en el primer mundo. Para llegar a una visión y un análisis de conjunto, los alumnos están trabajando la monarquía absoluta, la Revolución Industrial y el proceso de globalización. Les llevará, aproximadamente, tres semanas. Hay profesores monitorizando el desarrollo que orientan sobre el método de búsqueda de información, que guían el debate, el nivel de razonamiento, etc. De este modo, todos los proyectos que realizamos contemplan el currículum pautado. Los alumnos adquieren los conocimientos estipulados, pero lo hacen de un modo activo.

Educar no es solo transmitir, es una dialéctica constante», explica Menéndez. La gran apuesta de este modelo de la Compañía de Jesús en Cataluña es conseguir que sus alumnos encuentren su proyecto vital. «A una edad temprana, sobre 3º de la ESO, nuestros alumnos van vislumbrando lo que quieren y no quieren ser de un modo mucho más exacto. Por ejemplo, quien quiera ser médico, sabe que la palabra ‘médico’ encierra muchísimas acciones de trabajo, tantas como la mecánica para quien la elija. Tratamos de fomentar el autoconocimiento en nuestros alumnos para que detecten sus virtudes y puedan suavizar sus defectos y esto, cuando termine la escuela, se habrá convertido para ellos en un hábito», concluye Menéndez.

Empatía, creatividad, liderazgo y resolución

El mundo cambia y la educación ha de adaptarse a los nuevos tiempos. «Así como hace cien años se decidió que todos los niños del mundo debían aprender a leer y escribir, ahora debemos comprometernos para que esas dos acciones no sean las básicas, e impulsar las inteligencias múltiples de nuestros alumnos, convertirlos en personas con iniciativa, reflexivos, capaces de encontrar soluciones a los problemas con los que se enfrenten», apunta Ana Sáenz de Miera, directora de Ashoka España y Portugal. La Fundación Ashoka promueve el proyecto «Las escuelas del cambio», una red mundial de centros cuyos innovadores métodos los sitúan a la vanguardia de la efectividad educativa y de la que forman parte nueve escuelas españolas (públicas, rurales e incluso masificadas). Todas ellas apuestan por la empatía, la creatividad, el liderazgo y la resolución de problemas. «El propósito es que estas escuelas se conviertan en motor de cambio de nuestras sociedades. Podemos hacer grandes cosas entre todos, los docentes, las familias y, sobre todo, los alumnos. Este modelo educativo alternativo funciona, no solo académica, sino también socialmente», apunta el profesor César Bona, el único candidato español al Global Teacher Prize (conocido como el Nobel de Educación), que colabora con esta iniciativa. «La clave está en ser capaces de que los muchachos aprendan motivados, con ilusión, y se involucren».

Alfredo Hernando recogió en su libro Viaje a la escuela del siglo XXI el funcionamiento de cincuenta proyectos educativos de veinte países. Los más punteros. Los más efectivos. Y hay ejemplos españoles, como es el caso del colegio Padre Piquer, situado en el popular barrio madrileño de la Ventilla, con un 45% de alumnado inmigrante. Desde que se implantaron las aulas cooperativas multitarea, el 85% de sus estudiantes tiene un alto rendimiento académico y el concepto de absentismo ya es un fantasma. Estos cincuenta modelos comparten, en lo metodológico, la inclusión de aprendizaje por proyectos, las aulas cooperativas, las herramientas de evaluación variadas, el diálogo entre alumno y profesor…

El ejemplo de las Ecoescuelas

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Las Ecoescuelas son una campaña internacional que implica a toda la comunidad educativa para mejorar la gestión ambiental de los centros y su entorno, respaldada por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, PNUMA. El Programa Ecoescuelas cuenta ya con unos 38.000 centros participantes en 49 países, de los 5 continentes, 450 de ellos en España. Aquellos centros que hagan de la educación medioambiental un discurso trasversal en sus enseñanzas reciben un distintivo de bandera verde. Como los colegios Gredos San Diego, de Madrid. Fomentan el uso de la bicicleta como medio de transporte, elaboran materiales educativos (sus Cuadernos de campo, El profesor Reciclus o El viaje de Kirima, sobre el cambio climático), trabajan en el «Aula de la naturaleza La Vía Láctea» y realizan excursiones a los albergues Senda de Riaza para estar en contacto directo con el medio natural. ¿Y si esas salidas al exterior se convirtieran en rutina diaria? ¿Si la naturaleza fuera el aula? Ese es el modelo que promueve Bosquescuela. El campo, un parque o la playa, «en todos los sitios hay algún lugar apto donde impartir clase al aire libre», asegura Philip Bruchner, creador del proyecto. «Los niños están llenos de curiosidad y ponen mucha atención. Y, sobre todo, son felices». El primer centro educativo Bosquescuela en España abrió sus puertas en el curso escolar 2015-2016 en el municipio de Cerceda (Madrid).

Con el objetivo de ayudar a los docentes a llevar el medio ambiente a las aulas y sacar las aulas a los espacios naturales, Ecoembes está trabajando por construir un sueño: una educación innovadora en aras de un mundo mejor y necesario, en la que el cuidado de la naturaleza sea una pieza clave. Por su parte, el Ayuntamiento de Madrid también está apostando por la educación como herramienta para la implicación de la ciudadanía en favor del entorno. Ha emprendido el proyecto «Educar Madrid Sostenible», dirigido a centros docentes y profesorado que trabajan para crear un ecosistema urbano sostenible y una ciudad con una mayor calidad de vida, a quienes distingue como «ambientalmente sostenibles». Uno de los que han obtenido esta singularidad es el colegio Puerto Rico, que colabora en los proyectos «Agenda 21 escolar» (que fomenta el desarrollo humano sostenible), «Huertos y jardines escolares» y «Madrid a pie» (que estimula el paseo tutelado para ir al centro). También el colegio Gandhi, que cuenta con un comité ambiental, formado por alumnos, docentes, equipo directivo y familias, y que ha constituido las «Patrullas verdes» de voluntarios, hortelanos en toda regla que se encargan de los huertos que gestiona el centro. Pero hay muchos más, y son poliédricos.

El colegio Amara, en el País Vasco, cuyo método está replicado en otros 19 centros de enseñanza, se ha centrado en mezclar a alumnos de distintas edades para que todos vivan, en determinados momentos, «la experiencia de ser pequeño» y la necesidad de «hacerse mayor». Asambleas para acordar las decisiones que afectan al centro o la elaboración de periódicos que den cuenta de las novedades educativas propias y ajenas son algunos de los instrumentos que aplica. Por su parte, la Fundación Créate alienta su programa educativo «Creamos nuestro proyecto», que ya ha impartido en 24 centros a través de 105 profesores formados por la entidad y que ha calado en más de 2.500 alumnos, que, a su vez, han creado más de trescientos proyectos en el aula. Obtuvo el Premio Nacional de Educación en la enseñanza no universitaria en 2013. Este ideario estimula la autoevaluación de aptitudes, la autocrítica, la capacidad creativa, la toma de decisiones o el trabajo en equipo, entre otros.

La escuela como servicio público

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El Hogar del Empleado se constituyó como asociación de beneficencia a principios de los años cincuenta y, desde entonces, presta servicios educativos. Su modelo es uno de los más punteros en nuestro país y se imparte en sus tres colegios madrileños: Montserrat, Lourdes e Hipatia. «Montserrat es un centro muy potente, que ha emprendido una enorme transformación metodológica, sobre todo en primaria, que hemos llamado “Aulas sin muros”; hemos tirado los muros físicos, también los psicológicos, para que los chavales trabajen juntos, sin estructura de aulas, y aprovechen mejor los recursos. Lourdes es el centro que tiene una cultura de la participación y del trabajo de las familias más asentada. Hipatia, el más reciente de todos, es su sexto año, está teniendo unos resultados estimulantes, sobre todo por la cantidad de gente joven que lo conforma, a todos los niveles», asegura Víctor Rodríguez, director del Área Educativa de la Fundación Hogar del Empleado, FUHEM. «Nuestra seña de identidad se basa en la idea de que no solo hay que cambiar la metodología, sino también el enfoque de lo que se cuenta, e imprimir una dimensión eco-social, en la que pongamos todo al servicio de los chavales para que sean miembros activos de la sociedad y, más allá, de la transformación social, del compromiso, de la pelea, de la lucha, de la militancia en todos los órdenes de la vida», continúa. «Hemos trabajado mucho con las familias, con los profesores y con los alumnos para dar un repaso al currículo muy fuerte, basado en qué contar. Creemos, por ejemplo, que los chicos no tienen que saber tanto del ciclo del agua como del cambio climático, saber que la historia no solo la han hecho los hombres… Tratamos de dar un giro radical a los contenidos, lo que se enseña, para qué y por qué se enseña», prosigue Rodríguez. Su metodología no es unívoca, sino más bien un conjunto de criterios que aplican en las aulas: que los alumnos cooperen entre sí, que se hagan progresivamente más autónomos, que su relación con los espacios sea poliédrica y multidisciplinar… Y reivindican su modelo siendo conscientes de que «aunque sea concertada, nuestra educación tiene que dar un servicio público». Por eso, predican con el ejemplo. En Hipatia, su colegio de Rivas-Vaciamadrid, han escolarizado a más alumnos provenientes del asentamiento ilegal conocido como La Cañada Real que muchos colegios públicos de la zona. Además, los tres centros incorporan en sus comedores una alimentación ecológica (frutas, verduras, legumbres…) o de proximidad (carnes y pescados), para reducir la huella ecológica, lo que les ha convertido en una referencia de la alimentación agroecológica. Es posible que nuestros hijos recuperen la ilusión por ir al colegio. Aprender de una manera creativa, estimulante e innovadora ya no es potestad, por fortuna, de los países nórdicos. Hay distintos centros en toda España que apuestan por una enseñanza de calidad, capaz de plantear preguntas cuyas respuestas no se encuentran en Internet y que harán de sus alumnos ciudadanos comprometidos y responsables. El filósofo Benjamin Franklin ya lo supo ver: «Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo».