Economía circular

Entrevista Teresa Ribera

Entrevista Teresa Ribera

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¿Qué beneficios plantea la economía circular en la lucha contra el cambio climático?

La economía circular y las medidas contra el calentamiento global deben conectar en un punto: la inteligencia con la que debemos utilizar los recursos, que son limitados. El abuso que hasta ahora hemos ejercido está generando impactos negativos en muchos frentes económicos, y sobre el cambio climático y nuestra salud. La economía circular es también aprender a utilizar las cosas y reutilizarlas, devolverlas a su condición de materia prima y generar una reducción significativa del consumo de energía y recursos naturales como el agua o el suelo. Podemos emplearlas después para muchos otros propósitos en tiempos de escasez o de fenómenos meteorológicos extremos como los que vivimos ya.

¿Qué incidencia tendrá la Agenda 2030 en la ciudades?

La población vive cada vez más en entornos urbanos; hay una tendencia a la concentración, con un crecimiento de las megalópolis hasta tamaños inmensos. Alrededor del 70% u 80% de la población vivirá en ciudades. Esto significa respuestas más deficientes a nivel de empleo, servicios de movilidad, servicios básicos para el bienestar, la salud o la educación. Pero significa también que, en el entorno de una ciudad, la capacidad de diseñar respuestas a las necesidades de las personas es mucho más clara, es decir, es un concentrado de todo lo que en una agenda nacional o una agenda global depende de muchas manos. Por eso permite experimentar propuestas inteligentes mucho más rápidamente, por ejemplo sobre la generación de residuos o de la energía, que se suelen plantear siempre a nivel global. Esta capacidad de interpretación, de acercamiento a la persona, que ofrece la ciudad, no lo ofrece ningún otro entorno.

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¿Qué papel juegan en todo esto los centros de decisión que no son de ámbito local?

El ámbito urbano permite garantizar una visión de consenso, una serie de respuestas que pueden ser mucho más coherentes y realizables, porque la gente siente que le toca de cerca: las respuestas a sus necesidades más básicas. Esa capacidad que tienen las ciudades para proponer un modelo de bienestar diferente debe ser aprovechada y potenciada al máximo. Creo que hay una voluntad política en muchos países en este momento, de comprensión y entendimiento a la aportación que pueden hacer las ciudades. El demandante de una participación activa, esto es, el ciudadano, es una escala de profundidad muy interesante que permite identificar muy bien las oportunidades. Y que se puede extrapolar a nivel global.

Vinculas la lucha contra el cambio climático con lo humano. Cuando hablamos de economía circular hablamos mucho de medio ambiente, pero no de personas. ¿Qué papel cumple el municipalismo?

A todos nos cuesta pensar y medir en abstracto. Todos necesitamos acercar la dimensión de la realidad de la que estamos hablando, incluidos estos grandes desafíos globales vinculados con un problema global como es el medio ambiente. No debemos verlo como una dimensión inmensa: es en el fondo lo que significa para ti, para mí, para tus padres o para tus hijos. Durante mucho tiempo, quizás, hemos pecado desde el punto de vista de la gestión de las políticas ambientales del exceso de ese protagonismo del ecosistema de la biosfera como algo independiente de las personas, y en el fondo no es así. Las personas necesitamos que la biosfera esté sana, como nuestro entorno, para poder estar sanos nosotros también. Y que la gente entienda cuáles son los límites de los recursos naturales. En las ciudades se experimenta cada día, se viven los límites físicos y químicos del planeta, y la demanda de los ciudadanos somete a una presión muy fuerte a los sectores públicos. Y se reclama participar y se triplican las soluciones que se proponen porque no se consideran acertadas, y hay un sentido de pertenencia mucho más fuerte que cualquier otra dimensión de organización social. La gente quiere vivir en un entorno agradable y sano que resuelva sus problemas.

¿Y cómo acercamos lo local a estas grandes decisiones de ámbito global?

Lo que hay que conseguir es hacer el recorrido a la inversa. Evidentemente, me apetece que en la ciudad en la que vivo haya grandes edificios bonitos o simbólicos, pero lo que quiero es que la ciudad en su conjunto sea armónica. Que la gente pueda vivir en sus casas, que mi vida sea relativamente cómoda en términos de traslado, educación, asistencia sanitaria… Yo creo que eso es percibido por los responsables de las políticas municipales. Qué ocurre con los recibos que pagamos, qué ocurre con el aire que respiramos, qué ocurre con el transporte público, con el agua, con el embellecimiento de las calles… Todo esto, que yo creo que en estos momentos está en mejores condiciones de poder ser apreciado, tiene también una incidencia global muy grande que ha sido el otro gran descubrimiento en estos años. El impacto de lo que se haga a nivel municipal no queda circunscrito a los límites físicos y geográficos de los términos municipales. El otro día vimos un dato muy relevante: el 70% de las necesidades de vivienda hasta el año 2030 está por construir. Esto necesita una respuesta, que no se puede ceñir a la construcción. Porque va a marcar la huella de lo que se consume y de las necesidades asociadas a ese consumo durante décadas. En las ciudades europeas, probablemente no cabe pensar en grandes tendencias al crecimiento, pero sí en la necesidad de repensar lo que tenemos. Proporcionar esas condiciones de bienestar pensando también en reducir las necesidades en las ciudades, para adaptarse a climas diferentes, para impactar menos en nuestro entorno y en el medio ambiente.

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Resulta inevitable preguntarle por el papel de los ciudadanos.

Hay una relación muy diferente. Ya no somos consumidores pasivos que nos conformamos con lo que hay, hay una capacidad critica más elaborada, y de nuevo en la escala local, esa capacidad de participación en la construcción de la agenda. Yo añadiría que en España hay ahora un espacio mucho más tranquilo y operativo con una energía importantísima a escala local.

¿Y esto puede impactar en las agendas internacionales?

Yo creo que lo más interesante de los Acuerdos de París y los Objetivos del Desarrollo Sostenible es que los dos superaron una dinámica clásica, de ese concepto monolítico de Estado-nación y basado en que los grandes Gobiernos nacionales deciden y todo el mundo se cuadra. Eso ya no es así. Ahora las decisiones vienen acompañadas de muchos otros factores, y hay una convicción de que se requiere cambiar completamente el modelo. Los Estados lo van asumiendo y, en los acuerdos de los que hablamos, se abren a un diálogo mucho más fluido y flexible con actores públicos y privados. Todavía quedan cosas por hacer, pero una de las más interesantes, una de las lecciones que debemos extraer de lo que ha ocurrido en los últimos 30 años, es que no podemos cumplir agendas por imposición a otro. No puede haber una agenda nacional en materia de economía circular que no tenga nada que ver o no cuente con las agendas locales en la misma materia, y a la inversa.

Por tanto, los alcaldes juegan ahora un papel muy importante.

El año pasado, pasamos en la ONU de un proyecto de acceso a la vivienda, enfocada a lo meramente inmobiliario, a otro más sofisticado con una visión de desarrollo urbano. De crear ciudad. Eso es incluyente. Pero de nuevo observamos que la agenda urbana y la agenda local no estaban en las prioridades: las reuniones de Hábitat, la agenda urbana convocadas por Naciones Unidas, son cada 20 años. ¿Alguien piensa que, con el dinamismo de las ciudades y su continua transformación, esto tiene sentido? Para pasar de una economía lineal a una circular en el ámbito urbano, debemos unirla a un debate muy presente ahora: ¿Qué Europa queremos? Y me encantaría oír las voces de los alcaldes de las ciudades europeas a este respecto, porque en esa cuestión tienen mucho que decir. Pongo un ejemplo: cuando los gobernantes nacionales eluden las respuestas sobre el fenómeno migratorio, son los alcaldes los que salen a la calle. Los que cuentan en primera persona las consecuencias sobre los ciudadanos. Y el sentir de sus ciudadanos. Esto está pasando. Vivimos una edad de oro del municipalismo que hay que aprovechar.

¿Cuál es la radiografía de España en este aspecto?

Los alcaldes van teniendo más implicación. En Barcelona, por ejemplo: quién nos iba a decir que la economía limpia que representa el turismo iba a colmatar la paciencia de ciudadanos en cuyos beneficios participan menos y aportan una carga mayor, como en la generación de residuos, o en la explotación de los servicios de limpieza, la masificación de las vías… Es un fenómeno que no habíamos esperado. Mantener un equilibrio es complejo. Hay que abrir las puertas, pero hay que anticipar estos problemas. La alcaldesa está tomando medidas ahora, pero el problema de Barcelona es un problema cada vez más global, porque se repite en muchas ciudades del mundo. Otro ejemplo es Madrid: llevaba años en estado un poco átono, poco presente en debates de gran calado político. Y de repente la alcaldesa es conocida en todas partes, se plantean debates hasta hace poco impensables: la gente opina sobre la peatonalización de Gran Vía. No sabemos qué recorrido tendrá. Podemos regresar a lo de antes. Esperemos que no. Pero es una realidad que la gente parece dispuesta a participar en los grandes debates cuando alguien se los plantea, en lugar de sentarse a esperar a que sucedan las cosas. El debate de la calidad del aire en Madrid, por ejemplo, es un paso muy importante. Y de una trascendencia global.

Salgamos un momento de lo local. ¿Le preocupan las medidas de Donald Trump? ¿Son compatibles con una transición a la economía circular baja en carbono?

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El actual presidente de Estados Unidos está descubriendo por primera vez en 70 años que no puede tener exigencias caprichosas. Ha firmado tres iniciativas, desafiando incluso la Carta Internacional de Derechos Humanos. Y no le han dejado llevar ninguna adelante. Por eso está por ver hasta dónde es capaz de llegar para imponer su criterio, y hasta dónde es capaz de resistir el sistema a sus desmanes. Eso en su país. Y a nivel global, se ha diluido esa interdependencia de dos potencias de antes, ahora todo es más complejo. Los Acuerdos de París tienen para algunos motivaciones sociales, para otros de competitividad. Alemania está esperando a su siguiente fase en términos de desarrollo industrial. También China, por eso quiere liderar las tecnologías verdes. La comunidad internacional quiere estar en este cambio. Trump se descuelga, pero no creo que tenga capacidad de destruir agenda. Sí de hacer daño, o incluso de retrasarla. Pero no lo tiene fácil para denunciar el Acuerdo de París, y generaría una crisis diplomática para su país que afectaría también a otros aspectos. Y el sistema financiero ya está asumiendo los riesgos del cambio climático en la valoración de los activos… La descarbonización es una transición que debemos realizar, y está asumida también por el sector financiero. El G20 impulsa por eso un sistema de transparencia para valorar esos riesgos, para abandonar los activos que nos generan algún perjuicio o que pueden devaluarse rápidamente por su gran dependencia de negocios basados en los combustibles fósiles. Donald Trump, lo primero que hace es firmar una orden para eliminar las reglas de transparencia de Wall Street. Volvemos a la opacidad. Pero, por otro lado, el riesgo sistémico de los activos de alta huella de carbono está ya asumido por el G20. Incluso Warren Bufet o Black Rock, el mayor gestor de fondos mundial, que no son precisamente altruistas, ya han dicho púbicamente que no se puede hacer desaparecer un riesgo porque sencillamente no convenga. Trump pretende retornar a un pasado que no va a volver, por mucho que quiera. Pero nos va a costar, eso sí, a todos más retraso, sufrimiento y dinero.

¿Y cómo ve al resto de la comunidad internacional?

Lo de China es llamativo: desde 2017 el Gobierno ha dejado de construir o cesado la actividad en cientos de plantas térmicas alimentadas con carbón. Algunas con menos de 20 años y muy eficientes, la mayoría en las zonas más contaminadas. O el de India, donde las tecnologías solares son igual de competitivas que el carbón, siendo un país productor de carbón y con una necesidades energéticas inmensas. Shell acaba de anunciar que se deshace de su negocio de petróleo y de gas convencional. Se reconvierte en una industria energética basada en las renovables. Ya hay un viraje. 2016 fue el primer año con crecimiento de la economía mundial y estancamiento de los gases de efecto invernadero. No es suficiente, lo que hay que hacer es reducirlas hasta cero. Pero sí que es un proceso sin retorno. Lo que parecía hace no mucho tecnológicamente imposible y socialmente inasumible, ahora lo es. Porque la demanda social es mucho mayor y su nivel de tolerancia, menor.