Social

Ritmo lento

Ritmo lento

Cuando alguien se toma su tiempo en hacer las tareas, cuando uno transita despacio por la vida, tendemos a pensar que es torpe, perezoso, holgazán, apático. Hasta indolente. Demasiada parsimonia nos estresa. Vivimos en la vertiginosa época de los 140 caracteres, de los argumentos expuestos en 59 segundos, de las fotos subidas a las redes sociales casi antes de ser tomadas, en la sociedad de las consignas sin narración posible. Pensábamos que nada había más obsoleto que un periódico del día anterior. Sin embargo, la actualidad es tan efímera que parece que siempre nos falta tiempo. Nos hemos convertido en traficantes de experiencias a granel, en acaparadores de momentos al peso. Eso imprime en nosotros un ritmo frenético que nos consume y degrada.

Elogio de la lentitud

 

Vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir. Lo afirma el historiador y periodista canadiense Carl Honore en su libro Elogio de la lentitud (RBA), la biblia de un movimiento que cuenta cada vez con más adeptos, el slow living (literalmente, «viviendo despacio»). No es una moda pasajera o el último capricho de los altos ejecutivos, es una propuesta de vida, otro modo de estar en el mundo.

El slow living deriva de otro fenómeno anterior, el slow food, que inició el sociólogo y gastrónomo Carlo Petrini en los años 80 en Italia, tras una manifestación ciudadana en la Plaza de España de Roma contra la apertura de un McDonald’s. La concepción de comida pausada frente al concepto de comida rápida. Ralentizar el ritmo de vida para vivir mejor.

«Vive deprisa y deja un bonito cadáver». La frase, atribuida erróneamente al icono por antonomasia de la rebeldía, James Dean, pertenece a un diálogo de la película Llamad a cualquier puerta, de Nicholas Ray. La cuestión es: ¿de verdad queremos vivir demasiado deprisa? ¿Se puede vivir demasiado deprisa? ¿No convendría vivir a fondo las cosas, vivirlas con plena intensidad, en vez de rozar su contorno para saltar a otra actividad rápidamente? El movimiento slow living propone esto mismo: quebrar el acelerado ritmo de las sociedades capitalistas para vivir mejor. Para saber vivir.

 

En busca del sosiego interior

La prisa nos degrada como humanos, nos hiperestimula, nos hurta la paciencia, nos aboca a la superficialidad. Ya se sabe, «quien mucho abarca…» Al principio, la velocidad se imprimió al trabajo; para ser más productivos, había que afanarse hasta el estrés, pero ahora esa rapidez mal entendida preside nuestro consumo, nuestra alimentación, nuestras relaciones de pareja, la educación para con nuestros hijos, el ocio… Ese ritmo urgente impide que profundicemos en aquello que hacemos. Como en la novela de Michael Ende, Momo, en la que los «hombres de gris» inoculaban a la gente el pánico a perder el tiempo. Y, por miedo a perder el tiempo, desperdiciamos la vida.

Hubo un tiempo en que las tiendas cerraban los domingos y festivos; un tiempo en que a partir de las nueve de la noche era casi imposible adquirir ciertos productos; un tiempo en que, a determinadas horas, uno ignoraba qué hacían las personas cercanas… ahora hay establecimientos (gimnasios incluidos) que abren 24 horas, podemos saber a qué hora se conectó por última vez quién y hacer casi cualquier cosa a cualquier hora… y, como es posible, parece que estamos obligados a hacerlo.

Carl Honoré: «Vivir
deprisa no es vivir,
es sobrevivir»

«Vivimos en una especie de rueda de hámster en la que parece imposible parar. Tenemos que estar activos, cuantas más horas, mejor. Si no hacemos nada o si nos demoramos haciendo aquello que realmente nos gusta, tenemos la sensación de convertirnos en parásitos sociales. Pero hay otro modo de vivir. Vivir colocándole una quilla al tiempo que nos asignan», nos comenta el filósofo mexicano Luciano Concheiro, finalista del Premio de Ensayo Anagrama con su texto Contra el tiempo.

«Invito a todo el mundo a que, siquiera por probar, ponga sus cinco sentidos en hacer algo. Como si la vida dependiera del resultado de lo que está haciendo. Que se tome el tiempo necesario para hacer esa cosa, sean cinco o cuarenta minutos, y que se concentre en ello, que no esté pensando en nada más. Los efectos son inmediatos, nos damos cuenta de lo necesitados que estamos de sosiego interior», nos comenta Ángeles Vizcaíno, militante ecologista y una de las hortelanas de un huerto urbano de Vallecas. «Nos han enseñado que hay que vivir deprisa y es exactamente al contrario, hay que vivir, y para vivir se necesita dedicación a las cosas. Vivir despacio. ¿O es que se puede amar en cinco minutos?». Romanticismos aparte, los expertos aconsejan buscarse un pasatiempo para cultivar ese sosiego del que hablaba Ángeles, para estimular nuestra concentración, para darle un sentido a lo que hacemos. Hay un adagio monacal que recomienda lavar los platos como si lavásemos nuestros propios ojos. Se trata de estar en la celebración. Se haga lo que se haga.

Cuestión de «sentido común»

«El movimiento slow living es una necesidad para no perder nuestra salud mental, para vivir mejor, para ser más felices. Es pura cuestión de sentido común», nos explica la psicóloga y coach Elvira Redondo.

Para empezar, dejar de obsesionarse con el reloj, sobre todo en nuestro tiempo de ocio, fines de semana y vacaciones, tratar de respetar nuestros propios biorritmos, despertarnos cuando lo pida nuestro cuerpo, comer cuando así lo deseemos, no planificar varias actividades para evitar ir apurados, y disfrutar de aquella que escojamos, apunta Redondo.

Es muy importante la comida, comer sano y comer sin prisas, no solo para nuestra salud (cuando más triturados lleguen desde la boca los alimentos al estómago más le facilitaremos la digestión), sino también para nuestro espíritu: las sobremesas pueden reportar un buen puñado de endorfinas extra. «Compartir el tiempo con gente a la que queremos genera y afianza vínculos afectivos que nos cuidan psicológicamente», prosigue esta coach.

Y, si no queda otra que comer solo, que no cunda el pánico. «Comer solo no es una decepción, ni la peor de las opciones posibles. ¿Quién mejor que nosotros mismos nos conoce? Evitemos encender el televisor o estar mirando el móvil para paliar esa sensación de soledad, la soledad no es mala, disfrutemos de estar a solas, démonos un respiro», sugiere el director del centro soriano Las Batuecas, José Luis Sanz, donde se ofrecen, además de clases de yoga y reiki, charlas sobre el slow living.

Pensemos en la cantidad de «cosas pendientes» que lleva uno prendidas en su mente con imperdibles imaginarios. ¿Realmente son cosas urgentes, necesarias, importantes? «Es preciso aligerar nuestra carga de obligaciones, y también hay que revisarla; solemos incluir cosas que pueden hacerse más tarde, incluso no hacerse y que, sin embargo, nos agobian, causándonos estrés», apostilla Redondo.

Hasta mirar al cielo…

La moda de lo lento se extiende, slow food, slow living… pero también slow book (leer menos, pero deleitarse de lo lindo en la lectura, leer no siguiendo el imperativo de los prescriptores de moda, sino el de nuestras propias apetencias e intereses); el slow money (gastar nuestro dinero de manera responsable, teniendo en cuenta los efectos de nuestras compras en el planeta); la slow fashion (que propone una moda ecológica, basada en el consumo solidario, en el reciclaje, en las prendas hechas a mano), el slow travel (convertirse en viajero y no en turista, no tratar de ver todos los rincones de Roma en dos días, abandonar la ansiedad y entregarse al deleite de ver aquello que realmente nos conmueva, perdernos por las ciudades, por los pueblos, conocer sus gentes)…

SLOW FASHION
Este año nació el primer
Directorio de Moda
Sostenible, un punto de
referencia para todos los
ciudadanos que quieran
informarse de cómo y
dónde consumir moda
que cuida el medio ambiente
y a los trabajadores.

No es casual que regresen los oficios ya en peligro de extinción (encuadernadores, ebanistas) y las labores y hábitos de otros tiempos (preparar confitura, tejer, restaurar, los filandones rurales, ese reunirse en torno a una mesa y contar historias)… «Cualquier tarea que quiebre el ritmo enloquecedor de la vida de hoy en día nos sirve. Incluso no hacer nada, no pensar en nada, tumbarse y cerrar los ojos, sentir la experiencia de, incluso, aburrirse; caminar hacia ningún lugar concreto, pararse un instante, contemplar el cielo y ver las nubes», insiste Sanz. Se cumplen veinte años de la gran novela de Martín Gaite Nubosidad variable. Sea la mirada hacia el cielo un primer homenaje a la salmantina. Por ejemplo.

Elvira Redondo: «El slow living
es una necesidad para no perder
nuestra salud mental»

«Escoger, al menos de vez en cuando, el transporte público en lugar del coche propio; mirar a los ojos de quienes comparten nuestro vagón de metro; tomar conciencia al levantarnos de que comienza un nuevo día en nuestra vida, escuchar atentamente a quien nos habla, aunque no nos interese demasiado, coger una flor de un jardín en vez de comprar un ramo; hacer algo con nuestras manos en vez de comprar un regalo, guardar un poco de silencio… Vivir despacio es mejorar en calidad de vida», nos recomienda el mayor experto en esta filosofía, ya mencionado,
Carl Honoré.

EINSTEIN
¿Los genios nunca
duermen? Einstein
respondería que todo es
relativo… Él necesitaba al
menos diez horas de sueño
y se echaba varias siestas
diarias.

Hay otros textos en los que profundizar en este modo de vivir. El arte y la ciencia de no hacer nada de Andrew J. Smart (Tajamar Editores), en el que el científico norteamericano explica la importancia del descanso, ya que, no haciendo nada, se activan ciertas redes neuronales que pueden derivar en altos niveles de energía y en alumbramientos de grandes ideas. O La revolución del sueño, de Arianna Huffington, cofundadora y editora jefe de The Huffington Post, quien propone revisar nuestra relación con el sueño para librarlo de esa connotación peyorativa de tiempo muerto, sacrificado por el trabajo o por la conexión casi permanente a las redes sociales. Se sabe que hubo grandes dormilones en la historia: Edison, Brahms, Descartes, Einstein, Churchil… nadie diría que ellos perdieron el tiempo.

Si sienten que no llegan, que nos les da la vida, si regresan a casa como quien termina (y no el primero) una compleja carrera de obstáculos, tal vez sea el momento de reconsiderar de qué modo se vive, de ajustar el ritmo vital, de desacelerar. Lentitud. Calma. Tranquilidad. Dilación.
Ritmo lento, en definitiva.

Me voy para el pueblo

Cuando la crisis alcanzó cuotas de desolación generalizada, muchas familias optaron por buscarse la vida en el campo. Organizaciones como ‘Abraza la tierra’, dedicadas a asesorar y acompañar a estos nuevos pobladores rurales no daban abasto. Sin embargo, la situación no era tan fácil como se pintaba. No basta un huerto para poder vivir. Hacen falta servicios básicos, y un trabajo. Por lo menos un jornal con el que poder comprar las semillas que queramos plantar.

Sin embargo, hoy en día no son pocos los que emigran de la ciudad al campo no para mejorar sus condiciones económicas sino para tener una vida más humana, más sana, más tranquila. Para vivir más despacio. La Coordinadora para el desarrollo integral del Nordeste de Segovia, la asociación ‘Abraza la Tierra’ o el Foro Asturias Sostenible son algunos ejemplos de entidades que ayudan a quienes quieren instalarse en zonas rurales en busca de una mejor calidad de vida.

Es el caso de Inmaculada P. Domingo y José Antonio Muñoz, un matrimonio con cuatro hijas que decidieron dejar su casa en el barrio de Tetuán (ciento cuarenta metros, dos plazas de garaje, metro a diez minutos y parada de autobús casi en la puerta) para rehabilitar una vieja finca de molino en Humanes de Mohernando, en Guadalajara. No hay nada alrededor de su nuevo hogar, sólo campo. Árboles, arbustos, un bucólico río que pasa por su finca, monte, hierba, rocas. La zona civilizada más próxima está a quince minutos largos en coche.

«Cuando nos instalamos carecíamos de luz, utilizábamos generadores, tampoco agua corriente; carecimos de algunas comodidades, pero ganamos en calidad. Las niñas viven en un entorno lleno de naturaleza, no necesitan sentarse frente a la tele para pasárselo bien, corren por la finca, juegan. El aire que respiramos es sano, llegas aquí y el tiempo es otro, comemos juntos, sin tele, hablamos, nos comunicamos… el entorno es muy importante; la ciudad, sobre todo las grandes ciudades, se han convertido en entornos hostiles para el ser humano. Antes trabajábamos en Madrid; ahora un poco más cerca de casa, en Alcalá de Henares. Ganamos un poco menos (ella es química; él, profesor de academia) pero vivimos mejor, sin duda».

No es cuestión de falta de oferta. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística, en España hay más de 2.900 municipios abandonados, sobre todo en Galicia y Asturias. La venta simbólica de casas a un euro, con el compromiso de los compradores de rehabilitar el inmueble y quedarse a vivir en la zona, fue una práctica en continua expansión. Pero tampoco hace falta vivir en soledad, basta un pueblo bien comunicado. O un coche que nos comunique. En los últimos años, cifras del INE, hay más gente que abandona las urbes para establecerse en pueblos que viceversa. Por algo será. San Agustín, en sus Confesiones, asegura que cuando el hombre vive en la naturaleza, «saciado y contento de contemplar el monte, los árboles, de escuchar el silencio», es capaz de «dirigir entonces hacia sí los ojos del alma».