Innovación

El trabajo del futuro

El trabajo del futuro

La digitalización, el universo del big data, la robotización y una sociedad que busca, paradójicamente, más tiempo de ocio en una época de paro revolucionan la relación del mundo con sus empleos.

 

El mundo podría perder en 2030 unos 2.000 millones de puestos de trabajo. Los economistas Carl Frey y Michael Osborne, de la Universidad de Oxford (Inglaterra), estiman que al menos el 47% de los empleos en Estados Unidos corren el riesgo de ser absorbidos por robots y computadoras. Otros cálculos, y otras previsiones, fotografían un escenario igual o más intranquilizador. El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que cinco millones de puestos de trabajo pueden desaparecer aquí al lado, en 2020, en las economías más punteras del planeta.

La consultora Deloitte advierte de que 850.000 trabajos del sector público en el Reino Unido caminan el alambre de ser automatizados antes de 2030. Para suturar esa herida, que se abre de manera silenciosa, serían necesarios, de acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT), unos 40 millones de trabajos nuevos al año durante los próximos tres lustros.

El desafío que proponen todos esos números resulta tan amenazante como una promesa rota. Al fin y al cabo, tras las cifras hay personas, familias, esperanzas… vidas. ¿Una exageración? «Todo trabajador que tenga un empleo estandarizado está en riesgo», alerta Laurence J. Kotlikoff, profesor de Economía de la Universidad de Boston. Y añade: «Las máquinas inteligentes, incluida Internet, que también, no lo olvidemos, es una máquina inteligente, han destruido una profesión tras otra».

El paisaje se mueve entre la devastación y una nueva era. Entre el drama y una mirada más generosa al tiempo. La consultora McKinsey ha publicado recientemente un informe en el que sostiene que «muy pocas ocupaciones» serán automatizadas a corto o medio plazo. Hará falta un tiempo de ajuste y los trabajadores tendrán margen para adaptarse. ¿Es así? «Técnicamente, resulta más factible automatizar las actividades físicas predecibles que las impredecibles», apuntan en Bank of America Merril Lynch. Por ejemplo, las soldaduras, y los soldadores, o la preparación de alimentos en cadena, muestran un riesgo elevado (76%) de ser automatizados, mientras que cuidar mascotas fuera de casa parece un trabajo (25%) a prueba de despidos. «Con las tecnologías actuales, las profesiones más difíciles de automatizar son las relacionadas con la gestión de personas (9%) y aquellas cuya base es la creatividad (18%)», detallan en la institución financiera estadounidense. De hecho, los profesores Frey y Osborne han estudiado la posibilidad de la automatización de 700 trabajos. Y han hallado que los recepcionistas (96%), los asistentes legales (94%), los vendedores en tiendas (92%) y los taxistas (89%) corren el mayor peligro de ver sus trabajos sustituidos por una sucesión de «ceros», «unos» y complejos circuitos integrados.

La computación se abre camino. Aunque todavía existen espacios de resistencia. En la otra orilla, acampan los físicos y los cirujanos (0,4%), los profesores de educación básica (0,4%) y los abogados (3,5%). «Hay sectores, desde luego, que nunca serán automatizados. Nadie quiere sentarse en un restaurante y ser atendido por un robot o que te cocine una máquina», apuntaba en el pasado Foro de Davos el premio Nobel de Economía Christopher Pissarides.

«Surgirán nuevos empleos en torno a la nanotecnología, la telemedicina o el cuidado del medio ambiente.»

 

Con sus habitaciones más iluminadas y con sus rincones más oscuros, miramos a los ojos, y a la luz, de una nueva alborada. Desde luego, las sombras viven con nosotros. «Los trabajadores serán desplazados y reemplazados. Porque el mundo aún no está listo», lamenta Philip Jennings, secretario general de la federación sindical UNI Global Union.

Pero, junto a la negrura, también habita la claridad. «El ser humano posee una gran capacidad de adaptación al entorno y vemos que han aparecido profesiones como conductor de Uber, diseñador web, community manager, repartidor de comida de Instacart o youtuber, que no habríamos sido capaces de imaginar hace años», reflexiona Vicente de los Ríos, profesor de la escuela de negocios EOI.

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Este es el tiempo que vivimos. Estos primeros tanteos del siglo XXI dejan la pregunta de cómo conjugar tecnología y empleo. Máquinas y personas. Señala el Fondo Monetario Internacional (FMI) que unos cinco millones de trabajos de oficina desaparecerán en todo el mundo en 2020. A la vez, en los próximos cinco años, surgirán 400.000 empleos relacionados con las matemáticas y los ordenadores. La cuenta resulta adversa. Se destruye más que se crea.

El trabajo y la formación reflejan la inequidad del mundo. Y también la brecha entre países ricos y pobres. «En la mayoría de las naciones de la OCDE, una persona con elevados conocimientos tiene entre cuatro y seis veces más posibilidades de recibir formación que un trabajador con baja cualificación», señala Stefano Scarpetta, director de Empleo, Trabajo y Asuntos Sociales de la OCDE. Esto exige cambios.

«Hay que adaptar los sistemas de protección social para reflejar un mundo del trabajo en el que las personas tendrán varios empleos diferentes a la vez y se cambiarán con más frecuencia de una empresa a otra», apostilla el responsable empresarial.

Estas son algunas de las pistas que deja el trabajo del futuro. Aprendizaje durante toda la vida, cambio de empleo con asiduidad y desempeño de varios trabajos a la vez. Y, sobre todo, pensar en lo inesperado. Pues ya alertaba Carolina Jeux, consejera delegada de Telefónica Educación Digital, de que el 65% de los estudiantes de primaria trabajarán en puestos que aún no existen. Todo esto refleja una transformación brusca del paradigma. Hay que despedirse de los empleos de nueve a siete o para-toda-la-vida. Hay que decir adiós a un mundo (para lo bueno y lo malo) del trabajo que agoniza. Llega la Gig Economy, pequeños puestos desarrollados de forma autónoma. Un conductor de Uber o un repartidor a domicilio representan este espacio distinto y cada vez más poblado. Una de cada dos personas en los Estados Unidos y el Reino Unido —según la consultora PeoplePer- Hour— tendrán algún tipo de trabajo free-lance en 2020. Esa fecha anda a la vuelta de la esquina.

En ese recodo, el mundo del trabajo cambia para siempre, porque vive una divergencia profunda. El valor en el mercado de Google supera los 380.000 millones de dólares (354.000 millones de euros), pero solo emplea a 53.600 personas en todo el planeta. El contraste es azul muy oscuro, casi negro. General Motors vale 60.000 millones de dólares (56.000 millones euros) y, sin embargo, da trabajo únicamente a 216.000 operarios. Es la consecuencia más dolorosa de la digitalización. Hay otras más benignas.

Al menos para Emilio Ontiveros, presidente de Analistas Financieros Internacionales (AFI), quien cree que «este proceso aporta una mayor facilidad para externalizar tareas». También mejores números. «Robótica y automatización pueden proporcionar un empuje al anémico crecimiento económico en el planeta», analiza Karen Kharmandarian, gestor del fondo Pictet Robotics. Y añade: «Una fábrica de automóviles sin automatización podría perder hasta un 19% del metal utilizado, pero, si se automatiza, solo entre el 1 y el 2%». Sin embargo, tanta eficiencia no debe ocultar que también nos dirigimos hacia un futuro de desempleo. Por eso, para contrarrestar los efectos adversos de la oleada tecnológica, algunos economistas defienden que una renta básica universal aliviaría las peores consecuencias de la robotización de la economía. Es una propuesta cuya repercusión nadie es capaz aún de calibrar. Puede ser un camino. Aunque otros hablan de imaginar nuevos futuros.

«Muy pocas ocupaciones serán automatizadas a corto o medio plazo, según la consultora McKinsey.»

 

«Van a aumentar las profesiones que requieren de una mayor capacidad analítica y también aparecerán más empleos que se sustenten en la creación de negocios en red de profesionales o de conexiones personales», vaticina Vicente de los Ríos. Algo en cuyo sustrato yace la educación digital. Porque el desafío surge profundo como un cenote. «Para afrontar este enorme reto, la sociedad en su conjunto, incluyendo a los implicados en la educación escolar del futuro  , en la formación para el empleo, en la educación universitaria y, cómo no, en las empresas, tiene la obligación de participar de forma activa en este proceso de cambio social», describe Almudena Semur, coordinadora del Servicio de Estudios del Instituto de Estudios Económicos (IEE). Es un viaje difícil, pero estamos obligados, aseguran los expertos, a comprar el billete. «Si no aprendemos a ser nosotros los que demos las órdenes a las máquinas, acabaremos obedeciendo las órdenes de las máquinas programadas por otros», advierte Franc Carreras, colaborador académico de Esade.

Sometido a ese vórtice, el planeta, una vez más, gira y cambia. Se mueve hacia nuevos lugares. Un espacio donde los ingenieros serán capaces de reprogramar células enfermas y los arquitectos construirán edificios utilizando impresoras 3D. Algunos trabajos del MIT ya avanzan esas idas. Este es un futuro. Planteemos otro. Los nuevos empleos gravitarán alrededor del mundo cuántico, la nanotecnología, los desafíos de una sociedad cada vez más envejecida y longeva, la telemedicina, el cuidado del medio ambiente, el análisis de información (data mining) y el celebérrimo big data. Si miramos más atentos la bola de cristal, se desplegarán más. Surgirán trabajos nunca vistos ligados a la farmacogenética, la medicina prenatal, la realidad aumentada, la seguridad de la información o el desarrollo de software. Y los altos ejecutivos tendrán que saber lidiar con el caos, las emociones y la innovación. Todo a la vez, o no habrá lugar para ellos.

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Junto a este advenimiento tecnológico, el mundo ha puesto las esperanzas en las tres virtudes teologales. Tiene fe en que los empleos verdes (energías renovables, trabajos asociados a procesos de sostenibilidad) sean un contrapunto a la pérdida de trabajos manuales; tiene esperanza en que este proceso se intensifique en los próximos cinco años; y caridad, bien entendida, en que ayude a contrarrestar los efectos más negativos que la tecnología tiene en el empleo.

Cuenta la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA, por sus siglas en inglés) que en 2012 había cinco millones de personas empleadas en sus predios. Pero también explica que en 2016 aumentaron hasta los 9,8 millones. Su récord histórico. Una consecuencia lógica de la irrupción del escenario verde pero también de un proceso que la gestora de fondos británica Fidelity llama «desmaterialización». En Estados Unidos, la cantidad de recursos naturales extraídos por dólar de PIB ha disminuido casi un 75% en los últimos 90 años. En 1900, la fabricación de 1,5 gigatoneladas de acero habría utilizado una quinta parte de la oferta de energía primaria de energía total del planeta. Pero en 2010 solo utilizó una quinceava parte.

Detrás de todo este incipiente universo, habitan nuevos empleos para nuevas mentes. La automatización, la robótica y la inteligencia artificial trascienden la industria y entran en la vida de las personas. ¿Estamos preparados? Lo hemos leído en infinidad de lugares, la formación digital en España todavía sigue pendiente. Pero no solo hace falta recurrir a lo tecnológico, sino reivindicar el talento. El filósofo José Antonio Marina pasa esas páginas. Las mira, las lee y busca un significado a ese término: «El talento es el buen uso de la inteligencia».

Sin duda, esta «cuarta Revolución Industrial» cambia nuestra relación con el futuro y transforma nuestra percepción del trabajo. Se extiende a una sociedad que, en principio, debería dedicar más tiempo al ocio a medida que la automatización reduce los horarios laborales. Además, la nueva generación que impulsa la economía y la demografía del mundo, los millennials (jóvenes que nacieron entre 1982 y 2004), revela una predisposición clara a llevar una vida más equilibrada entre ‘tiempo libre’ y trabajo. Por lo que esa idea, tan del siglo XX, tan de Breat Easton Ellis y su novela American Psycho, de situar las horas del empleo en el centro de la existencia, se irá diluyendo. ¿Y qué queda en la relación entre futuro y trabajo?

Queda esperar que esos días venideros no traigan una mayor inequidad entre quienes pueden acceder a una formación elevada y quienes no; entre quienes son capaces de adaptarse a estas imposiciones laborales y quienes no y entre los países que tienen los recursos para formar a sus chicos en las aulas de la tecnología y los que no. Queda esperar, como vaticinó en 1958 la filósofa Hannah Arendt, en su ensayo La condición humana,  que esta explosión tecnológica «libere a la humanidad de su más antigua y natural carga, la carga del trabajo». Queda aguardar un mundo mejor.

 

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