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Juan Luis Cano y Pedro Armestre

Juan Luis Cano y Pedro Armestre

Uno pone la palabra. El otro, la imagen. Dos poderosas herramientas para reivindicar una sociedad mejor. El periodista Juan Luis Cano y el fotógrafo Pedro Armestre se reúnen en este diálogo organizado por Circle by Ecoembes.

Juan Luis Cano es periodista, escritor y humorista, especialmente conocido por haber formado parte del dúo Gomaespuma. Actualmente, pasa buena parte de su tiempo frente al micrófono, en el programa Arriba España, de M80 Radio, que estrenó en 2016.

Pedro Armestre es fotoperiodista social y medioambiental. Tras pasar por Europa Press, Cover, France Presse, El Mundo o Interviú, en 2013 fundó la revista Calamar2, junto a la periodista Susana Hidalgo. En 2014, recibió el Premio Ortega y Gasset de fotografía.

En estos tiempos de posverdad, ¿diríais que el periodismo está en horas bajas?

Juan Luis. El periodismo es una rama más de la vida y de la sociedad y, como tal, está exactamente igual de influido que el resto de los ámbitos sociales. Pienso que lo que ha ocurrido es que el periodismo se ha convertido directamente en comunicación. Ha desaparecido esa pureza de la profesión periodística. Una realidad que se ha intensificado a raíz de la extrema mercantilización de todo lo que nos rodea, y el periodismo no se ha librado de eso. Cuando los medios de comunicación están en manos de los mismos que controlan los mercados o los bancos, al final todo acaba sometido al imperio de la economía.

Pedro. Yo estuve trece años trabajando en la Agen­cia France Presse hasta que el pasado septiembre lo dejé por una serie de discrepancias. Hoy en día, no me siento un fotoperiodista, sino una persona dedicada a la co­municación, porque en la actualidad todos mis trabajos están relacionados con las ONG, y eso me lleva a contar y destacar lo que a la organización en cuestión le interesa. Sin embargo, esto no quiere decir que esté comunicando mentiras. En planos generales, pienso que al periodismo le ha ocurrido exactamente lo mismo, es decir, se ha convertido en el medio por el cual los dueños del papel canalizan la información que les conviene. Y lo más peligroso de toda esta situación es que se venda la comunicación como periodismo. Un ejemplo muy claro y que puede verse a diario son todos aquellos contenidos que los medios transmiten como noticias, pero que en realidad están pagados para que aparezcan ahí y publiciten una serie de cosas.

Juan Luis: «Los periodistas no podemos cambiar el mundo, pero sí poner a la sociedad frente al espejo»

Juan Luis. Sí, pero también existe una rama del perio­dismo que escapa o puede escapar de todo esto. Me refiero a toda la desarrollada en los medios online como blogs o redes particulares, donde uno tiene la ventaja de poder verter su opinión o hacer un periodismo bajo un punto de vista determinado y sin nadie que te marque una línea a seguir. Pero está claro que de este tipo de periodismo más independiente no se vive, y yo como humorista tengo la ventaja de tamizar e interpretar todo desde el humor. En muchas ocasiones, este humor es una buena patente de corso, es decir, yo me permito decir cosas que quizá en otro programa o medio no podría. El humor es un buen vehículo para contar las cosas.

Decía Miguel Ángel Basteiner, maestro de maestros, que el periodismo no es una profesión, sino un oficio.

Juan Luis. No sé si será un oficio… lo que sí sé es que es una profesión vocacional. Pero hay por ahí mucho funciona­rio bien entendido o mucho operario suelto, ¿no? Es decir, hay muchas personas que van a la redacción como si trabaja­sen en una fábrica de leche. Con un horario cerrado, sin saber que este oficio es, al fin y al cabo, una forma de vida. Recuerdo cuando me quedé en Pekín sin poder hacer una entrevista a Gasol porque el cámara decidió irse en su horario y que no trabajaba fuera de él. Esto desde el punto profesional no lo entiendo, aunque estuviera perfectamente en su derecho.

Pedro. Casi siempre he trabajado como autónomo. Pero evidentemente he percibido eso que dices tú, es decir, gente que estaba esperando en la Audiencia Nacional para ver quién entraba y que inmediatamente llamaba al medio para decirles que en breve cumplía su horario y que se debía ir a casa. Y se piraba.

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Juan Luis. El periodismo que más sometido está a la actualidad es el de redacción. Esto no significa que uno tenga que estar en ella las 24 horas del día, pero sí que es cierto que debe trabajarlas todas. Porque uno no puede adecuar la información de cada momento al horario que le convenga. El periodismo es un modo de vida, estar disponible para contar nuevas cosas en cualquier momento.

Pedro. Sí, estás todo el día con los ojos y las orejas puestas para coger al vuelo un tema. Yo, de hecho, muchas madrugadas me despierto con una idea en la cabeza y tengo que apuntarla inmediatamente. Sin embargo, y a pesar de ser una profesión vocacional, los periodistas no podemos cambiar el mundo. Lo que sí podemos contar o destacar son todas aquellas cosas que la gente desconoce. Dar voz a quienes no la tienen. Pero el movimiento tiene que llevarlo a cabo la sociedad. El profesional de la información le muestra lo que existe, pero no es el detonante del cambio.

Juan Luis. Eso es. El periodista no puede cambiar el mundo, pero sí tiene la responsabilidad de poner a la sociedad frente al espejo.

¿Y qué hay de la precariedad de la profesión?

Pedro. Me gustaría empezar a hablar de los jóvenes. Personalmente entiendo que necesitan hacerse un hueco en el mundo periodístico y que tienen un deseo irrefrenable de ha­cer nuevas cosas. Lo que no comprendo es que inmediatamen­te después de salir de la universidad se compren una cámara y una libreta y quieran ir al lugar de la noticia para abrir los te­lediarios. Quizá los jóvenes que están empezando tienen que tirarse unos cuantos años cubriendo informaciones locales, que en un futuro podrá nutrirles y darles más experiencia. Como muchos van con esas prisas por el reconocimiento, pretenden que sus contenidos salgan por encima de los de cualquiera y dicen: no, no, es que yo necesito que lo mío se publique.

Juan Luis. Creo que todo este tipo de cosas se intensi­fica más por la revolución de las redes sociales. Es decir, la tecnología permite a cualquier persona informar sobre cualquier hecho en cuestión. Sin embargo, esto no quiere decir que hagan periodismo. Lo peor es que muchos medios de comunicación se dan cuenta de lo que vende este tipo de productos, y les da igual tener a un periodista de treinta años que cubra esa información que a un chaval joven que va a hacerte lo mismo, pero cobrándote mucho menos.

Pedro. Exacto, y en la actualidad se necesita mucho producto.

Juan Luis. Claro. Porque cualquiera, en cualquier momento, puede convertirse en periodista, si tiene la suerte de estar en el lugar y en el momento oportunos. Pero la inmensa avalancha informativa existente hace que la propia información muera rápidamente. Es decir, lo que hoy es el bombazo mañana estará muerto y obsoleto. Y, por otra parte, llega tantísima información que no te da tiempo a filtrarla íntegramente.

Pedro. Eso incentiva los dos grandes problemas de la actualidad: el estar desinformado y el estar excesivamente informado, que al final son exactamente lo mismo. Las nuevas tecnologías han llevado a agilizar, por un lado, la profesión, pero a precarizarla por otro. Es decir, con un mismo presupuesto se está generando mucha más información y, al mismo tiempo, se reparten los fondos entre mucha más gente.

Juan Luis. No creas. Yo lo que estoy viendo es que el mismo periodista puede hacer de técnico, de conductor o de editor. Entonces, no sé si ese presupuesto se tiene que repartir entre más gente…

Pedro. Que un mismo periodista pueda hacer más de una cosa no mejora la situación. Somos nosotros mismos los que estamos aceptando condiciones precarias. Por eso pienso que hay que plantarse. Aunque la profesión haya cambiado con el paso de los años, no podemos quedarnos con esa esencia romántica del periodismo. Urge evolucionar. Pero de ahí a aceptar todo a cualquier precio hay un trecho. Eso solo convertiría al periodista en un ‘mediocre’.

Vayamos al eterno debate: ¿dónde están los límites de la libertad de expresión?

Juan Luis. Yo creo que los límites de la libertad de ex­presión tienen que residir en el sentido común. Lo que no se puede permitir es lo que sucede en la actualidad. Es decir, la denominada ley mordaza tiene el objetivo de proteger solo a algunas personas…

Pedro. Muchas veces se utiliza la libertad de expresión para reírse del otro.

Juan Luis. Pero cuando esta libertad se canaliza a través del humor, hay que saber que este siempre tiene un punto de provocación. Personalmente, nunca he tenido que plantear­me los límites de lo propiamente humorístico. Lo que sí es verdad es que hoy tengo que pensar mucho lo que digo, no vaya a ser que me meta en un lío.

Pedro. Las redes sociales se han convertido en ese gran bar donde todos nos relacionamos. Lo que ocurre es que, en la actualidad, uno no puede bromear en las redes como cuando lo hace en privado con sus colegas. Es decir, el problema de exteriorizar en las redes sociales todas aquellas bromas es que uno puede tener la mala suerte de ser malin­terpretado por millones de personas.

Juan Luis. Uno de los grandes problemas de las redes sociales es que brindan la oportunidad de decir cosas a gente que no tiene nada que decir. También facilitan mucho más la manipulación. Pero lo que sí que debemos reconocer es el gran poder que tienen y la oportunidad que dan para movili­zar a grandes masas.

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Pedro. Si bien las redes sociales nos dan la oportunidad de enterarnos de todo aquello que sucede en el mundo y de movilizar a la sociedad, debemos ser muy cautos antes de presionar el botón y publicar cualquier cosa. En cuanto a las nuevas generaciones, yo alucino al ver a unos cuantos chavales cada uno con su teléfono y sin ni siquiera comu­nicarse. El hecho de venir de otra generación me imposibi­lita entender estos nuevos mecanismos de comunicación. Realmente, los veo muy absurdos. Sí que es cierto que a los jóvenes puede parecerles obsoleta y anticuada mi forma de pensar. Pero bueno, es normal que reconozcan como algo bueno toda esta tecnología que les ha venido dada por narices.

Juan Luis. Lo bueno de esta profesión es que tiene el futuro garantizado. Es decir, pase lo que pase, seguirán sucediendo las cosas y alguien tendrá que contarlas. Lo que no sé es cómo.

Como europeos, ¿cuál es vuestra postura frente al drama de los refugiados?

Pedro. A mí me parece un despropósito. Esto me hace recordar una película documental llamada Ha vuelto. En ella, se mezclan los hechos reales con una ficción en la que Hitler resucita. Y es que con todo el drama de los refugiados parece que hemos vuelto a mecanismos pasados, ¿no?

Juan Luis. Esta situación está sacando las vergüenzas del capitalismo. Y una vez más los argumentos se caen por su propio peso. Estoy seguro de que, si se diluyera por toda Europa el número total de refugiados que en la actualidad están en campos, sería perfectamente asumible repartirlos por países. Existen muchas zonas rurales de Europa que se están despoblando. Y yo me digo: Joder, pero ¿por qué no les dejamos que se instalen allí?

Pedro. Además, los españoles también tuvimos que marcharnos de nuestro país. Yo mismo tengo familiares que tuvieron que exiliarse. De verdad pienso que nos hemos olvidado de nuestro pasado.

Juan Luis. No es que nos hayamos olvidado… es que di­rectamente no nos interesa. Lo que no entiendo es cómo en España, uno de los países del mundo que reúne a más perso­nas de distintas nacionalidades, existan opiniones contrarias a los refugiados y a todo lo que implique acogerlos. Creo que nos han inoculado el miedo a lo desconocido.

Pedro. Sí, y además es que solo estamos viendo a nues­tras víctimas europeas. En lo que a terrorismo se refiere, es necesario saber que todos los días se producen atentados en otras partes del mundo que se cobran cientos de vidas hu­manas. Y de eso parece que no nos damos cuenta. Al lado de lo que sucede a diario, las víctimas del terrorismo en Europa conforman un porcentaje ínfimo.

A desafíos globales como el del cambio climático, ¿se les pueden dar respuestas locales?

Juan Luis. Yo creo que ahora mismo el compromiso con la sostenibilidad y el medio ambiente es obligatorio. Pero los cambios tienen que venir desde la dinámica individual. Es decir, cada uno tenemos que hacer nuestro propio análi­sis y recapacitar sobre la situación actual del planeta. El ser humano comete el gravísimo error de creer que el mundo es nuestro entorno. Y no es así. Hay mucha desinformación medioambiental en la sociedad y mucha gente no sabe, por ejemplo, qué está ocurriendo en los polos, o cuánta cantidad de plástico se desecha a diario en el mar.

Pedro: «Somos los humanos quienes estamos modificando el paisaje. Al final será el propio planeta el que nos expulse»

Pedro. El hombre ha perdido la percepción de lo que es. Nosotros somos un ser vivo que vive en este planeta, pero tendemos a mostrar esa prepotencia que nos hace creer que podemos transformarlo.

Juan Luis. Y es que la tenemos… el ser humano tiene la capacidad de transformar el planeta para mal. Se está viendo con el paso de los años.

Pedro. Sí… pero al final será el propio planeta el que nos expulse. Es decir, los seres humanos como tal, no tenemos la capacidad de reinventarnos y evolucionar. Por ejemplo, muchas veces nos quejamos de la falta de agua, pero segui­mos talando bosques y despilfarrando. Es por eso que pienso que somos nosotros mismos los que estamos modificando el paisaje, y al final lo pagaremos muy caro. Si no lo estamos haciendo ya…

Juan Luis. La avaricia humana y el modelo capitalista también nos impide pensar más allá del beneficio económi­co. Es por eso que el medio ambiente parece quedar en un segundo plano…