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Nos comemos el planeta

Nos comemos el planeta

La población mundial del futuro desborda los cálculos más catastrofistas del economista Malthus. Crece a un ritmo insostenible. En un siglo, superaremos los once mil millones de habitantes. Y eso que a principios del siglo XX éramos poco más de mil millones y medio. El coste ambiental de este incremento es letal: ya hemos agotado el uso de la tierra más productiva, embalsado los ríos más rentables energéticamente y aprovechado el agua subterránea de más fácil acceso. ¿Cómo alimentaremos a tantos millones de seres humanos? ¿Con qué recursos? ¿A qué precio?

 

Este globo más o menos esférico, achatado sutilmente por los polos, acoge a siete mil trescientos millones de habitantes. Para el año 2100, la población mundial será de 11.200 millones de personas. Los paritorios más fecundos se concentrarán en nueve países: India, Nigeria, Pakistán, la República Democrática del Congo, Etiopía, Tanzania, Estados Unidos, Indonesia y Uganda. India superará a China como la patria más poblada, con 1.400 millones de seres humanos, mientras que Nigeria, el mayor de los países africanos, con más de 180 millones, pasará de ser el séptimo del mundo al tercero más habitado, superando a Estados Unidos. A mediados de este mismo siglo, seis países desbordarán la barrera de los 300 millones de moradores: China, India, Indonesia, Pakistán y Estados Unidos. Son datos de Naciones Unidas.

Una sociedad sostenible es una sociedad estable demográficamente, pero la población actual parece lejos de ese equilibrio. Un dato más: para 2050, el 70% de la población mundial será urbana.

Sin embargo, hay lugares en los que el envejecimiento del censo será casi insostenible. Europa, por ejemplo, donde el 34% de la población tendrá más de 60 años en 2050, lo que reducirá el número de sus ciudadanos, pasando de 738 millones a 707 para entonces. España, a quien la ONU atribuye hoy 46,1 millones de habitantes, quedará por debajo de los 40 a mitad de siglo, cuando se convierta en la población más envejecida del mundo, con el 44% de sus habitantes por encima de los 60 años y el 30% superando los 80.

Desde finales del siglo XIX, la esperanza de vida de un recién nacido se ha multiplicado por dos, pasando de los 39 a los 77 años. «El mundo gira…» decía la canción, pero también crece, imparable. A un ritmo de 80 millones de personas cada año. La cuestión es: ¿puede el planeta soportar el gasto de agua, comida y energía de tanta gente? ¿Cabremos todos? ¿En qué condiciones?

Necesitamos tres planetas como este

Este continuo crecimiento no es inofensivo. La Comisión Mundial del Medio Ambiente advierte: «En muchas partes del planeta, la población crece según tasas que los recursos ambientales disponibles no pueden sostener, tasas que están sobrepasando todas las expectativas razonables de mejora en materia de vivienda, atención médica, seguridad alimenticia o suministro de energía».

El contrasentido (aparente) es que, aunque en África asistimos a un big bang demográfico, Europa, vetusta y provecta, está superpoblada. Y son las zonas ricas, con excedentes demográficos, las que practican un consumo per cápita muy superior al de los africanos u otras regiones menos favorecidas y, por tanto, son estos territorios desarrollados y prósperos los que más contribuyen al agotamiento de los recursos mundiales.

«La demanda de alimentos aumentará un 70% para 2050, según la FAO»

Como aseguraron los expertos reunidos en el Foro de Río, la actual población requiere los recursos de tres planetas como el nuestro para mantener el nivel de vida desarrollado. Es decir, hemos superado la capacidad de carga de la Tierra.

Cada año, alrededor de un tercio de los alimentos producidos (unos 1.300 millones de toneladas) se pierden. Lo que es peor, se pudren, bien en manos de los consumidores o minoristas, bien debido a métodos ineficientes de recolección y transporte. A esto se añade que en 2013, según el Banco Mundial, solo una quinta parte de la energía utilizada en todo el mundo provenía de fuentes renovables (agua, viento y luz solar); el resto procedía del petróleo, el carbón, el gas natural y el uranio.

Algo, está claro, hacemos mal. Muy mal.

Según informes de la Organización Internacional para las Migraciones, este crecimiento de la población conlleva una mayor contaminación y deterioro del medio ambiente (las emisiones globales de gases de efecto invernadero se elevarán un 50% en los próximos años); un ascenso de la temperatura global de entre tres y seis grados; se acentuará la tala indiscriminada de bosques y selvas (según el Programa de la ONU para el Medio Ambiente, PNUMA, solo en América Latina y el Caribe, Asia y África se ha llegado a talar la superficie equivalente a un estadio de fútbol por minuto); habrá un colapso general de las especies marinas que se pescan (ahora se encuentran en esa situación un 30% de ellas); se sobreexplotarán los recursos naturales (con la pérdida de la biodiversidad y la extinción del propio producto), incluida el agua (lejos queda esa enseñanza de su ciclo, según la cual el agua era un recurso renovable; lo era, pero su consumo se ha disparado hasta el punto de que no hay tiempo para su reposición), por no hablar de que el aumento progresivo de la población también implica un mayor contagio de enfermedades. Estos son solo los efectos más obscenos. Hay otros muchos.

La cuestión de la tierra

Si la Tierra, como planeta, está al límite, la otra tierra, la que ofrece suelo firme y sustenta la agricultura, no anda mejor de salud. La superficie de las tierras cultivables se incrementará en alrededor de 70 millones de hectáreas. Debido a la lenta mejora de la eficacia en el uso del agua, así como en la disminución de la superficie destinada a la siembra de arroz, las extracciones de agua para regadío se ralentizarán, pero aun así crecerán casi un 11% en los próximos años, según los datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura.

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El rendimiento de los cultivos asciende, pero también de manera perezosa. En el caso de los cereales, se situaría en 2050 en las 4,3 toneladas por hectárea, superándolas 3,2 actuales.

Hoy en día, el 92% de la superficie agrícola del mundo se trabaja con alguna variante del sistema de labranzas (trazando surcos más o menos profundos en la tierra con una herramienta de mano o un arado).

Existen alrededor de 1.500 millones de hectáreas sembradas en el mundo, y esta extensión podría crecer entre un 15 y un 20% en el próximo decenio. Pero la voracidad en la demanda de alimentos exige una tecnología adecuada, en vez de una mayor superficie para cultivar. El desafío es conseguir una agricultura competitiva y sostenible.

Las imágenes de los incendios en los trigales de Rusia, afectados por la sequía, o las de las recientes inundaciones en Pakistán, China y la India, ponen sobre aviso de la importancia de la agricultura y su papel estratégico.

Según el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura, las mayores amenazas a las que se enfrenta el sector son el rápido crecimiento de la demanda por parte de China y otros países emergentes; las circunstancias que se dan en la producción de alimentos, afectada por los cambios en las condiciones climáticas y por la fluctuación de los precios de los insumos necesarios, como los fertilizantes, que afecta al precio de los alimentos, y la excesiva dependencia del mercado de los hidrocarburos que padece la agricultura, lo que exige el desarrollo de fuentes alternativas de energía y el ahorro de esta.

La revolución verde

La agricultura se ha hecho protagonista en la Agenda de Acción Climática Global COP22 de Marrakech, que ha sentado a la mesa a doscientos países. No cualquier tipo de agricultura, no a cualquier precio, hablamos de la agricultura sostenible. Dada la demanda propiciada por un imparable aumento de la población, se producirá una revolución verde en el campo, ya que serán necesarias más que nunca la eficiencia, la racionalización de los recursos naturales y la garantía de la seguridad alimentaria mundial.

Uno de los grandes dispensarios de agricultura en el planeta es América Latina. Sin embargo, el modelo de evolución verde implantado, que generó en sus inicios un aumento de la productividad, está agotándose: la disminución de la tasa de mayores rendimientos y la alta dependencia de los agroquímicos lo demuestran. Para ser sostenible, la producción agrícola debe cumplir con requisitos de calidad e inocuidad.

El director del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura, Víctor Villalobos, aseguró que para mantener una agricultura sostenible se precisa del «uso racional y la conservación de los recursos naturales y la biodiversidad. El desarrollo de las tecnologías limpias y de productos menos dañinos para el medio ambiente, las buenas prácticas agrícolas y las agro-biotecnologías constituyen una oportunidad para que la agricultura afronte de modo más eficiente los desafíos del futuro próximo».

Sin embargo, «la urgencia por implementar tecnologías que ayuden a elevar los rendimientos agrícolas y su calidad nutricional no debe ser obstáculo para adoptar prácticas de agricultura responsable con la naturaleza», tales como la agricultura de conservación, los sistemas agrosilvopastoriles (aquellas plantaciones que combinan cultivos agrícolas y forestales con la actividad del pastoreo), el uso sensato del riego, el control de plagas o la mejora genética con métodos convencionales y biotecnológicos. Y recordó que, ante la cada vez mayor escasez de agua, la productividad debería medirse «no en términos de toneladas por hectárea, sino de toneladas por metros cúbicos de agua».

Ante los inminentes impactos del cambio climático y sus efectos en la producción de alimentos, el reto de la agricultura pasa por crear nuevas variedades resistentes al estrés hídrico, a la salinidad y a los suelos ácidos. La ingeniería genética jugará un papel determinante, una vez establecidos los mecanismos de bioseguridad. Urge el uso de tecnologías limpias. Urge una agricultura menos dependiente de los combustibles fósiles.

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«Se necesitan alrededor de dos mil años para formar diez centímetros de suelo fértil»

Y urge para conservar el suelo. Jesús A. Gil, presidente de la Asociación Española Agricultura de Conservación  Suelos Vivos, explica por qué: «Se necesitan alrededor de dos mil años para formar diez centímetros de suelo fértil. En ese mismo periodo de tiempo, pueden perderse unas 16 toneladas de suelo por hectárea según la zona». España está a la vanguardia de la agricultura de conservación. Esta práctica reduce hasta en un 90% la erosión del suelo y en un 70% la escorrentía (el agua de lluvia que circula sobre la superficie de un terreno). Mitiga el cambio climático e incrementa la biodiversidad de los ecosistemas agrarios. Disminuye los costes del cultivo y el número de horas de trabajo y amplía beneficios.

El agricultor seguirá desempeñando un papel protagonista en el futuro, por mucho que se tecnifique el sector. En 2050, la demanda de alimentos aumentará un 70%, según la FAO. Pero el cambio climático, que amenaza algunos cultivos e impone peajes a las producciones agroganaderas, está obligando a organismos internacionales, Gobiernos, administraciones y ONG a trabajar juntos para consolidar un modelo de agricultura sostenible.

Y en medio de este complejo y delicado panorama, estamos nosotros. Los consumidores, que también podemos contribuir a no agravar la situación. Basta aplicar a nuestras decisiones de compra algunos parámetros responsables. Más allá del precio, mantener, como norma básica, la austeridad, decantarnos por productos provenientes de comercio justo, escoger aquellos que generen menos residuos e impacto medioambiental, usar la imaginación para reciclar los alimentos que están a punto de caducar. Comprometerse, en definitiva, con el planeta. No vaya a ser que los científicos, finalmente, encuentren la respuesta a la inmortalidad. Porque entonces, a este ritmo, no habrá sistema solar que nos resista.

 

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