Innovación

Alargascencia: contra la obsolescencia programada

Alargascencia: contra la obsolescencia programada

Cada vez cobra más fuerza un movimiento que reclama la durabilidad de las cosas. Existen directivas europeas en este sentido, y también iniciativas de Gobiernos, organizaciones y de la propia sociedad.

La página web iFixit tiene millones de visitas al mes. Los ingenieros que la montaron hace pocos años, básicamente, destripan cualquier aparato electrónico que se lance al mercado, y explican, paso a paso, cómo hacerlo. El éxito de la plataforma, una referencia mundial, tiene mucho que ver con Apple. Cada producto que lanza la todopoderosa marca de la manzana es más difícil de desmontar que el anterior. Sus componentes van soldados, y aunque los gerifaltes de Cupertino aseguran que es por ahorrar espacio y reducir tamaño, la consecuencia es clara: sus aparatos tienen una vida útil determinada y, cuando esta acaba, la única opción es comprarse otro.

Por eso muchos están atentos a iFixit, para los que abrir un producto de Apple, y volver a cerrarlo, cada vez supone un reto mayor. «El nuevo MacBook Pro es prácticamente imposible de reparar sin sustituir piezas y, mucho menos, de ampliar o actualizar», fue su veredicto sobre el último ordenador portátil de la marca. Para muestra un botón: en modelos de hace unos pocos años, el propio usuario podía aumentar la memoria RAM, el disco duro o cambiar la batería. Hoy, todos estos componentes van unidos, lo que obliga en muchos casos a cambiarlos todos a la vez si uno de ellos se estropea. El presupuesto, en un centro de reparación oficial, ronda entre los 500 y los 700 euros, la mitad de lo que cuesta el ordenador.

Uno de los youtubers con más seguidores del mundo se llama Casey Neistat: tiene siete millones de suscriptores, medio millar de vídeos colgados en su canal, una serie en HBO, un espacio reservado en CNN y una red social, Beme. Sin entrar a valorar su talento como hombre-espectáculo de la Red, gran parte de su éxito virtual (como sucede con iFixit) tiene que ver con Apple. Las visualizaciones de sus vídeos dieron un triple salto con tirabuzón en 2003, con una pieza que no llegaba a los tres minutos, en la que denunciaba que la batería del iPod (reproductor musical portátil que arrasaba en el mercado) estaba programada de antemano para durar 18 meses, tras los que los de Cupertino, como toda respuesta, sugerían cambiar el artilugio por otro más moderno. La viralización fue tal que el caso acabó en los tribunales, y Apple se vio obligada a aumentar su garantía hasta dos años y permitir la sustitución de las baterías del aparatito. Concesiones hechas en Estados Unidos, claro.

La empresa que fundara Steve Jobs no es la única sospechosa de programar la obsolescencia de sus productos, un término que define la RAE desde mucho antes de la revolución tecnológica con un simple «Algo que deja de usarse». Una investigación reciente de la OCU (Organización de Consumidores y Usuarios) desveló que, en muchas lavadoras de diferentes marcas, uno de los tubos internos con más tendencia a la rotura iba soldado, lo que hacía inviable su reparación. La agencia alemana de consumo, UBA, publicó hace un año un estudio que concluía que los electrodomésticos duran un año menos, de media, que hace una década. Los fabricantes involucrados (la mayoría) rebatieron en masa que esto se debe a la innovación y el aporte de nuevas prestaciones, pero en ningún caso a la obsolescencia programada.

«Hay que tener cuidado a la hora de usar este término a la ligera», advierte el portavoz de un fabricante de componentes para automóvil. «Todos los objetos industriales tienen una obsolescencia programada porque todo diseño, y así viene en el pliego de condiciones de cada proyecto, lleva consigo una vida útil prefijada o, cuando menos, estimada. Esa durabilidad se calcula teniendo en cuenta tres cosas: el presupuesto, la función para la que está concebido el producto y, desde hace unos años, su impacto en el medio ambiente como residuo». Pone un ejemplo: «Una caja de cambios estándar está creada para que su vida útil sea de 250.000 kilómetros. Podría ser mucho más, pero a un coste que jamás podría ser asumido por el comprador medio. Otra cosa, claro, es que algunos piensen que se introducen chips programados para dejar el objeto fuera de uso en una fecha determinada».

Se refiere al escándalo suscitado hace unos años con los cartuchos de las impresoras: ahí radicaba realmente el negocio de las marcas, por eso el aparato hoy llega a precios irrisorios (una impresora con escáner y conexión wi-fi puede adquirirse por 60 euros) y los precios de la tinta se han disparado. Recorrió el sector la insinuación de que insertaban chips en los cartuchos para limitar el número de impresiones, antes de agotar su carga. Nunca fue comprobado, pero hay derivadas: el año pasado, muchos usuarios acusaron a HP de programar sus impresoras para que fallasen si se usaban recambios de otra marca. Algunos expertos lo achacaron a una actualización de software impulsada por la compañía, que muchos clientes realizaron sin sospechar nada.

Eso nos lleva a otro punto: la obsolescencia de un producto cada vez depende menos de la resistencia de sus componentes físicos, y más de la programación. Los móviles con sistema Android, por ejemplo, rara vez aceptan más de tres actualizaciones. A partir de ahí, el aparato es incapaz de soportar tal cantidad de información y deja de funcionar. Según una encuesta realizada por la página web El Rincón Androide, del diario Deia, la mayoría de los preguntados respondía que sus móviles se despiden a los tres años. Hablamos de aparatos que fácilmente superan los 500 euros de precio de compra, eso supone un gasto anual considerable (y desapercibido) para una economía media. Los gestores del sistema operativo, además, apremian al usuario con mensajes bombarderos para que actualice su dispositivo, lo que irremediablemente acorta su vida. Es un ejemplo que puede aplicarse hoy a cualquier dispositivo que requiera un software (ordenadores, electrodomésticos, navegadores GPS, tabletas, etc.) de cualquier marca que no utilice sistemas de código abierto o gratuito.

«La obsolescencia programada existe, otra cosa es en qué parte del término queramos incidir», explica el consultor de marketing Álex Díez, y advierte: «Muchas veces somos los propios consumidores los que la forzamos. ¿Cuántos acuden en masa a comprarse el último modelo de iPhone aunque el suyo siga funcionando perfectamente? Son conocidas por todos las imágenes de las enormes colas frente a las Apple Store de todo el mundo, gente que incluso planta una tienda de campaña días antes para ser los primeros. Lo mismo puede decirse de la industria textil. Compramos ropa nueva en cada temporada, aunque tengamos el armario abarrotado. Las zapatillas de deporte han generado millones de fanáticos coleccionistas que las compran a pares, nunca mejor dicho, y solo se han calzado un modelo tres veces en su vida». Y añade: «En el sector del automóvil es más flagrante, si no, no existiría el mercado de segunda mano: muchos se compran un coche mejor por capricho o por estatus, y venden el suyo, aunque aún pueda circular sin problemas». Un estudio de la web Coches.net revela que, hasta 2010, cuando aún existían ayudas estatales, la mayoría de los encuestados argüían como motivo de cambio de vehículo un impulso «emocional», antes que práctico.

Convertir lo obsoleto en duradero

«Los aparatos eléctricos y electrónicos suponen el 80% de la cantidad de residuos»

La obsolescencia programada no ha sido probada, pero la tenemos asumida, ya sea como un hecho de la industria, o promovida por los propios consumidores. La Comisión Europea está preparando un paquete de medidas normativas para impedirla, y países como Francia se aúpan entre los más implicados con este problema, incompatible con la sostenibilidad y mucho menos con los Objetivos de Desarrollo Sostenible firmados en el seno de la ONU, teniendo en cuenta que los aparatos eléctricos y electrónicos suponen el 80% de la cantidad de residuos. El Gobierno galo quiere imponer los cinco años de garantía en todos los productos, para asegurar su mantenimiento por parte de las marcas y, por ende, su durabilidad.

La Fundación de Energía e Innovación Sostenible sin Obsolescencia Programada (FENISS) ha creado un sello, ISSOP, que garantiza que un producto está fabricado sin esta práctica perjudicial para el medio ambiente y los consumidores. Son exigentes: por el momento, lo han solicitado 80 empresas y solo ocho lo han conseguido. «La obsolescencia programada está extendida en casi todos los productos y se puede demostrar con sencillas pruebas de laboratorio», cuentan los responsables de esta fundación afincada en Barcelona. En la Agència Catalana de Consum no lo tienen tan claro: «Las denuncias por obsolescencia programada no suelen prosperar porque es muy difícil demostrar que un fabricante ha hecho que un producto no funcione de modo intencionado».

Sea como fuere, estas medidas, que ya deberíamos llamar tendencia, empiezan a denominarse con un neologismo cada vez más extendido, acuñado por la ONG Amigos de la Tierra: alargascencia. Parte de una iniciativa de la organización, que consiste en crear una base de datos con esos negocios dedicados a la reparación o adaptación de objetos para darles más vida o, en su caso, una nueva.

Las empresas deberían empezar a tomar nota del concepto de alargascencia, si no por responsabilidad con la sostenibilidad, al menos, por pulsos meramente rentables: un informe del Comité Económico y Social Europeo alumbra que las ventas aumentan el 56% si un producto se etiqueta como «de larga duración». En el caso de España, según una encuesta de la OCU, «el 16% de los consumidores pagaría más por un móvil si les garantizaran que les durará más, y el 44% pagaría 100 euros más por un lavavajillas que durase al menos dos años más». Una de cada cinco personas consultadas asegura que «pagaría más por impresoras, aspiradoras, zapatos, maletas y pantalones si no tuviera que renovarlos tan a menudo».

Si estamos todos de acuerdo, ¿a qué esperamos para practicar la alargascencia?