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Si el aire es de todos, la contaminación también

Si el aire es de todos, la contaminación también

Nueve de cada diez personas en el mundo respiran aire contaminado, lo que provoca enfermedades, sobre todo cáncer de vejiga y pulmón, alergias y muertes prematuras. Un aire sucio también empobrece nuestra calidad de vida. O tomamos medidas o, de aquí a 2050, cuando los núcleos urbanos hospeden al 70% de la población mundial, las consecuencias serán aún más trágicas.

Más de doce millones de personas pierden la vida cada año en el mundo a causa de la contaminación del aire, una cifra 234 veces superior a las muertes que provocan los conflictos armados, según datos de la ONU; es decir, la mala calidad del aire es la responsable del 23% de las defunciones que se registran en el mundo y del 25% de las de niños menores de cinco años.

En nuestro país, la exposición a contaminantes ambientales sesga la vida de 21.000 españoles, de las cuales al menos 15.000 son atribuibles a la contaminación atmosférica, según el estudio de Carga Global de Enfermedad (GBD). Cuantas más cifras, más obscena resulta la gravedad del problema: un 5% de la carga de la enfermedad en España se debe a factores ambientales; un 6% en el caso de la Unión Europea y un 13% en el mundo. Un aire insalubre no solo mata, sino que merma la calidad de vida: 167 millones de personas han desarrollado enfermedades que encuentran su origen en la contaminación ambiental; en muchos casos, además, con la aparición de diferentes discapacidades.

«En realidad, nadie se muere por contaminación, sino que esta agrava enfermedades que existen y que, en un alto porcentaje, derivan en defunción. Sí reduce de manera directa la esperanza de vida de los europeos una media de nueve meses; de esto tampoco hay duda entre la comunidad científica. Y la Organización Mundial de la Salud ha reconocido como cancerígenas las partículas atmosféricas de contaminación urbana», explica Xavier Querol, científico del CSIC y uno de los mayores expertos en la materia.

La contaminación del aire se produce por la mezcla de partículas sólidas y gases en el ambiente. Las emisiones de los automóviles, los compuestos químicos de las fábricas, el polen o las esporas de moho quedan suspendidas como partículas. Y contaminan. Enferman. Matan.

EL TRÁFICO RODADO, EL GRAN CULPABLE

El dióxido de carbono es el mayor contaminante en cuanto a efectos de calentamiento de la Tierra. Emitimos dióxido de carbono al respirar, pero se convierte en nocivo asociado a coches, aviones, centrales eléctricas y otras actividades humanas que emplean combustibles fósiles como gasolina o gas natural. Hay otros contaminantes, como el metano (que proviene, sobre todo, de ciénagas y gases emitidos por el ganado) o los clorofluorocarbonos (que se utilizan en refrigerantes). Algunos son ambivalentes, por ejemplo, el dióxido de azufre. Es uno de los componentes de la nube tóxica y el que causa la lluvia ácida, pero también refleja luz cuando es liberado en la atmósfera, lo que permite que la Tierra se enfríe al combatir la luz solar.

Podría pensarse que la morbilidad provocada por la mala calidad del aire es consecuencia del progreso económico. China, Turquía o India incrementan su productividad sin tener en cuenta los costes medioambientales. Es cierto. Pero no lo es menos que, en los años cincuenta del siglo pasado, la calidad del aire era peor que ahora, porque entonces rendían a pleno pulmón las industrias contaminantes en el centro de las metrópolis, las calderas de carbón estaban extendidas en los hogares y fuera de ellos, las gasolinas con plomo eran moneda de cambio… Todos estos factores se han reducido drásticamente, pero han aparecido otros nuevos, como las PM2,5 (partículas en suspensión de menos de 2,5 micras), que acarrean enfermedades respiratorias y cardiovasculares y que han sido catalogadas recientemente como sustancias cancerígenas.

1952: Aquel fatídico episodio ha pasado a la historia como La Gran Niebla de Londres. La densa nube que cubrió la ciudad llegó a imposibilitar el tráfico. Muchos cines cerraron y los conciertos fueron cancelados, ya que el humo impedía ver el escenario o la pantalla.

No, no es un problema nuevo. Esa niebla contaminante llamada smog que sufrió Londres en 1952 causó 4.000 muertes según las estimaciones de entonces. Una revisión con nuevos análisis de aquella catástrofe habla de 16.000.

En la actualidad, los automóviles, los procesos industriales, así como casi cualquier actividad humana, son menos contaminantes que en el pasado, pero, como asegura Juan Bárcena, de Ecologistas en Acción, «no podemos confiar nuestro futuro a las medidas tecnológicas; hay que ir al fondo y reducir el tráfico en las ciudades».

Desde 2010 hasta hoy en día, las zonas metropolitanas de Madrid, Barcelona, Murcia y Valencia superan de manera sistemática los niveles de contaminación permitidos por las autoridades europeas, y otras regiones como Granada también las rebasan de manera puntual, recuerda Querol.

¿Cuál es el límite de lo expuesto para nuestra salud? Exceder 35 días al año la concentración diaria de 50 microgramos por metro cúbico. El tráfico rodado es el principal culpable, ya que origina el 40% de las emisiones. El 60% restante se lo reparten la quema de biomasa (un carbón de baja calidad, más contaminante), la industria, las emisiones domésticas y residenciales, y los buques de zonas portuarias.

Un alto precio que no nos podemos permitir, porque el aire es de todos, pero la contaminación, también. En Europa, hay alrededor de 200 ciudades (Estocolmo, Roma, Lisboa, Praga, Vitoria…) con zonas de baja emisión, lo que demuestra que una mayor concienciación ciudadana y la práctica de políticas comprometidas con la calidad del aire son efectivas.

LAS ENFERMEDADES DEL AIRE

En España, volvemos al dato, fallecen quince veces más personas por contaminación del aire que por la siniestralidad de la carretera. La OMS advierte de que, según el grado de exposición a los agentes contaminantes, así como la resistencia física de cada persona, la contaminación puede afectar de distintos modos. Por ejemplo, con reacciones alérgicas a través de tos o estornudos, irritación de los ojos, comezón cutánea y sequedad de las mucosas. Pero también influye en el agotamiento físico: cansancio, bajo rendimiento y productividad laboral o escolar, sensación de pesadez, irritabilidad o ansiedad. E incluso en síntomas relacionados con enfermedades específicas, sobre todo respiratorias (cáncer bronquial o enfisema pulmonar), digestivas, vasculares y cardiacas (coágulos, trombos, infartos), ya que un aire dañino explica la disminución de la capacidad de la sangre para transportar sustancias nutritivas y oxígeno. Los últimos estudios de la Sociedad Torácica Americana incluyen, además, perturbaciones del sueño dentro de los efectos de la contaminación del aire.

Bárcena propone para España medidas ya adoptadas en otros países, como los peajes de entrada al centro de las ciudades (que se aplican en Londres y Estocolmo), la ampliación de zonas de 30 kilómetros por hora (como las practicadas en muchas regiones alemanas), medidas sistemáticas de reducción del tráfico (de las que se valen ciudades como París) o la circulación en días alternos de coches con matrículas pares e impares en momentos de picos de contaminación (algo que Atenas o Milán ya impusieron hace tiempo), o en función del combustible que utilicen. Querol pone el acento en el fomento del transporte público, invertir en él para que sea «rápido, económico y confortable», ajustando medidas como bonos de transporte que desgraven o mejoras de las coberturas; también considera adecuado incentivar el uso de la bicicleta y la construcción de aparcamientos disuasorios para quienes no tienen otra manera de llegar a la ciudad más que en coche.

Otra herramienta al alcance de todos para contrarrestar las emisiones de CO2 que emiten los vehículos es el reciclaje. Imaginemos todos los impactos del proceso de fabricación de un envase desde cero, teniendo en cuenta la obtención de materias primas. Ahora pensemos en cómo se reducen si empleamos materiales reciclados. La diferencia es un gran ahorro de agua, energía y, por ende, de emisiones de CO2 que ya no se liberan a la atmósfera. Tras los estudios realizados entre la Cátedra UNESCO de Ciclo de Vida y Cambio Climático y la Fundación Cidaut, en colaboración con Ecoembes, se ha podido cuantificar el beneficio que supone la separación de residuos para la atmósfera, ya que las emisiones de CO2 que se producen al fabricar envases con materiales reciclados son inferiores que al hacerlo con recursos naturales.

Hay protocolos de actuación ante situaciones de alto riesgo por contaminación. Pero los protocolos deberían aplicarse en situaciones excepcionales, esos «picos» de los que hablamos comúnmente. El verdadero reto es reducir los niveles medios de contaminación, esos índices ya cotidianos, y evitar que las ciudades se conviertan en lo que describió Italo Calvino en 1958 en su novela La nube de smog, en la que describe la contaminación como «aquella fachada de casas ennegrecidas, aquellos vidrios opacos, aquellos antepechos de ventanas donde no era posible apoyarse, aquellos rostros humanos casi borrados, aquella calígine que con el avance del otoño perdía su aroma húmedo de intemperie y se convertía en algo como una cualidad de los objetos, como si cada ser y cada cosa fueran teniendo día a día menos forma…».

¿QUÉ PUEDES HACER TÚ?

  • Cambia las bombillas. Reemplazar una bombilla tradicional por una de bajo consumo ahorra más de 45 kilogramos de dióxido de carbono al año.
  • Apaga la tele y el ordenador cuando no estén en uso. Evitarás que miles de kilos de CO2 salgan a la atmósfera.
  • Conduce menos. Anda, monta en bicicleta, usa el transporte público. Ahorrarás 30 gramos de CO2 por cada 4,5 kilómetros que no conduzcas.
  • Aplica el poder de las 3 Erres. Reduce-Reutiliza-Recicla. Puedes ahorrar más de 730 kilos de CO2 al año al reciclar la mitad de la basura que se produce en casa.
  • Reduce el consumo de agua caliente. Instalar un regulador de caudal del agua en la ducha puede evitar la emisión de más de 100 kilos de dióxido de carbono al año.