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Bitcoin: ¿la moneda más contaminante del mundo?

Bitcoin: ¿la moneda más contaminante del mundo?

Muchos vieron la llegada de las criptomonedas como una alternativa sostenible a la fabricación del dinero físico, pero el descomunal consumo eléctrico que requieren los ordenadores que las generan ha hecho saltar las alarmas.

El Banco Central Europeo (BCE) ha declarado recientemente: «Nos proponemos realizar un uso prudente de los recursos naturales, preservar la calidad del medio ambiente y proteger la salud de las personas en lo que respecta a la fabricación y distribución de los billetes en euros».

Esta institución evaluó en 2003 el impacto ambiental del dinero en papel, y la investigación concluyó que el ciclo de vida completo de un billete (incluye su fabricación, almacenamiento, circulación y tratamiento al final) equivale a que cada ciudadano de la Unión Europea recorra un kilómetro en coche o deje encendida una bombilla de 60 watios durante medio día. Esto hay que multiplicarlo por los casi 25 mil millones de billetes que el BCE estima que, a día de hoy, hay en circulación. Y solo hablamos de euros.

Algunos expertos vieron la aparición del dinero virtual, y en concreto el auge del bitcoin, como un fenómeno que beneficiaría al medio ambiente. La realidad, sin embargo, está demostrando que no es así, más bien al contrario.

Cada 10 minutos se emiten 12,5 bitcoins, y en España se realizan 100.000 transacciones diarias

Basta un ordenador potente y algo de paciencia para generar esta moneda virtual (o criptomoneda) en casa. A los que la emiten, se les llama mineros.  Está basada en tecnología P2P, lo que significa que se transmite de usuario a usuario, sin banco intermediario. La creó en 2009 un informático bajo el pseudónimo Satoshi Nakamoto. Cada 10 minutos se emiten 12,5 bitcoins, y en España se realizan 100.000 transacciones diarias.

Cualquiera puede ser minero, pero debe contar con procesadores cada vez más capaces (y, por tanto, más consumidores de electricidad) y un programa gratuito. Hay decenas de miles repartidos por todo el mundo, y cada 10 minutos, compiten entre ellos para generar un nuevo bloque en una base de datos llamada blockchain. El primero que lo logra recibe 12,5 bitcoins nuevos. Genera una especie de resumen y es acumulativo, por eso, cada nueva criptomoneda requiere más potencia de procesamiento, y más energía. O, dicho de otra manera: cada nuevo bloque es más grande que el anterior.

La generación de estas criptomonedas supone el 0,13% del consumo anual mundial de electricidad

El auge del bitcoin ha traído consigo una realidad inesperada: un consumo masivo de electricidad para que todas las operaciones puedan llevarse a cabo. A día de hoy se han generado 500.280 bloques, y la masa monetaria equivale a 295.000 millones de dólares. El volumen es tal que ya supone más de la electricidad que consumen 159 países de todo el mundo (la mayoría africanos), según un estudio comparativo de la plataforma Power Compare. Esto es: la generación de bitcoins supone, hoy por hoy, el 0,13% del consumo anual mundial de electricidad.

Un porcentaje que, según los expertos, es alarmante y puede traer graves consecuencias al medio ambiente a corto plazo, por dos motivos: en los últimos meses el consumo energético para minería de bitcoins ha aumentado en casi el 30%. Y no es la única moneda virtual; ya existen cientos, algunas con un auge similar, como ethereum. Las fuertes caídas recientes del valor del bitcoin podrían ser un signo de ralentización de este ‘boom’. Pero algunos expertos vaticinan que es algo pasajero, ya que esta moneda, al estar limitada (a diferencia de los billetes) a 21 millones, seguirá subiendo en el mercado de divisas, aunque en el camino encuentre fluctuaciones alcistas y bajistas.

No olvidemos que en el futuro se podrán minar céntimos de bitcoin, de modo que no hay un final claro definido, ni tampoco para la energía que llegarán a consumir esta y los otros cientos de criptomonedas si su generación continúa la tendencia actual, esto es: aumentar en número de forma exponencial, igual que la potencia que requieren los procesadores.