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El placer de estar vivo en Doñana

El placer de estar vivo en Doñana

¿Cómo os puedo explicar desde estas teclas el aroma de una mañana de primavera o la textura de la luz durante un atardecer de otoño en Doñana? Es imposible. Como tampoco puedo describir la sensación que produce el suave tacto de la arena fina de la duna en los pies descalzos o el sabor intenso de una varilla de hinojo paseando entre los lucios.

Puedo compartir la imagen de una puesta de sol en la marisma, pero no es lo mismo que estar allí y verla hasta que las lágrimas te dejan. Puedo añadir un archivo sonoro con la aflautada melodía de la oropéndola cantando en el pinar, pero nunca sonará como suena en el pinar. Porque no: no hay forma de expresión capaz de transmitir el profundo placer de estar vivo en Doñana.

El placer de ir caminando por la dehesa, ese bosque amable de suelo mullido y hierba fresca, embrujado por la canción de los jilgueros y el perfume de la genista, y ver de repente algo fugaz: una sombra, una mancha atigrada cruzando entre el matorral. Y cerrar los ojos con fuerza para recordar el instante, apenas unas décimas de segundo. Ir a buscar el rastro, no encontrarlo y pensar que tal vez ha sido un sueño. O no.

En el futuro inmediato, nuestros dispositivos electrónicos nos permitirán compartir emociones más allá de la imagen y la palabra: olores, texturas, sabores. El día que eso sea posible podré compartir todo lo que soy incapaz de transmitir en este limitado apunte.

La dicha infinita de refugiarte en una caseta de observación de El Acebuche en una mañana de lluvia fina -esa lluvia que, más que caer, hidrata-, levantar con infinito cuidado la portezuela que da a la laguna y asistir al espectáculo de ballet de media docena de espátulas, vestidas de blanco y con su elegante penacho, danzando sobre las aguas mientras las peinan a la vez -ahora a un lado, ahora a otro- en una perfecta coreografía.

Adentrarse en el Médano de Asperillo caminando por sus tablas y notar la caricia de la naturaleza mientras atraviesas el bosque camino a la playa. Un paseo que te lleva del verde al azul pasando por el dorado de las dunas. Y sentarte en lo alto del acantilado, con la mirada al frente, escuchando el rumor de las olas, mientras la vista se pierde en el horizonte del Golfo de Cádiz, por la ruta de las ballenas y los delfines hacia el paso del Estrecho.

Echar un cafecito en la Dehesa de Abajo, donde Beltrán, pegar la hebra con los compañeros de afición y bajarse a los observatorios para echar la tarde mirando pájaros: fochas, gallinetas, zampullines. Aquí unos andarríos, allí los archibebes. Azulones, colorados, cucharas, cercetas, porrones, tarros: ¡de dónde saldrá tanto pato! El aguilucho lagunero sobrevolando el cañizal como una cometa rota. Cantan el ruiseñor, la buscarla y el carricero. Y, de repente, un martín pescador que se zambulle en el agua y emerge con un pececillo plateado. Todo eso entre moritos, garzas y flamencos. Así pasa la tarde en Doñana.

Podría llenar el resto de páginas de la revista con las anotaciones de mis cuadernos de campo en Doñana. Algunas de ellas tomadas en el interior del parque nacional, otras en las reservas que forman el parque natural y muchas más en el resto de espacios (protegidos o no) que conforman este impresionante humedal: el más importante para las aves del sur de Europa. Porque la naturaleza no es una hoja cuadriculada, sino un folio en blanco, y en Doñana no existen las líneas rectas.

Os recomiendo vivamente ir a Doñana para tomarle el pulso a la vida. Pero hacedlo pronto, porque este paraíso está más amenazado que nunca por una gran emboscada con numerosos frentes.

Por un lado, la extracción masiva de agua a través de los más de mil pozos de riego ilegales, que están agotando el acuífero de la marisma. Por otro, el proyecto de dragado del Guadalquivir (suspendido, pero no anulado). Y, además, el almacén gasístico bajo el subsuelo de la marisma y la reapertura de la actividad minera en la comarca de Aznalcóllar, que causó uno de los mayores desastres ecológicos de nuestra historia.

La suerte de Doñana puede estar echada si no actuamos en su defensa. Hacerlo es actuar en defensa propia.