Innovación

GREEN DATA

GREEN DATA

En 2020, habrá 300 veces más información fluyendo por el mundo que en 2015. Las posibilidades que tiene el uso de esta cantidad ingente de datos en tareas medioambientales resultan inmensas.

Los datos envuelven la vida como un paquete para regalo. Habitan en todos lados. Vivir se ha convertido en una sucesión infinita de números entrelazados, la mayoría de las veces a través de algoritmos. Esa gramática de cifras es el nuevo esperanto de nuestro tiempo. Un lenguaje universal que se articula bajo la arquitectura del big data. La gran novela de una era que amenaza con cambiarlo todo. También, claro, nuestra relación con la naturaleza.

El análisis de la legión de cifras que deja tras de sí el oficio de vivir tiene su impacto en el medio ambiente. Manejar y entender toda la información que se mueve en su entorno podría aliviar muchos de sus problemas. El big data ambiental se filtra en la sociedad y sus aplicaciones son enormes. Puede servir para mejorar la gestión del agua de una ciudad. Puede ayudar a controlar las emisiones de dióxido de carbono de las industrias. Puede medir la calidad del aire. Puede cambiar la forma en la que el ser humano camina por el planeta.

Dice IBM que, en 2020, habrá 300 veces más información fluyendo por el mundo que en 2015. Las posibilidades que tiene el uso de esta cantidad ingente de datos en tareas medioambientales resultan inmensas. Pensemos en la energía eólica. Diríase que existen pocas cosas tan impredecibles como el viento. Una verdad a medias. La utilización de algoritmos muy complejos para construir modelos predictivos ayuda a cuantificar de manera precisa la cantidad de energía que se va a producir. Dado que el dibujo energético español se basa en un sistema de subastas, resulta esencial para las compañías generadoras saber el viento que soplará. Porque son sancionadas si fallan a la hora de casar oferta y demanda. Equivocarse, pues, cuesta dinero. «Además, estos modelos numéricos también se pueden emplear en el mantenimiento predictivo de instalaciones, anticipándose a las necesidades de reparación y sustitución de maquinaria, que se encuentra monitorizada a través de sensores», puntualiza Alberto Castilla, director de Reputación y RSC de la consultora EY.

El análisis de datos permite ajustar la demanda de energía en tiempo real

Nadie lo duda. Los números cuentan la razón del mundo. En un tiempo herido por el cambio climático, se vuelven extremadamente valiosos. El calentamiento global es uno de los riesgos más graves que acorrala la economía. Y, aunque la mayor parte del daño en la naturaleza resulta irreversible, aún estamos a tiempo de limitar sus efectos. En ese empeño, las tecnologías que miden las variaciones de temperatura resultan muy útiles. Detrás de ellas está, claro, todo este universo de grandes números. «Porque quizás una de las mayores virtudes del big data es que ayuda a entender lo que le sucede a la naturaleza», reflexiona Núria Agell, profesora del Departamento de Operaciones, Innovación y Data Services de Esade. Sirve, por ejemplo, para comprender cómo se puede comportar la demanda de energía y de alimentos en una Tierra que, en 2050, superará los 9.500 millones de habitantes.

EL ‘GREEN DATA CENTER’ DEL ÁRTICO
La ciudad noruega de Ballangen, dentro del círculo polar ártico, albergará el centro de datos más grande del mundo. La instalación, desarrollada por la empresa Kolos, llegará a los 1.000 MW en su última etapa y se mantendrá con energía renovable. El edificio estará dispuesto de tal manera que imitará el movimiento del glaciar.

Pero esos riesgos globales encierran desafíos concretos. Y, frente a ellos, los números ensayan sus soluciones. Aqueduct, por ejemplo, es una plataforma gratuita que controla y vigila los peligros que corre el agua. Analiza parámetros como la calidad o la cantidad de este elemento esencial. Y, mientras algunos expertos vigilan el agua, otros se ocupan del sol. «El big data permite que las centrales resulten más eficientes, porque el aprovechamiento del astro es más preciso, ya que se adapta a las circunstancias medioambientales. O sea, si la intensidad lumínica es mayor o menor», apunta Juan Manuel López-Zafra, codirector del Máster de Data Science para Finanzas de Cunef. Y añade: «Antes, este trabajo lo desempeñaban personas; ahora, lo ejecutan los números».

Precisamente, esos números son un vértigo. Boston Consulting Group (BCG) calcula que las compañías invertirán en 2020 unos 250.000 millones de dólares en el big data. Nadie lo duda. «Los datos van a desplazar al petróleo como la materia prima más valiosa», apuntaba recientemente José María Álvarez-Pallete, presidente de Telefónica. Y buena parte de ese dinero irá a respaldar la transformación digital. «Si nos centramos en la eficiencia energética, podríamos unir los datos de los contadores inteligentes con las previsiones meteorológicas y así ajustar la demanda en tiempo real», explica la consultora Everis. De esta forma, el cliente de una compañía eléctrica tendría una tarifa más personalizada.

Esa es una vía. Hay otras que enlazan información y números. «El manejo de grandes volúmenes de datos puede contribuir también a que una central hidroeléctrica no tenga fugas», comenta Alberto Oikawa, director del Máster en Big Data de la EOI. Pero, además, ayuda a reducir gastos en aquellas industrias (acerías, fabricantes de automóviles, mineras) que son muy sensibles al precio de la electricidad. Tanto que, «a veces, puede suponer el 50% de los costes de producción», ahonda Alberto Castilla.

A través de ese camino, se llega a un destino verde. Las energías renovables ya cubren el 40,6% de la demanda energética de la península ibérica. Y el viento (18,7%) sopla cada vez con más fuerza. «El consumo energético será sin duda una de las áreas que más se beneficiará de los avances del big data. Porque el Internet de las cosas (IoT) permitirá integrar objetos inteligentes en los puntos críticos del sistema para optimizar el gasto de energía», concede Angélica Reyes, directora de Marketing de Iberia, Francia e Italia de Qlik, una firma especializada en el análisis de datos. Además, esta tecnología genera bastante información que se puede utilizar para detectar patrones de comportamiento.

Quizá, para muchos, lo fascinante de esta sucesión de enormes números sea que es capaz de resolver problemas de la vida cotidiana. Esto afecta a las personas y también a las empresas. Pirelli, por ejemplo, utiliza un sistema de gestión de datos que recoge información generada por sensores incorporados a sus neumáticos. La compañía emplea esta vía para reducir el número de cubiertas que terminan en la basura y para controlar su desgaste. Pero no hay que ser un coloso, también se puede ser pequeño. GreenUrban-Data, el empeño de José Miguel Ferrer y Alejandro Carbonell, dos amigos que se conocieron estudiando arquitectura, es una plataforma que quiere mejorar la calidad de vida de las personas y de las ciudades. Para ello, analiza el entorno medioambiental en el que viven sus habitantes: si faltan o no zonas verdes, si un barrio está más contaminado que otro, si una arboleda está sufriendo…

Los ciudadanos también son una pieza clave en el impulso del green data, ya que pueden generar datos útiles que ayuden a conseguir un medio ambiente con cero vertidos, tal y como promueve el proyecto Libera de Ecoembes y SEO-BirdLife. Un ejemplo de ello es la Plataforma Marnoba, que tiene como objetivo recopilar, almacenar y mostrar de un modo sencillo información sobre las basuras marinas de nuestras costas mediante la utilización de una app gratuita para dispositivos móviles. Marnoba está pensada como cuaderno de campo: evita llevar papel durante las caracterizaciones, facilitando recopilar, guardar y enviar la información obtenida sobre basuras marinas (categorías, objetos y cantidades) a un visor en la página web del proyecto. Esta información está disponible para todas aquellas personas interesadas (científicos, técnicos o ciudadanos) en el problema de las basuras marinas.

SmartWaste
TheCircularLab, el laboratorio de innovación sostenible de Ecoembes, está desarrollando, en colaboración con Indra, la plataforma SmartWaste para potenciar la gestión inteligente de los residuos en las ‘smart cities’. En este sentido, también se está trabajando en el desarrollo de contenedores inteligentes y camiones sensorizados, entre otras tecnologías.

Todo sirve, todo cuenta, todo es información. Si existe un protagonista indiscutible en todo este proyecto de transformación digital, además de las personas y las empresas, son las ciudades. Casi dos tercios de la población mundial vivirá en estos espacios en 2030. Y habrá que resolver retos. ¿Cuáles? La reducción de emisiones de dióxido de carbono, la mejora del alumbrado o la gestión y recogida de los residuos. En esto último, es donde interviene SmartWaste, un proyecto tejido entre Ecoembes y Minsait (Indra) diseñado para potenciar la gestión inteligente de los residuos en las smart cities, y cuyo vértice confluye en el Internet de las cosas.

El reciclaje de residuos puede optimizarse a través de detectores ópticos o contenedores inteligentes

Este proyecto permite recoger información procedente de los sensores incorporados en los contenedores, de encuestas, redes sociales y satélites. De esta manera, se pueden organizar rutas dinámicas de recogida y estimar el aumento o la disminución de los residuos por itinerario y por contenedor. Asimismo, sabremos los tipos de residuos que manejan en función del container, el barrio o la frecuencia. «Si, para el ayuntamiento, uno de sus intereses es la prestación del servicio con unos estándares mínimos de calidad, los marcadores que se esbozan van en esa dirección», relata un portavoz de la empresa tecnológica. «Ahora bien, ¿cómo se puede recopilar información para que el indicador esté operativo? La respuesta radica en la plataforma del Internet de las Cosas de Indra llamada Minsait IoT Sofia2». Con este conocimiento, las administraciones pueden construir políticas más precisas en pos de la economía circular.

Vivimos, nadie lo duda, en la era de los datos. Pero a veces nos equivocamos. Y olvidamos cosas simples aunque trascendentes. Hay que conocer el lenguaje. «La captura de millones de datos nuevos, de fuentes distintas, no tendría sentido si no se dispusiera de las tecnologías necesarias para analizarlos y darles un significado», advierte Angélica Reyes, de Qlik. «Además, junto a lo tecnológico, es necesario hablar un lenguaje especial. Yo lo llamo la alfabetización en datos. Comprender, analizar y compartir esa información a través de un relato coherente». Separar el grano de la paja y escuchar esos infinitos dígitos.

Esa es la esencia de este big data de números verdes. Una tecnología que quiere que el mundo sea un lugar mejor. Para todos. Para las personas y para las empresas. Una revolución nacida en las cifras, pero que lleva a otro paisaje: el del medio ambiente.