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La bicicleta, la ciudad y el diálogo

La bicicleta, la ciudad y el diálogo

Pedro Bravo es Periodista, escritor, investigador en temas urbanos y consultor de comunicación. Autor del libro Biciosos y del blog Desde mi bici en eldiario.es.

Últimamente nos ha dado por entender la vida como un asunto a tratar desde bandos enfrentados. Vale, quizá no sea solo últimamente, pero es que resulta llamativo que, ahora que tenemos más canales de comunicación que nunca, haya una capacidad de diálogo tan pobre y en retroceso.

He empezado con un párrafo que parece un rodeo para justificar que me dispongo a decepcionar a mi tiempo. Aquí estoy, invitado por la revista Circle para defender la bicicleta como medio de transporte y a punto de declarar que no, que yo no soy ciclista. Ni ciclista ni conductor ni peatón. Yo no tengo bando de movilidad y juraría que nadie que me esté leyendo lo tiene realmente, aunque alguna persona se pueda sentir identificada con uno de los tres. Yo, como muchos de ustedes, soy alguien que habita en una ciudad y que se mueve por ella casi siempre caminando, a veces en bici, también en transporte público y hasta, en ocasiones, en coche. Los medios de transporte no hacen al Homo sapiens —aunque pueden contribuir a construir su relato—, tan solo nos ayudan a ir y venir por la ciudad.

La ciudad, por cierto, es un lugar de encuentro, un espacio de diálogo en el que estar y hacer juntos de la mejor manera posible, más allá de las militancias escogidas por cada uno para completar su personaje. Para eso, tenemos que respirar, calmar las iras y hacer el esfuerzo de comprender y comprendernos. El problema empieza en la primera palabra del predicado de la frase anterior. Respirar, buena idea, pero ¿cómo hacerlo sin quedar envenenado?

Barcelona, Granada, Madrid, Valencia y otras ciudades españolas incumplen de forma crónica los límites establecidos por la UE en cuanto a calidad del aire. Es un problema medioambiental y, además, un problemón de salud pública. La contaminación del aire no solo contribuye a nuestra muerte, también afecta a nuestra vida: asma, alergias, infecciones respiratorias, trastornos infantiles varios (TDAH, por ejemplo).

Es un hecho que el coche ha marcado el siglo XX y que se han hecho a su medida las ciudades en las que vivimos y la forma en que las vivimos (hablo de la costumbre de habitar en un suburbio y trabajar en un polígono al otro lado del área metropolitana).

Es también un hecho, ya está dicho, que el abuso del coche nos hace morir antes y vivir peor, aparte de que contribuye decisivamente a cambiar el clima. Y es otro hecho que las ciudades que van por delante y marcan tendencia están buscando desde hace años la manera de arreglar el asunto quitando vehículos contaminantes de sus calles y fomentando el transporte público, los trayectos peatonales y, sí, la bicicleta.

Usar la bici en la ciudad significa aportar desde lo individual, pero también desde lo institucional, una pequeña, sencilla y barata solución para que todos vivamos mejor.

En España, hemos decidido, en cambio, parar el tiempo y usar la bici como arma arrojadiza en la batalla diaria de la política de partidos. En Madrid, una de las capitales europeas con más retraso en la adopción de planes de fomento de la bicicleta, cualquier tímido avance es torpedeado por partidos que, paradójicamente, llevan en su programa medidas a favor de la bicicleta. No es un problema del gafe que tiene mi ciudad con los pedales. Lo mismo está pasando en lugares que se suponía acostumbrados al asunto como Barcelona, Valencia, Zaragoza y Sevilla. Otro pequeño conflicto necesario para la dramaturgia electoral, pero completamente absurdo para la política de verdad, la que trata de resolver el bien común.

De eso va usar la bici en la ciudad, de aportar desde lo individual, pero también desde lo institucional, una pequeña, sencilla y barata solución para que todos vivamos mejor. Atacar desde una trinchera el uso de la bicicleta es disparar fuego amigo, es negar el progreso, la salud y la propia esencia de la convivencia entre humanos, que es el diálogo.