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Ciudades biofílicas: repensando los entornos urbanos

Ciudades biofílicas: repensando los entornos urbanos

Los diccionarios aún no lo recogen, pero la Universidad de Harvard les ha tomado la delantera. El término biofília, según esta institución, debe usarse para describir la afinidad emocional de las personas hacia la naturaleza. Ahora, comienza a emplearse también para definir a algunos contextos urbanos: las ciudades biofílicas.

Como ya habrá deducido el lector, son aquellas cuyo objetivo es albergar espacios habitables, sin que eso implique arrasar con la naturaleza. Estas ciudades emplean recursos sostenibles como el aire fresco, la luz del día y el agua, y crean conexiones visuales y físicas con la naturaleza.

Concretemos: la mayoría de sus habitantes tienen un espacio verde, como mucho, a 200 metros de distancia. Muchas de sus viviendas están cubiertas por zonas verdes para ahorrar en calefacción y, por tanto, reducir la contaminación. Un gran porcentaje del espacio está cubierto por árboles y vegetación. Se impulsan y facilitan las actividades al aire libre de los ciudadanos, para que estén en contacto con la naturaleza. El Ayuntamiento tiene como una de sus prioridades conservar el medio ambiente.

Estas características han sido recogidas en el libro Ciudades Biofílicas: Integración de la Naturaleza en el Diseño y Planificación Urbana por Timothy Beatley, uno de los arquitectos urbanistas sostenibles de referencia en el panorama internacional. Según describe el autor, el diseño biofílico ha aumentado en los últimos años de forma puntual en los edificios de nueva obra, que buscan integrar características naturales como luz, ventilación y vegetación y tienden a ser autosuficientes. Sin embargo, lamenta que la gran mayoría de los centros urbanos todavía no hayan canalizado sus esfuerzos para desarrollar esta tendencia.

Hay, por suerte, algunas excepciones, aunque no cumplan todos los requisitos. Nueva York, por ejemplo, es una de las ciudades con mayor polución ambiental, pero entra en la definición de biofílica por los ingentes esfuerzos en aras de la sostenibilidad que está realizando en los últimos años: cuenta con el programa PlaNYC, que persigue que en 2030 cada habitante tenga un espacio público verde a 10 minutos a pie de distancia. También es el caso de Seattle, cuyo reciente plan P-Patch, impulsa la construcción de un huerto urbano comunitario por cada 2.500 habitantes.

Beatley considera que el clima, la flora y la fauna deben ser características irrenunciables de un entorno urbano. Por esto expone en su libro la necesidad de que las autoridades municipales eduquen, y animen a los ciudadanos a conocer las especies locales y nativas de flora y fauna, para que las comunidades valoren sus beneficios ambientales y busquen preservarlos.

Es el caso de Wellington, en Nueva Zelanda, donde más de sesenta grupos comunitarios y voluntarios de conservación, han realizado en los últimos años 28.000 horas de servicio en 4.000 hectáreas de reservas naturales. En Oslo, más del 80% de los habitantes visitó en 2012 los bosques que rodean la ciudad, gracias a las campañas de incentivación de su Ayuntamiento.

Singapur ha conectado sus parques por medio de 200 kilómetros de senderos y pasarelas elevadas que permiten a habitantes de distintos puntos de la ciudad acceder a sus espacios verdes con facilidad. En este sentido, la ciudad de Anchorage, en Alaska, cuenta con un kilómetro y medio de senderos naturales por cada mil habitantes. En Limerick, Irlanda, muchos grupos ambientalistas educan a la población sobre la biodiversidad y las especies salvajes autóctonas. Las asociaciones Urban Tree Project y Limerick City Biodiversity Network, por ejemplo, ofrecen caminatas guiadas, conferencias y recursos digitales para conocer la importancia del medio ambiente y la biodiversidad.

A día de hoy, Beatley ha determinado una red de ciudades biofílicas que cumplen con todos los requisitos y, según el autor, «debería crecer cada año». Entre ellas están Oslo, Washington, Portland, Filadelfia, Milwaukee o Singapur. Por el momento, España solo tiene una representante: Vitoria-Gasteiz, desde que ha creado su anillo verde, un recorrido que conecta diversos enclaves de alto valor ecológico y paisajístico, resultado de un ambicioso plan de restauración y recuperación ambiental de la periferia. Esperemos que otras ciudades españolas sigan pronto su ejemplo.