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En la lucha contra el hambre en el mundo, todos somos responsables

En la lucha contra el hambre en el mundo, todos somos responsables

Es difícil de creer. Pero lo dice la FAO: 815 millones de personas sufren hambre en el mundo. Esto es, una de cada nueve. Y nos preguntamos, entre incrédulos e indignados, cómo es posible que ocurra eso, cuando la humanidad tiene hoy posibilidades casi infinitas de producir comida.

No es por falta de comida. Tampoco se debe a la mala suerte, a la casualidad, a la naturaleza… Es cosa nuestra. Tiene que ver con varios aspectos:

  • La injusticia en el acceso a los bienes
  • Con la explotación de unas personas por otras y unos países por otros
  • La insolidaridad personal y colectiva.

Pero, sobre todo, se debe a la organización de la producción, distribución y consumo de los alimentos en el mundo (el «sistema alimentario»), que no busca satisfacer las necesidades de la gente, sino producir más y más para el lucro de una élite poderosa, que cultiva grandes extensiones de tierra con enormes recursos económicos, técnicos, químicos y energéticos.

Estas son las causas del hambre en el mundo

Esa sobreexplotación de los suelos, unida a otras malas prácticas agrícolas y a los efectos del cambio climático, lleva a la pérdida de la vegetación y erosión de la tierra, al agotamiento de los acuíferos, al deterioro de la fertilidad de las tierras y a la desertificación. Cada año se pierden 12 millones de hectáreas de terreno productivo, y ello afecta directamente a unos 250 millones de personas, que en un 90% viven en países en desarrollo.

Mientras eso ocurre, hay unos 550 millones de pequeños campesinos que tienen acceso al 12% de las tierras cultivables pero que dan de comer al 80% de la humanidad cultivando con métodos respetuosos con la madre tierra.

El hambre de África es el mayor ejemplo de injusticia

Hablemos de África: ¿Cómo es posible que, siendo la agricultura la principal actividad económica en ese continente, el 93% de las tierras están en manos de grandes empresas transnacionales? En años recientes, países ricos de Europa, Estados Unidos, el golfo Pérsico y otros, como China –principalmente– o India, han adquirido grandes extensiones de tierras en África para cultivar productos para la exportación o para la elaboración de biocombustibles.

No han faltado inversores que han entrado en el negocio para explotar recursos minerales (oro, petróleo, coltán o diamantes) y para especular con el precio de las tierras. Desde el año 2000, se han vendido, según distintas fuentes, entre 40 y 227 millones de hectáreas, de las que el 70% son tierras africanas: Mali, Sudán, Madagascar, Etiopía, Liberia, Sudán, Mozambique, Zambia o Uganda. Parece cuando menos insólito que países donde el 80% de la población depende de la agricultura y sufre hambrunas estén alimentando a poblaciones de otros continentes.

Acciones que podemos realizar para combatir el hambre

¿Qué pasaría si ahorráramos agua, si recicláramos nuestras basuras y objetos personales, si nos moderáramos en el uso de la energía eléctrica y combustibles, si compráramos productos cultivados localmente y de temporada, si redujéramos el consumo de carnes rojas…? ¿Y si colaboráramos con alguna ONG para apoyar proyectos de desarrollo en los países del Sur? ¿Y si rediseñáramos el modelo de desarrollo para priorizar el bien común y reconstruir el equilibrio y la armonía con la naturaleza? ¿Y si utilizáramos energías renovables, para disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero? ¿Y si limitáramos la utilización de sustancias químicas y el uso del agua en los cultivos? ¿Y si apoyáramos técnica y financieramente a los pequeños campesinos?

Los ciudadanos, a través de las organizaciones de la sociedad civil (como organizaciones sociales, populares, gubernamentales o religiosas), debemos ejercer una labor de denuncia, concienciación, movilización e incidencia política sobre las instancias de poder, para exigir la transformación de las políticas destructoras y excluyentes en políticas generadoras de vida y sostenibilidad.