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Josefina Maestu: «A lo largo de la historia, el agua ha servido para unir, más que para dividir»

Josefina Maestu: «A lo largo de la historia, el agua ha servido para unir, más que para dividir»

La forma de vivir y relacionarse de los seres humanos ha estado marcada por la existencia de agua desde los albores de la historia. La construcción y planificación de las ciudades, los tipos de cultivo, las infraestructuras… La vida gira en torno a este recurso, pero el acceso a él es desigual, sobre todo en las zonas más vulnerables del planeta. Josefina Maestu (Madrid, 1955) fue directora de la Oficina de ONU-Agua durante seis años, secretaria general de la Red Mediterránea del Agua y consultora para la Comisión Europea de diferentes organizaciones del sistema de Naciones Unidas como el Banco Mundial. Además, forma parte del consejo asesor de la Red Española de Desarrollo Sostenible y es hoy Directora Gerente de la empresa publica Gestión Ambiental de Navarra (GAN-NIK).

El sexto de los ODS es garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible y el saneamiento para todos. Como ex-directora de la Oficina de ONU-Agua, ¿crees que llegaremos a tiempo para cumplirlo en 2030?

El objetivo seis es muy complejo y resulta novedoso respecto al anterior Objetivo de Desarrollo del Milenio que, de alguna manera, se centraba en el acceso a los servicios básicos de agua y saneamiento, pensando que era lo más importante –que lo es, sobre todo para los más pobres–. Ahora, se ha abierto y podemos hablar de temas como la gestión eficiente, de su calidad o del cuidado de la biodiversidad. Que lleguemos o no a tiempo a cumplirlo, depende de muchos factores. Para que la gente tenga acceso a los servicios básicos y a unas mínimas condiciones de saneamiento, se necesita una inversión de 114.000 millones de dólares al año. Hasta ahora, para los ODS se ha estado invirtiendo 35.000 millones. ¿Qué podemos hacer para conseguir este aumento? El mensaje fundamental es que es muy necesario priorizar las inversiones públicas en este área dentro de los países en vías de desarrollo. El dinero procedente de la cooperación no es suficiente, y por mucho que empujemos, no lograremos alcanzar esa cifra. Hay que trabajar en un modelo en el que se utilice la financiación internacional como parte de una financiación mixta: que sirva para reducir el riesgo financiero de los países, para que a su vez puedan acceder a los mercados de capitales y tú, como copartícipe de esa inversión, reduzcas el riesgo de los inversores.

«Los ODS tienen que ser una oportunidad que nos anime a actuar contra las desigualdades y a favor de la coherencia de las políticas»

Recientemente, España se presentó voluntaria en Nueva York para evaluar el grado de cumplimiento de esos ODS. La conclusión es que se está trabajando en ello, pero no lo suficiente. ¿Cuáles son los principales retos que tenemos que abordar en nuestro país en relación con este sexto punto?

Para España y para casi todos los países «desarrollados» hay una parte fácil: tenemos estructuras institucionales, planificación, estructuras de depuración, acceso casi 100% a servicios de agua y saneamiento… Así, puede haber una tendencia a pensar que los cumplimos a nivel formal, porque podemos mostrar que tenemos los deberes hechos. Sin embargo, creo que los Objetivos tienen que ir más allá y ser una oportunidad para la trasformación que nos anime a actuar contra las desigualdades y por la coherencia de las políticas. Por ejemplo, en España el 99% del agua es apta para el consumo, el 98% está conectada a plantas de tratamiento de aguas residuales. Si nos centramos solo en las cifras, está muy bien, pero nos tenemos que preguntar dónde están los problemas: quiénes son los que no tienen acceso a ello y por qué. También debemos mirar a la coherencia de políticas, a los nexos entre los propios Objetivos y qué efectos tienen unos sobre otros. En el caso del agua, la relación con la energía, el género y el cambio climático es fundamental, y hay que aprovechar que la Agenda 2030 es una agenda trasformadora para abordar estas transformaciones.

En esto de ver los ODS como una oportunidad, se implica de una manera clara a las empresas.

Hay que involucrar a toda la sociedad, y eso las incluye, fundamentalmente a través del Objetivo 17 –Alianzas para lograr objetivos–. Las empresas implicadas no son solo las abastecedoras de agua, sino todas las que la usan: aunque solemos pensar en los suministradores, no podemos olvidar a los usuarios. Es necesario mejorar los procesos productivos para reducir el consumo. En España, el mayor problema que tenemos es el estrés hídrico y la explotación que hacemos del recurso del agua, algo común a los países mediterráneos. Si hay que hacer énfasis en algo, es en ese punto y su relación con el cambio climático.

Para el año 2050 se espera que al menos un 25% de la población mundial viva en un país afectado por escasez crónica y reiterada de agua dulce, y España es uno de los de los países que más problemas presentará, según el WRI. Los analistas dicen que las próximas guerras serán por el agua. ¿Cómo podemos evitar que esto termine en situaciones de conflicto?

El año 2013 fue el Año Internacional de la Cooperación en la Esfera del Agua y, en este tema, la conclusión fue que, a lo largo de la Historia, ha habido más ocasiones en las que el agua ha servido para unir de las que se ha usado para dividir. No hay evidencia de que se estén produciendo guerras por el agua, sino al contrario: aunque hay mucha tensión en países como los regados por el Nilo o el Danubio, pues se han creado comisiones internacionales para cooperar en materia de agua, algo que también sucede en zonas de conflicto abierto como Israel y Palestina. En países como el nuestro, los ciudadanos tendemos a pensar que los problemas del agua son temas que se resuelven desde esferas técnicas que no nos incumben. Esto es un pez que se muerde la cola: los políticos y técnicos no hacen cosas si no lo exige la sociedad. La conciencia social del problema es muy importante, y las informaciones sobre la escasez de agua se han difuminado en los últimos años. Vamos a tener que tomar decisiones difíciles sobre cómo utilizamos el agua, pero si la gente no es consciente de que hay un problema, no abordaremos las soluciones. Debemos pensar sobre cómo afecta a nuestra vida el cambio climático, e implantar un concepto más circular sobre las consecuencias de nuestros actos (sobre lo que consumimos y cómo se produce) en el planeta. Eso está presente en muchos ámbitos, y ahora hay que llevarlo al agua.

«Vamos a tener que tomar decisiones difíciles sobre cómo utilizamos el agua»

Vincular el tema de las migraciones con España no es tan descabellado. Según los últimos informes de previsiones, seremos el primero de los países desarrollados en el que estas se produzcan debido a sus condicionantes hídricos.

No es un problema lejano, ni mucho menos. Ya hace años que los regantes y agricultores de las zonas con mayor escasez están comprando tierras en zonas con menos problemas de agua: eso son migraciones climáticas. Para la población, nunca habrá falta de agua para beber, pero sí para la producción agrícola y los grandes consumidores industriales de agua, y ellos lo saben.

Uno de los grandes problemas está en la gestión de las aguas residuales. Se calcula que alrededor del 40% de las infraestructuras está obsoleta. ¿Falta inversión? ¿Qué papel tienen los ayuntamientos en la mejora de la gestión municipal de los recursos hídricos?

Para mantener unas buenas infraestructuras y reponer los activos que las mantienen es necesario pagar por el agua. Precisamente, en el informe sobre el cumplimiento de los ODS en España que se presentó en Nueva York se refleja lo que cuesta el agua en nuestro país: unos 27 céntimos de euro por 132 litros de agua por persona y día como media en las capitales de provincia. Si estamos dispuestos a pagar más de un euro por tomarnos un café, en España se puede y se debe implantar una tarifa adecuada por estos servicios. También debemos abordar el tema de las tecnologías de tratamiento de las aguas residuales, que puede no tener que ser necesariamente el mismo, considerando las condiciones locales. Si la legislación apuesta por determinadas tecnologías, esto hace que se disparen los costes de depuración en los pequeños municipios. Habría que pensar en los posibles cambios legales en este sentido de manera que las tecnologías se vinculen al objetivo final, que es mejorar la calidad el agua de nuestros ríos. Como ciudadanos, tenemos que dar prioridad a que eso se haga.