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¿Y si la contaminación está en casa?

¿Y si la contaminación está en casa?

Según un estudio de la EPA, el aire de los recintos cerrados está mucho más contaminado que el del exterior. Y pasamos el 90% de nuestro tiempo en interiores.

Posiblemente no seamos conscientes de ello, pero, de media, pasamos el 90% de nuestro tiempo en espacios interiores. Así lo acaba de anunciar la EPA (Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos). Si sumamos las horas que dormimos, trabajamos en oficinas, estudiamos en la escuela conducimos o vamos en transporte público y, especialmente en invierno, las horas que disfrutamos de nuestro ocio en espacios cerrados, resulta claro que el mayor número de contaminantes los recibimos del interior. Concretamente, según la organización, el 72% de la exposición química la sufrimos en nuestro hogar.

El 72% de la exposición química la sufrimos en nuestro hogar

«El problema es que los lugares que las personas consideran más seguros son en los que se exponen a mayores elementos contaminantes», advierten desde la EPA, y aportan datos: el aire interior está de dos a cinco veces más contaminado que el exterior. En algunos sitios, esta proporción puede ser mucho más elevada. Por otro lado, las personas más vulnerables a un ambiente contaminado son, por lo general, las que más tiempo pasan en recintos cerrados: menores de edad, ancianos y enfermos crónicos.

Una de las fuentes de mayor toxicidad son los productos químicos, que se aplican a los muebles (como pintura, laca o barniz), así como en detergentes y otros líquidos de limpieza, que emiten infinidad de compuestos volátiles dañinos para la salud.

La humedad es otra fuente común de contaminación del aire en interiores, ya que puede conllevar al crecimiento de moho, que emite partículas en suspensión que atacan a nuestro sistema respiratorio, y pueden desencadenar alergias, según la OMS. Lo mismo sucede con los ácaros provenientes del polvo, abundantes en estancias moquetadas y alfombras.

Muchos hogares aún tienen electrodomésticos de gas (cocina, estufas, calentadores de agua), que expulsan monóxido y dióxido de nitrógeno, lo cual afecta especialmente a la salud de personas mayores, niños y asmáticos. Lo mismo sucede en las viviendas en las que la calefacción funciona por combustión de carbón o petróleo, que puede emitir dióxido de azufre.

La mayoría de los edificios en los que la gente pasa la mayor parte de su tiempo están bien sellados y aislados contra el clima exterior, lo que ayuda a mantener una temperatura adecuada en las estancias. Además, muchos sistemas de ventilación están diseñados para dejar pasar muy poco aire exterior y, en cambio, recircular el interior que ya se ha calentado en invierno, o enfriado en verano. Si bien esta estrategia es efectiva para minimizar los costes de energía y, por tanto, resulta más sostenible, tiene un impacto negativo en la calidad del aire que respiramos.

Hay otro tipo de contaminante que no es físico: las corrientes electromagnéticas que, cada vez en mayor medida, circulan a través de los edificios por los numerosos aparatos electrónicos, pueden causarnos una serie de trastornos como insomnio, estrés, depresión, irritabilidad o incluso taquicardia.

No todo lo descrito es solucionable, pero sí existen algunas medidas para minimizar la contaminación del aire en los recintos cerrados. Además de una limpieza intensiva y frecuente, es conveniente airear las estancias, comprar muebles y productos de limpieza con etiqueta ecológica o evitar, en lo posible, electrodomésticos de gas.