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Entrevista a Juan Verde: «El mundo será mucho más ecologista; también EE.UU.»

Entrevista a Juan Verde: «El mundo será mucho más ecologista; también EE.UU.»

Juan Verde (Gran Canaria, 1971) nunca había salido de la isla a los 15 años. Y, de pronto, dio un salto de esos que requieren mucha carrerilla, cruzó el Atlántico y fue a Estados Unidos a cursar el bachillerato. Han pasado más de 30 años y, en este tiempo, estudió Política en la Universidad de Boston y en Harvard y ha sido asesor en comercio y medio ambiente para Barack Obama y Hillary Clinton. Hoy sigue ligado al Partido Demócrata y, entre sus muchas ocupaciones, dirige la Fundación Advanced Leadership, que forma a nuevos talentos para el futuro. Verde vive entre aeropuertos, pero logramos hacernos un hueco en su apretada agenda y sentarnos un rato con él en Madrid.

entrevista juan verde

¿Llegaste a imaginar, de niño, que terminarías asesorando al presidente de Estados Unidos?

En ningún momento. Nunca había salido de Canarias, fui a Boston a estudiar y ahí me quedé. Lo último que pensé es que acabaría trabajando para Clinton u Obama. Ha sido una carrera de fondo, con algunas dosis de suerte, de estar en el momento justo en el lugar adecuado, y muchas horas de trabajo.

La imagen que proyecta la política estadounidense es la de que el Partido Demócrata es más sensible a los problemas medioambientales que el Republicano. Tú que lo ves desde dentro, ¿crees que realmente es así?

Sin lugar a duda: desde sus propios programas, hacia dentro, es así. Pero me gustaría hacer una aclaración. Si la pregunta es por la ideología, por supuesto, tanto sus bases como sus votantes, como los políticos que representan al Partido Demócrata están convencidos de la lucha contra el cambio climático. Ahora bien, lo que creo que es una falacia, o quizás un mito, es pensar que los votantes del Partido Republicano no son ecologistas o ambientalistas. En mi opinión, los que componen el liderazgo actual del partido son negacionistas y tienen una visión miope de lo que está ocurriendo, pero no representan la voluntad popular. Ni siquiera la de muchos de sus votantes. Las encuestas demuestran que el 72% de la población norteamericana quiere que el Gobierno haga más, en ningún caso menos, para proteger el medio ambiente. Por tanto, la percepción de que Estados Unidos está en la vía contraria y no cree en el cambio climático es una afirmación incorrecta. Creo que son Trump y quienes lideran el Partido Republicano quienes van por otro lado. Pero, desde luego, una gran masa de sus votantes, y la voluntad mayoritaria del pueblo norteamericano, está concienciada con el cambio climático.

Hablas de los líderes del Partido Republicano. ¿Qué piensan las bases?

Tengo contacto con ellas por las campañas políticas, y las bases más leales de Trump, que coinciden con las más tradicionales del partido, sí que son negacionistas. Pero también pienso –sin querer ofender a nadie– que existe una correlación directa entre la formación y los estudios, y la opinión que pueda tener una persona u otra. Si vas a ese segmento ultraconservador de la América profunda, que no ha salido de Estados Unidos, que lee el diario de su pueblo y ve los informativos locales, la inmensa mayoría no cree en el cambio climático. Esto lo dicen las encuestas. Ahora bien, si haces un análisis de lo que piensa la mayoría del pueblo, donde están los demócratas, los indecisos y los republicanos más preparados, formados y moderados, ves que sí que creen y obran en consecuencia. Y representan más de un 70% de la población. No olvidemos que Trump representa al 32%, que no es en absoluto mayoritario. Si analizas todo eso, llegas a la conclusión de que Estados Unidos cree en el cambio climático y, además, te aseguro que está haciendo mucho para combatirlo.

Fuiste asesor de Obama durante las negociaciones del Acuerdo de París.

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Sí, pero no estuve tan involucrado, lo estaba más en la negociación el TTIP (Tratado de Libre Comercio bilateral) en aquella época. Pero he seguido muy de cerca el Acuerdo de París porque he trabajado con la Fundación Al Gore y con la fundación a la que represento, Advanced Leadership, donde estamos trabajando con activistas y líderes de opinión.

La salida de Trump de la firma tuvo que ser un mazazo.

Es que ralentiza lo inevitable, pero ojo: no desvía el curso. El mundo será mucho más ecologista y responsable con el medio ambiente, y Estados Unidos no es una excepción. Pero se ralentizará el proceso por la decisión de Trump, claro, porque Estados Unidos lideraba ese acuerdo internacional antes.

Parece que la decisión del Gobierno ha acelerado otras iniciativas a nivel estatal y local. Como Nueva York, que ha eliminado de su fondo de pensiones a las empresas dedicadas a los combustibles fósiles.

Totalmente. Por eso te digo que Trump no representa la voluntad popular. Y, por otro lado, lejos de que Estados Unidos, como país, no vaya por la senda de la lógica y el sentido común de la comunidad internacional, lo que hemos visto con la decisión de Donald Trump es que estamos siendo testigos de una movilización ciudadana a favor del medio ambiente que no se había visto en Estados Unidos desde el movimiento de los derechos civiles. Y eso es mucho decir. ¿Y de qué manera? Se ha creado la Alianza de Gobernadores por el Medio Ambiente, y ya hay 22 de 50 gobernadores que han firmado ese acuerdo, por el cual se comprometen de forma individual a que sus estados cumplan con el Acuerdo de París. Massachusetts, Chicago, Nueva York, Nueva Jersey, California… Ojo, California, si fuese un país, sería la sexta economía del mundo. Por otro lado, como te decía, hay un movimiento ciudadano de activismo, de sociedad civil, sin precedente reciente en Estados Unidos. Y, en tercer lugar, las ciudades, que juegan un papel importantísimo. La inmensa mayoría de los grandes centros urbanos son demócratas. Y apuestan por acelerar el proceso contra el cambio climático: ciudades de la importancia de Nueva York, Boston, Filadelfia, Washington, San Francisco, Chicago, Los Ángeles… Todo esto, obviamente, rebate la idea de que, en la práctica, Estados Unidos se ha salido del Acuerdo de París.

«Estamos ante la mayor movilización desde el movimiento de los derechos civiles»

Y luego están los grandes lobbies, como los extractores de petróleo o de carbón, que han promovido la decisión de Trump.

Por supuesto. Hay intereses económicos detrás de esta decisión del Partido Republicano. Quien no lo vea, tiene una visión miope de la realidad. Son segmentos de la economía antigua que se resisten al cambio y a la eventual muerte, que es inevitable. Porque ha pasado a lo largo de la historia. Pasó con el sector de los carruajes de caballos cuando llegó el tren, con el de las velas cuando llegó la electricidad… Son ejemplos básicos que ilustran lo inevitable, también hoy por hoy: la tecnología y la innovación son imparables.

La percepción que nos llega fuera de Estados Unidos es que allí determinados lobbies financian campañas para que luego les devuelva favores el partido ganador.

Es una lectura demasiado simplista. Errónea incluso. Eso sería aceptar que no hay democracia en Estados Unidos y que los políticos se venden y se compran y su voluntad no vale nada. Hay casos puntuales, pero no es la norma general. Yo no estoy en desacuerdo con los lobbies. Tienen una connotación negativa en España, pero en realidad no es más que un grupo con un interés común, que puede ser una asociación de consumidores, o un grupo de empresas o un grupo de ciudadanos. Se unen y contratan a expertos para que representen sus intereses, sean sus portavoces ante los políticos y puedan dar a conocer sus posiciones y argumentos. Esa es la definición real de un lobby. Yo estoy en contra del uso ilegal de esta figura, pero, por sí mismo, no es malo, porque significa
eso, representación y unir esfuerzos e intereses comunes. Esto, por un lado. Por otro, si nos referimos a los lobbies que están en contra de la lucha contra el cambio climático, esos sí buscan a políticos negacionistas, que piensen como ellos. Y unen esfuerzos y dinero para ayudar en sus campañas. Ese es el proceso. Es como el huevo y la gallina. ¿Están comprando su voluntad? No, están apoyando a gente desmadrada, como ellos, que no creen en el cambio climático, como es el caso de Trump. Lo mismo puede decirse del lobby armamentístico. Apoyarán, obviamente, la campaña de quien comulgue con sus ideas. Y si ese político gana las elecciones, ya no tienen que convencerlo de nada, no tienen que comprar su voluntad.

Estuviste en las negociaciones del TTIP. Un tema polémico, que al final se ha quedado estancado.

Estuve tres años de lleno. Me llevé sorpresas. Por un lado, quienes estaban en contra en Europa eran los progresistas. Pero, por otro, quien lo ha frenado, por no decir matado, en Estados Unidos, ha sido el ultraconservador Donald Trump. Más allá de eso, creo que en este tratado ha habido mucha demagogia. Yo no estoy en contra del libre comercio, sino del libre comercio despiadado, no regulado y sin mecanismos de control. No son lo mismo. Pero el acuerdo que se negociaba, con sus pegas, que las había, era bueno para ambas partes. Por una sencilla razón: teníamos mucho
que ganar, Estados Unidos y Europa, si colaborábamos, y mucho que perder si no lo hacíamos. ¿Cómo? Pues si nos convertíamos en un bloque con estándares comunes, firme ante naciones como China, India o Rusia, comercialmente hablando, tendríamos nuestras convicciones firmes ante su voluntad, también en temas medioambientales. La apuesta desde Washington y Bruselas era una economía basada en la innovación sostenible, el conocimiento humano, las energías renovables, la tecnología… No se puede seguir pensando en el siglo XXI que el aislamiento, la insularidad, es la solución, no lo va a ser nunca.

Precisamente, tú naciste en una isla y te abriste al mundo.

Es que no te queda más remedio hoy en día. Lo otro es ponerle puertas al campo.

Lo que se criticó, más que el propio TTIP, fue la falta de transparencia en sus negociaciones. Cuando era algo que afectaba a la ciudadanía.

A priori, mi respuesta es que sí. Pero te aclaro una cosa. Pocos saben que Estados Unidos y Europa llevaban nada menos que 25 años negociando un potencial tratado. Y ese proceso pecaba tal vez de lo contrario: demasiado lento, demasiado participativo… La participación es buena y necesaria, pero no tanto cuando hace que un proceso dure décadas, cuando las necesidades y los ciclos de vida son mucho más cortos. Te pasa por encima la locomotora de la competitividad, y te quedas fuera. Obama decidió que había que cambiar la situación y convenció a su contraparte en Europa para que se dieran un plazo de 18 meses para aprobarlo. Es un gran recorrido en muy poco tiempo. Y, por supuesto, pienso que ese fue el error. Querer ser tan resolutivo, tan expeditivo, y buscar, sin que participara la ciudadanía, un acuerdo que no iba a ser perfecto, porque eso prácticamente ni existe. Un acuerdo nunca deja del todo satisfechas a las dos partes. Imagina entre dos continentes, dos bloques económicos.

«La percepción de que Estados Unidos no cree en el cambio climático es incorrecta»

Más allá de Estados Unidos, como experto en medio ambiente, ¿eres optimista con la agenda del Acuerdo de París?

Tengo sensaciones encontradas. Creo que, en general, los Gobiernos tienen que hacer mucho más. No están actuando con la urgencia que esto requiere. Habiendo dicho esto, sí creo que vamos a cumplir con los objetivos. Por una sencilla razón: esto ya es un tema del sector privado, principalmente. Y no hay mayor acelerador para los procesos de cambio de los modelos económicos que
los intereses privados. Te doy un ejemplo: la sociedad llevaba tiempo pidiendo incentivos a los Gobiernos para el coche eléctrico, para descarbonizar definitivamente el sector automovilístico. Pero no hay leyes claras y contundentes en ese sentido. De pronto, llega una empresa como Tesla, y algunas marcas chinas, que empiezan a desarrollar coches eléctricos buenos, bonitos, a precios accesibles. ¿Y qué pasa? Pasamos de tener menos de diez modelos de este tipo de coches hace unos seis años a tener hoy más de 50 en el mercado, una cuota que solo se va a acelerar y a aumentar. Según la propia industria, para el año 2050 más del 90% de los coches vendidos serán híbridos o eléctricos. Y eso está a la vuelta de la esquina. ¿Por qué sucede esto? Porque el sector privado, por fin, empieza a despertar y a darse cuenta de que esto tiene sentido desde un punto de vista competitivo. También ético y moral, pero, sobre todo, económico y empresarial. Y, cuando esto ocurre, los cambios se aceleran. El problema, como siempre, es que los Gobiernos van por detrás.