Economía circular

La huella de la basura electrónica

La huella de la basura electrónica

Imaginen un rascacielos de basura con un peso equivalente a doscientas veces el Empire State de Nueva York. Piensen en una montaña gigante de basura que sea nueve veces la pirámide de Keops. Este es el tamaño de basura electrónica (e-basura) o chatarra electrónica (e-waste) que generamos cada año. Cuarenta y seis millones de toneladas.

«Cada año se generan en el mundo cuarenta y seis millones de toneladas de residuos electrónicos»

España es el quinto país que más contribuye a este inmenso vertedero electrónico, con una media de veinte kilos por español, un 43% más que hace tan solo ocho años. El ritmo crece tres veces por encima de la media de desperdicios urbanos. Y sólo se recicla una quinta parte de esta basura. Las cifras las ofrece el último informe de la Universidad de Naciones Unidas.

Televisores, neveras, tablets, microondas, hornos, smartphones, ordenadores de mesa, portátiles, teclados de ordenador, pequeños y grandes electrodomésticos a los que aún les queda vida útil son reemplazados –especialmente en navidades- por otros nuevos, mientras nos deshacemos de los usados, y no siempre en los puntos de recogida correctos. Muchos de ellos terminan en la basura convencional, según un estudio de Back Market, la primera tienda online especializada en dispositivos reacondicionados, que apunta que los españoles somos los últimos de la fila en Europa a la hora de reciclar estos aparatos. De las 930.000 toneladas que generamos, apenas 198.000 son procesadas. Sólo nos supera Rusia y Rumanía en cuanto a mala praxis con los desperdicios electrónicos.

No depositar en los puntos adecuados este tipo de basura es catastrófico para el medio ambiente. Y para la salud humana. En toda esa quincalla electrónica hay multitud de elementos altamente tóxicos, como plomo, arsénico, mercurio, cadmio o fósforo, además de componentes y materiales no biodegradables, que, de no ser tratados de manera correcta puede acabar en ríos, mares o en la propia tierra. Los frigoríficos, por ejemplo, contienen espumas aislantes perjudiciales, así como gases refrigerantes y aceites, similares a los de los aparatos de aire acondicionado; el polvo fosforescente de los televisores de tubo de rayos catódicos es muy nocivo y las pilas arrojadas a la basura convencional de igual modo producen un impacto enormemente negativo.

Cuidemos nuestro pequeño instrumental tecnológico y no olvidemos apagarlo después de su uso: este sencillo gesto contribuye a alargar su vida. Nos indignamos por la obsolescencia programada, pero desechamos nuestros aparatos antes de que su vida útil finalice. La próxima vez que nos encaprichemos con el último modelo de teléfono móvil, o si nos tienta comprar el sofisticado y cómodo portátil que se anuncia como imprescindible, pensémoslo dos veces. ¿Realmente lo necesitamos? Si la respuesta es no, además de ahorrar, habremos contribuido a que ese vertedero de dimensiones colosales se reduzca. Si, a pesar de todo, lo necesitamos, entonces intentemos localizar ese modelo en el mercado de segunda mano, donde los técnicos especializados ponen a punto esos aparatos, sopesemos la posibilidad de ofrecer el terminal a un familiar o amigo, y, en última instancia, depositémoslo –después de una sentida despedida– en los puntos habilitados para ello.