Economía circular

COP24, la oportunidad perdida

COP24, la oportunidad perdida

Después de diez días de acalorado debate, de reproches cruzados (con mayor o menor diplomacia) y de llamamientos a la sensatez, compartidos de manera unánime pero desatendidos en última instancia, concluye en la ciudad polaca de Katowice, la Conferencia de las Partes (COP), en su edición 24, a la que asisten alrededor de doscientos países y que supone la mayor iniciativa mundial para reducir la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) y frenar el calentamiento global, convocada por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). Concluye como oportunidad perdida.

La cita resultaba decisiva. No en vano, en su discurso de apertura, el secretario general de la ONU, António Guterres, aseguró: «No conseguir un acuerdo no sólo sería inmoral, sino suicida (…). Nos estamos quedando sin tiempo».

Guterres no amenazaba. Era realista. Los datos que manejamos tiñen el optimismo de entusiastas. El último informe del IPPC, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, advertía de que existe un alto riesgo de que con las trayectorias de emisiones actuales y las contribuciones realizadas el calentamiento global exceda los 2 grados. Dos grados es muerte. Devastación. Guerra. Incluso si el aumento se limitara a 1,5 grados, los patrones climáticos y los eventos extremos en océanos y tierra firme implicarán riesgos para los ecosistemas y las sociedades.

La COP24 tenía encomienda de encontrar compromisos y actuaciones que limitasen el ascenso de las temperaturas a 1,5 grados, a pesar de que ese paradigma deseable fuera el menos sombrío de los posibles (se registrará un 10% más de días con temperaturas extremas, un 25% más de ecosistemas afectados o un incremento del 50% del estrés hídrico mundial, con millones de refugiados medioambientales).

En mitad de la cumbre, el devastador torpedo: Rusia, Arabia Saudí y Kuwait, lideradas por los Estados Unidos de Trump, naciones exportadoras de petróleo, acordaron rechazar el informe del IPPC. Agradecían la implicación de los científicos encargados de su elaboración, «tendrían en cuenta» sus conclusiones, pero nada más.

Diseñar un plan conjunto y eficaz para cumplir con el Acuerdo de París, que finalizó con el compromiso de mantener la temperatura global del planeta por debajo de esos dos grados. No era fácil. En Katowice el gran desafío era reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), que podrían aumentar el calentamiento global en 3,4º C. No pudo ser.

La Convención Marco sobre el Cambio Climático, adoptada en 1992, divide a sus 197 partes en dos grupos principales: el grupo industrializado (43 naciones) y el grupo en desarrollo (con 154 miembros, incluidos los 49 países menos desarrollados). Las tensiones entre ambas franjas –a día de hoy, un tanto desactualizadas, después de 25 años vista– se han vuelto a hacer patentes.

Ha habido algunos cambios en la reunión anual. Por ejemplo, Centroamérica, por primera vez, ha presentado de manera conjunta una posición política sobre el cambio climático, en la que ha pedido, entre otras cuestiones, flexibilizar los mecanismos de financiamiento para la adaptación y mitigación al cambio climático.

Otra de las novedades (más que novedad, improvisación táctica) ante el atasco de las negociaciones fue la directriz de Michal Kurtyka, presidente de la COP24, de solicitar a una docena de ministros que, en parejas de nación desarrollada y economía en vías de desarrollo, actuasen de mediadores, centrándose cada una en uno de los asuntos aún no cerrados.

Entre los ministros elegidos por la presidencia, junto a representantes de Egipto, Alemania, Suráfrica, Noruega, Singapur, Islas Marshall, Finlandia, Gambia, Luxemburgo y Nueva Zelanda, estaba la titular española de Transición Ecológica, Teresa Ribera.

Tensiones internas, presiones externas, escasa cobertura informativa… ¿Resultado? Un acuerdo de mínimos. Y el planeta, un poco más cerca del desastre.