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Educación ambiental: más allá de las aulas

Educación ambiental: más allá de las aulas

Ricardo García Mira es diputado y portavoz de Cambio Climático del PSOE en el Congreso de los Diputados y Presidente de la sociedad científica IAPS.

El aula es, sin duda, un espacio favorable para la promoción de la educación ambiental, pero no el único. Las experiencias informales, y experimentales, son fundamentales para el aprendizaje de habilidades para adaptarse al cambio climático y actuar en entornos urbanos complejos.

Gran parte de la responsabilidad de mitigar los impactos del cambio climático y adaptarse se ha puesto en la escuela y en los educadores, porque se entiende que tienen capacidad para influir en la creación de contextos apropiados y de promover experiencias que aumentan la conciencia y la responsabilidad ambiental. Existe un cúmulo de investigación que documenta qué programas funcionan mejor y en qué contextos. Por ejemplo, la investigación en educación ambiental ha hecho hincapié en el aprendizaje basado en la investigación, que capacita y educa para un desarrollo sostenible. Es cierto que las escuelas pueden promover programas basados en estos principios. Sin embargo, si consideramos que una persona promedio no pasa mucho más de un 3% de su vida en la escuela, nos encontramos con que, para llegar a ser un ciudadano ambientalmente responsable, son necesarias otras experiencias más informales.

La vida en las ciudades modernas no deja muchas oportunidades para participar en aprendizajes experimentales o para desarrollar una capacidad ambiental significativa, y hay muchos estudios que muestran que las experiencias informales son clave en la promoción de sensibilidades y actitudes adecuadas, en la adquisición de conocimiento y en el aprendizaje de habilidades para actuar en entornos urbanos complejos. Las teorías más modernas enfatizan la construcción de significado ambiental y requieren poder explorar activamente el contexto urbano, al tiempo que se fomenta la motivación y la curiosidad. Para los niños, esta exploración activa se limita hoy a tiempos y lugares específicos, y está muy controlada o supervisada por los padres o por adultos. El desplazamiento a la escuela es un ejemplo. Caminar solía ofrecer oportunidades para la exploración. Sin embargo, el uso de coches privados para llevarlos a la escuela en el camino al trabajo introduce restricciones a la exploración. El aumento dramático de coches es hoy un problema de primera magnitud, que fuerza la introducción de reglamentaciones con intervenciones para reducir el tráfico y, por tanto, la contaminación, en favor de un transporte público más rápido y responsable. Quizá también se precisan programas que promuevan nuevas actitudes y comportamientos públicos, y que sensibilicen más sobre el impacto ambiental del transporte.

El refuerzo del uso del coche, por su asociación a un mayor estatus y a seguridad, unida a la percepción de que no hay otras alternativas, contribuye a la dificultad de implementar cambios. Los padres son modeladores clave del comportamiento de los niños, como se documenta en la investigación más actual sobre aprendizaje. Deben ser, por tanto, destino de programas ambientales, a considerar en paralelo con el papel de los educadores en el modelado del compromiso ambiental en la escuela. Pero también los itinerarios urbanos para llegar a la escuela deben incorporarse ya al diseño y a la planificación urbanística, haciendo de la ciudad moderna un gran laboratorio de exploración ambiental con incorporación progresiva de soluciones basadas en el uso de recursos naturales que transmitan las claves para la adaptación.