Economía circular

Desenchufar el mundo de su dependencia energética

Desenchufar el mundo de su dependencia energética

De continuar con el consumo energético actual, en 2050 ‘devoraremos’ tres planetas. Las energías renovables, los nuevos sistemas de almacenamiento y la restricción de la obsolescencia programada podrían iluminar una Tierra mejor.

Solo un tercio de la energía primaria llega al punto de uso

La energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma. La adaptación del primer principio de la termodinámica a la realidad social del siglo XXI es tan obstinada como un opositor a notaría. La expansión económica mundial, el aumento de la población, el auge de las clases medias y su mirada en el espejo del consumo están arrinconando los recursos naturales del planeta. El mundo gasta el 8% de su riqueza en energía. El porcentaje más alto que se conoce. Además, hay un sentimiento profundo de pérdida. Solo un tercio de la energía primaria –la contenida en los combustibles antes de pasar por los procesos de transformación a energía final– es aprovechado. La ineficacia es un adjetivo con el que se escriben demasiadas frases de esta historia. Al mismo tiempo, el apetito del planeta es voraz. «Para 2040, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) prevé un aumento del consumo energético equivalente a añadir otra China o India a la demanda actual», describe Kepa Solaun, profesor de la Escuela de Organización Industrial (EOI).

La asociación Global Footprint Network sostiene que hoy estamos utilizando el equivalente a 1,5 veces la capacidad de esta vieja bola azul para reponer los recursos que utilizamos y absorber la contaminación producida. De seguir en este empeño, durante 2050 devoraremos tres planetas. No llegan, desde luego, buenos augurios. Es imposible extraer poemas de las noticias. El informe World Energy Outlook de 2017 pronostica un incremento de la demanda de energía entre 2012 y 2040 del 30%. «Solo India (debido al fuerte crecimiento de su población) y China (por el aumento de la industrialización en todo su territorio) son responsables de la mitad del tirón de esa demanda», apunta Carlos Andreu, profesor de EAE Business School.

Entonces, ¿ya está todo perdido? «No debe confundirse una tendencia con un destino inamovible», enfatiza Álvaro Polo, manager director de Accenture. «La innovación y el desarrollo tecnológico, que son consustanciales al ser humano, están abriendo escenarios alternativos mucho más esperanzadores». Vivimos al borde del comienzo de una transición energética. En este movimiento una de las mayores incertidumbres es la velocidad del proceso. El carbón, recuerda Eric Borremans, experto global en sostenibilidad de la gestora Pictect AM, tardó 60 años en alcanzar una cuota de producción de energía del 50% y el petróleo consumió el mismo tiempo para llegar al 40%. «Ahora la clave es la competitividad económica de las alternativas. De momento, el coste de la energía solar en regiones ecuatoriales es ya aceptable sin subsidios», apunta Borremans. Es un movimiento que se suma a otros muchos, pequeños y grandes, que conducen a un mundo más verde.

El transporte representa el 80% del consumo del petróleo

El transporte representa el 80% del consumo del petróleo. Con la presión regulatoria, los fabricantes tienen un incentivo adicional para desarrollar motores más eficientes. El «escándalo del diésel» no hace sino cebar esta inercia. Además, el coste de almacenamiento de la energía se ha reducido un tercio en cinco años y resulta previsible que mantenga el mismo ritmo de caída en 2030. Ese año es muy probable que en Holanda y Noruega ya solo se puedan vender coches eléctricos. Volkswagen, tan dañada en su reputación por el dieselgate, se redime y anuncia para 2020 un vehículo de 600 kilómetros de autonomía. ¿Quién sabe? También resulta factible que los edificios, que son grandes consumidores de energía, a medida que instalen paneles solares empiecen a competir con las eléctricas y puede, incluso, que vendan la energía sobrante a la red. El futuro no está escrito; tampoco el de la energía. Hay motivos para acorazarse en la esperanza. «Incluso la búsqueda de esa mayor eficiencia energética se ve impulsada por la explosión de necesidades de almacenamiento de datos, que puede multiplicarse por 50 para 2020 y que requerirá mejor refrigeración, diseño y microprocesadores más eficientes», vaticina Eric Borremans.

Vivimos en un cruce de caminos. De un tiempo pasado a un tiempo que llega. Un espectador que observara este tránsito de forma imparcial vería que todo este viaje resulta imposible sin las energías renovables. «Este universo energético verde es el que, sin duda, nos permitirá avanzar hacia la descarbonización y a un coste inferior que si se mantienen las fuentes hasta ahora llamadas convencionales», prevé Luis Crespo, presidente de Protermosolar, la Asociación Española para la Promoción de la Industria Termosolar. Sin embargo, atravesamos los cenagosos predios de una paradoja. La vieja energía no termina de morir y la nueva no acaba de nacer. La Conferencia de París sobre el cambio climático trató de conseguir un compromiso entre mortandad y natalidad. Por primera vez, los países desarrollados (menos Estados Unidos) y en vías de desarrollo se han comprometido a un aumento de la temperatura global menor de 2 ºC respecto a la era preindustrial. Bajo este escenario, la AIE ha trazado sus cálculos para 2040. La cuota de combustibles fósiles puede pasar del 75% al 60%. Y la demanda de carbón crecerá menos del 2% al año y la de petróleo por debajo del 0,5%. La réplica verde, claro, la dan las renovables: aumentarán un 4%.

Este es el horizonte al que algunos se agarran como un niño en un columpio que bascula a toda velocidad. «No existe conflicto entre la necesidad de abastecer de energía a un mundo en crecimiento y dejar de emitir gases de efecto invernadero. Simplemente hay que transformar y descarbonizar el sistema energético, así como actuar rápidamente en el desperdicio de energía y su mal uso», reflexiona Peter Sweatman, fundador de la consultora medioambiental ClimateStrategy.

El experto anuncia terrenos más fértiles. Espacios donde la innovación y el reciclaje alcen la mano y reclamen su verdadero protagonismo. No un mero afeite social y de conciencias. La economía circular es una vía abierta para transitar hacia un mundo de energías sostenibles. Empezando por nuestra insaciable (e insostenible) capacidad de consumir productos. «En este sentido, todas las acciones que nos conduzcan a alargar la vida útil de los productos conllevarán un ahorro energético», relata Luis Seguí, profesor de sostenibilidad en la EAE Business School. Esto supone, por ejemplo, el fin de la obsolescencia programada. «Esta práctica ya es ilegal en Francia y creo que debería prohibirse en toda Europa. Resulta inmoral», califica, rotunda, Jerusalem Hernández, directora de riesgos y sostenibilidad de KPMG. De momento, en España aún se espera, y no llega, una estrategia de economía circular. Pero pervive la expectación. «Gracias a la innovación y a las tecnologías aplicadas al reciclaje surgirán productos que duren cada vez más y sean más reciclables», comenta Javier Méndez, director del gabinete técnico del Colegio de Aparejadores de Madrid.

Los grandes gigantes digitales podrían consumir en 2030 más energía que China

Mientras, encima de la mesa, los expertos barajan sus cartas. Sin amaños ni faroles. Mirando a los ojos. Proponen vías hacia la eficiencia energética que nos orienten en nuestro particular cruce de caminos. Escuchemos. Compuestos totalmente reciclables, recuperación de productos a través de esa práctica o la utilización de nuevos materiales con bases biológicas. Tres opciones para consumir menos energía. Hay más. Pero lo que existe es la auténtica conciencia de que no se puede seguir así. Los grandes gigantes digitales (Facebook, Apple, Google, Amazon y Microsoft) podrían consumir en 2030 más energía que China. Saben que se mueven hacia ese futuro. Por eso tratan de crear sus propias plantas de abastecimiento con energías renovables. Persiguen su particular república energética. Al tiempo, Europa muestra sus esperanzas. ¿Sus objetivos en 2030? Reducir el 40% las emisiones de dióxido de carbono y aumentar el 27% la cuota de renovables en el mix energético. Algo factible, «porque desde un punto de vista teórico y tecnológico se podría llegar a medio plazo a un mundo donde el total de las energías sean renovables», apunta Javier de Cendra, decano de IE Law School, quien recuerda, porque a veces se olvida, que el acceso a esa energía es un derecho fundamental reconocido por las Naciones Unidas. Un acceso a un precio razonable, de forma continuada (sin interrupciones) y de calidad. ¿Qué falla para que todo lo anterior no se cumpla? «El planeta carece de un sistema de gobernanza global de la energía», incide el docente. El mundo vive un particular reino de taifas energético.

De todas formas, la innovación hará posible que se pueda acelerar este proceso de cambio. Por ejemplo, la utilización de redes eléctricas inteligentes que lleven la pérdida energética hacia el cero es una opción recurrente. Porque la electricidad no se recicla como si fuera plástico. Otra vía es contar con sistemas de almacenamiento propios, lo que el sector denomina «almacenamiento distribuido ». Empresas como Tesla buscan esa arcadia energética, pues la innovación y el reciclaje pueden dar respuesta a una tierra donde 2.500 millones de personas todavía tienen un acceso  muy limitado a energía de calidad. De hecho, la presión de la tecnología, las alternativas, los cambios de preferencias de los consumidores (cada vez más sensibilizados en temas medio ambientales), la eficiencia energética y una regulación más exigente podrían reducir la producción de petróleo en el mundo de 90 millones de barriles diarios a 74 millones. Y, si el crudo pierde presencia, el resto de las fichas irán cayendo del tablero. Una apertura con blancas a un mundo mejor.