Innovación

Andrés Jaque: «No habrá una tecnología que por sí sola haga desaparecer el cambio climático»

Andrés Jaque: «No habrá una tecnología que por sí sola haga desaparecer el cambio climático»

¿Cómo influye la arquitectura en el desarrollo de las sociedades? Esa pregunta es una de las líneas fundamentales en la obra de Andrés Jaque (Madrid, 1971). El arquitecto y pensador es una de las voces más importantes de su generación y ha llevado sus obras e intervenciones desde la Bienal de Venecia al MOMA de Nueva York. Además, dirige la Oficina de Innovación Política y el Programa de Diseño y Arquitectura Avanzada de la Universidad de Columbia.

Hablamos con él de cómo convertir uno de los sectores que más CO2 emiten a la atmósfera en uno capaz de transformar la sociedad sin dañar el medioambiente.

El sector de la edificación es responsable del 40% de las emisiones de CO2 y del 30% del consumo de materias primas, del 20% del consumo de agua y del 30% de la generación de residuos, según un informe de Ihobe. ¿Qué puede hacer la arquitectura para revertir esas cifras? 

La manera en que se ha reflexionado sobre los desafíos medioambientales desde la arquitectura ha sido a través de estrategias de reducción de emisiones y de consumos. Aunque eso es importante, es un campo que puede aportar mucho más. Trabajamos con la mediación entre elementos humanos y no humanos para crear nuevas posibilidades de coexistencia, y ahí es donde está la clave. Necesitamos una transición desde la cultura moderna que entiende que el planeta es una especie de nevera de recursos siempre a nuestra disposición hacia un nuevo paradigma antropocéntrico en el que los humanos generemos marcos para establecer derechos, culturas, estéticas o tecnologías que creen relaciones más igualitarias con otras especies y con el medioambiente en general.

En los últimos años se ha producido un auge de los nuevos materiales o tendencias como la arquitectura slow. ¿Está virando el sector hacia una tendencia más consciente con el planeta?

Sí, es algo que se ha producido por diferentes motivos, pero con el resultado de que ha crecido la sensibilidad hacia las consecuencias de toda la acción humana. También ha aumentado la conciencia colectiva de que es urgente buscar nuevas formas de mitigar el impacto del cambio climático o de la pérdida masiva de biodiversidad, lo que ha propiciado un contexto favorable para exigir la reducción del impacto medioambiental de la construcción. Es interesante ver cómo esto también ha traído consigo unas líneas de innovación que generan nuevas formas de economía y riqueza, y también nuevas posibilidades para la arquitectura, como por ejemplo la incorporación de las estructuras de madera a los edificios, que han permitido pensar en materiales vivos que reduzcan el impacto de las prácticas constructivas. Sin embargo, tenemos que ser conscientes de que esto solo es un comienzo y de que las crisis medioambientales nos obligan a tener una forma diferente de analizar las emisiones arquitectónicas y sus implicaciones.

¿Cómo llevar a cabo ese análisis?

Cambiándolo hacia una visión transeccional del análisis del impacto medioambiental. Eso implica, por ejemplo, asumir que es tan importante escrutar la cantidad de emisiones que conlleva la utilización de estructuras de madera como escrutar qué tipos de sociedades se ven afectadas por esos cultivos: cómo están asociados a la implantación de fórmulas intensivas que empobrecen suelo y acuíferos o que arrasan con formas de economía tradicional basadas en la solidaridad. Las crisis medioambientales están mostrando la necesidad de una lectura transversal de la realidad. Defendemos un modelo que cambia la manera de planificar la movilización de los materiales implicados en la construcción, para que los factores sociales, económicos y geopolíticos sean examinados al mismo tiempo que el impacto medioambiental de su uso.

«Un material sostenible no solo es el que genera menos emisiones, sino el que promueve tejidos sociales más estables»

Esto es importante porque, aunque veamos los efectos del cambio climático en los glaciares, no podemos olvidarnos de que también está en las grandes migraciones desde el sur hacia el norte del planeta. Los pueblos ven que sus hábitats y sociedades están siendo transformados para afianzar una sociedad desigual donde la crisis medioambiental no afecte a una nueva élite verde que pretende escapar del cambio climático. Tenemos que entender que un material sostenible no solo es el que genera menos emisiones, sino el que promueve tejidos sociales más estables en Bolivia, Brasil o Noruega.

Tu obra relaciona diseño, arquitectura, activismo… ¿Crees que es necesaria una implicación mayor del sector como palanca hacia una arquitectura más conectada con los problemas actuales de la sociedad? 

El cambio no solo afecta al sector de la arquitectura, sino a las sociedades en su conjunto. Esto conlleva investigación, innovación, inversión pública… Yo mismo he tenido que diversificar mi trabajo. Entiendo que la labor de un arquitecto tiene que ser desplegarse en muchos contextos, lo que obliga a ser un poco transeccional: me dedico a la divulgación, al comisariado, durante años he escrito columnas sobre estos temas en El País Semanal… El perfil del arquitecto interesado en estos temas es diferente, ya que asume la complejidad de producir un cambio social que se hace desde distintos frentes, pero de forma coordinada. Es la única manera de poder atender un cambio de paradigma como el que las crisis medioambientales imponen.

La labor de arquitectos como Francis Keré en su Burkina Faso natal o la de Shigeru Ban diseñando casas de bambú sobre cajas de cerveza para refugiados son solo dos ejemplos del componente social que están tomando grandes proyectos arquitectónicos. ¿La tecnología ha permitido hacer una arquitectura más accesible a todos los habitantes del planeta?

Sí y no. Debemos combatir el sueño moderno de que cualquier problema tendrá una tecnología que lo hará desaparecer: no va a haber una tecnología que haga desaparecer el cambio climático, de la misma manera que no existe una que acabe con la basura del mundo o que genere igualdad. La tecnología es una más de las capas con las que se construye la sociedad, pero no hace que desaparezcan los desafíos a los que nos enfrentamos, sino que es una herramienta para reconstruir nuestras sociedades. En estos momentos, lo más importante es la política. Necesitamos encontrar maneras de generar acción colectiva que nos permitan percibir lo que está ocurriendo. Lo que va a marcar nuestra capacidad de reaccionar a los cambios son las herramientas para crear alianzas entre fuerzas muy distintas. Eso no lo vamos a resolver con tecnologías o dispositivos, sino con la evolución de nuestra manera de entender la coexistencia de todos.

Defiendes la arquitectura como servicio público y planteas una manera de relacionarse a través de ella. Hablas de la movilidad, pero también de los afectos. ¿Puede la arquitectura tener un papel activo en la lucha contra la soledad en las –cada vez más grandes– ciudades? 

La soledad no es un problema en sí mismo. Es una conquista humana. El problema es que se utiliza esa palabra para hablar de otras cosas que son las que hay que tratar: la desigualdad económica, el desamparo de las personas con dependencia, la estigmatización de la vejez, la pobreza… El problema de las grandes ciudades no es tanto la soledad como la desigualdad pura y dura. Sin un cambio en las estructuras de poder, económicas y de atención social, no podremos abordar el tema de la soledad, que no es el resultado de una forma urbana ni de una tipología específica de edificios, sino de una sociedad que ha reducido drásticamente su inversión en bienestar. Si hablamos de desigualdad, de recortes, de privatización de vivienda pública, ahí la arquitectura o el urbanismo sí pueden hacer mucho, no tanto para aportar soluciones de diseño –que ya existen– como de tratar con urgencia ciertos temas.

¿Política y arquitectura tienen que ir de la mano?

«La arquitectura es una actividad política, por lo tanto, sociedades inclusivas movilizan arquitecturas inclusivas»

Ya lo hacen. La arquitectura es una actividad política, por lo tanto, sociedades inclusivas movilizan arquitecturas inclusivas. En los últimos años, ante el deterioro de las instituciones democráticas, la arquitectura ha asumido la responsabilidad de tener una voz propia. Pertenezco a una generación de profesionales que entienden su obligación de asumir, junto a su labor como expertos, una labor de intelectuales, de vigilantes de la manera en la que lo político está siendo reformado. La calidad democrática que Europa atesoró en la posguerra se ha degradado, y tenemos que ser conscientes de que eso ha supuesto una reacción en la sociedad civil en la que los profesionales de distintos campos han asumido papeles que antes no tenían.