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‘Smart food’ o cómo alimentarnos sin acabar con el planeta

'Smart food' o cómo alimentarnos sin acabar con el planeta

La sostenibilidad marca cada vez más las nuevas tendencias culinarias. Desde la agricultura acelular a la sustitución de animales por fuentes vegetales, la ‘comida inteligente’ o smart food hace referencia a aquellos productos o recetas en los que el componente insano se reemplaza por uno más nutritivo… y respetuoso con el entorno.

Si seguimos produciendo y comiendo como hasta ahora, es posible que, en un futuro no muy lejano, no haya alimentos suficientes para abastecer a toda la humanidad. Es la conclusión de un estudio reciente de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación): la explotación de recursos naturales ya no es sostenible a largo plazo, la extensión forestal se ha reducido a la mitad, las reservas hídricas se están agotando y la pérdida de biodiversidad avanza cada año.

Posiblemente hayas visto algunos alimentos en tu supermercado etiquetados como smart food (comida inteligente). En muchos casos atienden a una dieta más lógica y equilibrada, y es que este término aún no se ha oficializado, y su uso es muy extenso. Los expertos en nutrición y en medio ambiente, con todo, cada vez lo concretan más: deben ser aquellos alimentos que provienen de una producción sostenible, y esto se basa en tres pilares: «bueno para el agricultor, para el consumidor y para el planeta».

En 2050, la población mundial estará próxima a los 10.000 millones de personas, lo que supondrá un incremento de la demanda de alimentos del 50%, según el informe de la FAO. Aplicar el concepto smart food en los cultivos, en los ingredientes de los productos y en nuestra dieta diaria es la única vía para poder mantener recursos para todos en el futuro.

La tendencia, por el momento, es otra: el estudio advierte de que el crecimiento demográfico se da en países como India y China y otros en desarrollo, lo que se une a un cambio de hábitos alimenticios en sus clases medias. En Asia, la ingesta calórica media se ha elevado desde las 2.379 calorías por persona de 1990 a las 2.665 calorías de 2009. En China, el consumo anual de carne ha aumentado de ocho millones de toneladas en 1978 a los 71 millones en 2012. La producción cárnica lleva asociada un mayor uso de recursos, tanto de tierra como hídricos.

Según la FAO, para satisfacer la futura demanda mundial de alimentos será necesario incrementar la producción anual agrícola en un 77% en los países en desarrollo y en un 24% en los desarrollados. En cuanto al consumo de proteínas de origen animal, se espera un aumento de demanda del 60% en 2050. Todo esto, si se mantiene la tendencia actual.

Es posible que 2019 sea el año en que empiecen a cambiar las cosas. Desde The Food People, una agencia internacional de tendencias alimentarias, apuntan a que la smart food inundará nuestro día a día, y comenzará a implantarse la agricultura acelular, o lo que es lo mismo: la aplicación de novedosas técnicas químicas para producir sin esquilmar recursos. De esta manera, por ejemplo, se puede producir leche a partir de bacterias y levaduras, sin que proceda de una vaca, pero con las mismas características.

El ingenio culinario también jugará una baza importante en el auge de la smart food: pasta para pizza a partir de la coliflor, espaguetis de calabacín o helados creados directamente a partir de frutas, sin recurrir a leche, nata ni huevos, son otras de las tendencias a las que apuntaba recientemente la diseñadora gastronómica Marielle Bordewijk en una entrevista al diario El País. No solo resultan en una alimentación más saludable, sino que ahorran en recursos naturales.

Algunas organizaciones focalizan este neologismo en la sostenibilidad, esto es: conseguir que haya alimentos para todos, lo que coincide con los Objetivos de Desarrollo Sostenible pactados en el seno de Naciones Unidas. Smart Food Project es una iniciativa del Instituto Internacional de Investigación de Cultivos para las Zonas Tropicales Semiáridas (ICRISAT). Promueve el consumo de sorgo, mijo y leguminosas de grano como garbanzo, gramo verde y cacahuete como micronutrientes densos.

Resumiendo: fuentes de proteínas de origen vegetal. Su intención es introducirlos en la producción agrícola de los países en vías de desarrollo, lo que no solo optimiza el uso de recursos (cada vez más mermados por el cambio climático), sino que diversifica la dieta de sociedades malnutridas en las que, paradójicamente, existe una elevada tasa de obesidad por su mala alimentación.

«Al igual que con otras divisiones, como la brecha digital y la brecha educativa, esta es otra que hay que reducir en los países con menos recursos, y esta puede ser la vía», dicen sus responsables. La smart food abarca muchas posibilidades, pero se resumen en un objetivo muy sencillo: que podamos alimentarnos sin devorar el planeta.