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Jugar con la naturaleza

Jugar con la naturaleza

Tanto en casa como en las aulas tradicionales se pueden llevar a cabo actividades y técnicas que mejoren la relación de los más pequeños con el entorno e inculquen el respeto por la naturaleza.

¿Hay que mandar deberes para casa o con el trabajo en clase es suficiente? ¿La educación bilingüe es mejor que la tradicional en una sola lengua? ¿Es positivo el aprendizaje por proyectos en todos los niveles educativos? ¿Qué grado de educación emocional y en valores debe existir en la escuela? Estas son solamente algunas de los asuntos más debatidos en foros educativos, conferencias o conversaciones entre padres. Sin embargo, existe un aspecto vital para el presente –y el futuro– de las generaciones más jóvenes que no suele entrar tan frecuentemente en el listado de temas: el papel que juega la naturaleza en el desarrollo personal durante la infancia.

Algunos expertos hablan del trastorno por déficit de naturaleza para referirse a las patologías derivadas de la insuficiente relación con el entorno natural

La tendencia hacia unas sociedades cada vez más urbanas hace que un gran número de niños crezcan en la ciudad, generando lo que algunos expertos han denominado trastorno por déficit de naturaleza, una serie de patologías denominadas genéricamente enfermedades psicoterráticas que tienen su origen en la inadecuada o inexistente relación con el entorno natural y se manifiestan a través de síntomas como falta de concentración, ansiedad, estrés e irritabilidad. «Necesitamos promover la educación ambiental a través de descubrir los valores positivos que tiene estar en contacto con la naturaleza, del valor del disfrute de un entorno sano, de minimizar los impactos negativos que nuestro estilo de vida tiene en los recursos y en el territorio», comentaba José Antonio Corraliza, catedrático de Psicología Ambiental de la UAM, en este mismo espacio hace unos meses.

Una de las grandes defensoras de la importancia de la naturaleza en la educación es la pedagogía Waldorf, basada en las directrices del pensador alemán Rudolf Steiner. Esta corriente divide el desarrollo infantil en tres etapas diferenciadas –la primera, la infancia, centrada en el juego creativo y el fomento de las actividades prácticas y psicomotrices; la segunda, correspondiente a la educación primaria, centrada en la expresión artística y las capacidades sociales; y la tercera o educación secundaria, dedicada al razonamiento y la empatía–, según el grado de desarrollo genético del sujeto.

En la primera etapa –que dura aproximadamente hasta los siete años–, esta teoría educativa defiende que el niño aprende básicamente por imitación de su entorno social y natural, sobre todo mediante el poder del juego libre. Además del juego con objetos  naturales, los cuentos o el aprendizaje de tareas como la cocina y la limpieza, uno de los entornos básicos de esta etapa inicial no se encuentra dentro del aula sino en el exterior de la escuela. Para los seguidores de esta filosofía, la naturaleza cumple un papel fundamental como lugar en el que los más pequeños pueden jugar y descubrir el mundo que los rodea, por lo que es habitual que dentro de la programación se encuentren con frecuencia excursiones al campo, actividades casi diarias en el jardín de la escuela alternas con las desarrolladas en el interior o el aprendizaje de tareas de jardinería.

Otra corriente educativa alternativa, la pedagogía Montessori –creada por la educadora italiana María Montessori a comienzos del siglo XX– también da una gran importancia al contacto con la naturaleza tanto en casa como en el aula para que los niños desarrollen sus capacidades y aprendan a respetar el entorno que les rodea. «La tierra es de donde son nuestras raíces. Hay que enseñar a los niños a sentir y vivir en armonía con la Tierra», escribía la propia María Montessori.

Sin embargo, no es necesario seguir todos los postulados de la pedagogía Waldorf o Montessori para mejorar la educación ambiental de las nuevas generaciones. Tanto en casa como en las aulas tradicionales se pueden llevar a cabo actividades y técnicas que mejoren la relación de los más pequeños con el entorno e inculquen el respeto por la naturaleza. Fomentar los juegos con materiales naturales –fabricados con elementos reciclados o hechos de madera o corcho frente al habitual plástico– o con elementos propios de la naturaleza como piedras, palos u hojas de árboles, que pueden aprender a distinguir mediante juegos. Las excursiones al campo también son una buena manera de enseñar a los más pequeños a conocer su entorno y, sobre todo, a respetarlo.