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Martí Boada: «Los ecosistemas no siguen los ritmos electorales. Ese es el drama»

Martí Boada: «Los ecosistemas no siguen los ritmos electorales. Ese es el drama»

En 1978 se ponía en marcha una de las primeras experiencias en educación ambiental en Cataluña, el proyecto pionero Natura de Can Lleonart en el parque natural del Montseny en Barcelona. Detrás de esta iniciativa estaba, junto a otros, Martí Boada, educador ambiental, profesor universitario y asesor científico de la Unesco. Sus tareas pedagógicas relacionadas con la ecología le han llevado a conseguir diferentes galardones en reconocimiento a su trabajo, entre los que destaca el premio Global 500 de las Naciones Unidas, recibido en 1995 de mano de Nelson Mandela. Hacemos con él un repaso por el pasado y futuro de la educación ambiental en España.

En nuestro país se empezó a hablar de educación ambiental en 1983 tras las primeras jornadas sobre la materia en Sitges; sin embargo, llevas trabajando en este ámbito desde finales de los 70. ¿Cómo se desarrollaron esos inicios?

La génesis de la educación ambiental en España se dio gracias a un ecólogo de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), Jaume Terradas, que asistió al primer congreso internacional de Tblisi (Georgia) en 1973, donde se sentaron las bases de lo que sería la educación ambiental. Terradas estaba muy concienciado con la situación medioambiental y los retos ecológicos a los que nos enfrentábamos como sociedad en aquella época postindustrial en la que nos estábamos adentrando. Cuando vuelve, tiene mucha energía y se plantea poner en marcha el primer equipamiento de educación ambiental de España: la escuela de naturaleza de Can Lleonart. Paralelamente, en Guadalajara, un grupo de jóvenes inquietos ponen en marcha un modelo de granja escuela y, poco después, también se crea una en Salamanca. La experiencia en Tblisi tuvo un efecto catalizador: los proyectos de educación ambiental empezaron a surgir por todas partes. En la escuela del parque natural del Montseny partíamos completamente de cero: no teníamos ni precedentes, ni teoría, ni ninguna referencia bibliográfica, tan solo buena voluntad y ganas de trabajar. Ese sería el punto de arranque, por tanto, de la educación ambiental informal en España.

Desde esa experiencia pionera en Cataluña, ¿cómo ha evolucionado la educación ambiental en nuestro país?

Empezamos de una manera muy militante, muy voluntaria, y se ha llegado a convertir en una formación académica real –tengo muchos alumnos en la UAB que hablan de ella en sus tesis doctorales, por ejemplo—. Además, Sitges en el 83 significó una visión y una concepción nueva: dejábamos atrás la imagen romántica de la naturaleza llena de florecillas y osos pandas y empezábamos a hablar de que había que comprometerse como sociedad y de que era imprescindible capacitar para comprender y corregir las formas de relación agresiva con nuestro entorno, el modelo productivo, industrial, energético… En ese sentido fue un punto de inflexión. Es más, a partir de aquí [de Sitges] se plantea la educación ambiental formal, ya que hasta ese momento era totalmente informal. Empezamos a hablar de que tenía que integrarse en los currículos, y también de su transversalidad: no era ya un tema que afectaba solo a los naturalistas y a los ambientólogos, sino que tenía que tocar otros sectores, como la arquitectura, la química, el derecho… La transversalidad superó la visión un poco monocultivista de la formación en un sentido estrictamente biológico.

«La educación ambiental no solo compete a los ecólogos, sino a todos los sectores de la sociedad»

Por la transversalidad de vuestra disciplina, los educadores ambientales os enfrentáis a diario a numerosos retos a la hora de comunicar esta transformación que necesita la sociedad…

Hemos superado las acciones locales y puntuales hasta conseguir esta diáspora tan amplia y motivadora: hay centros especializados en el estudio de la educación ambiental en Barcelona, en Madrid, en Galicia…, pero también tenemos granjas escuelas, escuelas de la naturaleza, programas de salidas de campo. La educación ambiental se ha diseminado de una manera generalizada —otra cosa es que se haya hecho bien— porque no plantea un cambio y un modelo para contemplar la naturaleza de una manera poco crítica, sino para transformar la sociedad y ayudar al cambio ambiental. Cuando recibí el premio Global de manos de Nelson Mandela en el 95, nos dijo a los diez galardonados: «no olvidéis nunca que la gran causa de lucha por el futuro de la humanidad es la lucha por el medio ambiente». Nos dio a entender, ya en aquella época, que no era un tema de cuatro ecologistas, sino de cambio social. Y aquí estamos ahora, con la crisis ambiental y con el cambio climático que, sin duda, es la amenaza más importante para los humanos. Por tanto, hay una urgencia para comprender estos problemas alejándonos de los tópicos. El tópico ha de sustituirse por el conocimiento de cómo funcionan los ecosistemas, la sociedad, los recursos naturales…

Estamos viendo que los jóvenes están cada vez más concienciados con el cambio climático, pero ¿cómo podemos calar ese mensaje en el resto de la población?

No es nada fácil, no hay una receta mágica. Lo principal es llegar a esas personas que están en sectores de toma de decisiones. Sin embargo, en política, por ejemplo, hay otras prioridades. El doctor Margalef decía que el drama de nuestros ecosistemas es que no siguen los ritmos electorales. La gente que gestiona y gobierna piensa en periodos de 4 años y, por tanto, dan prioridad a otras cosas. Los grandes cambios, como el energético, necesarios para evitar problemas medioambientales, están pensados a medio y largo plazo. Por eso, cuando hemos querido capacitar a políticos y responsables institucionales nos hemos encontrado con que no se creen nuestro mensaje. Los educadores ambientales nos hemos equivocado: sin querer y con buena voluntad hemos lanzado mensajes muy alarmistas. Si le dices a un niño o a una niña que no va a tener futuro porque nos estamos cargando el planeta, cuando se lo dices a sus padres, les estás asustando y, cuando asustas, aunque sea con buena fe, el destinatario no recoge el mensaje, sino que mira hacia otro lado; es el denominado efecto fogonazo. Ahora mismo ocurre que los nietos, los más pequeños, están educando a los adultos en casa en temas de reciclaje, de gasto abusivo de la energía… Aunque ya se está dando, se trata de un proceso muy lento. Es tan lento que no sé si vamos a estar a tiempo.

«Hoy, los más pequeños están educando a los adultos en temas de reciclaje o de uso de la energía»

¿Qué papel pueden jugar las empresas en la capacitación y formación medioambiental?

Tenemos muchos ejemplos de una educación ambiental llevada a cabo por empresas con resultados buenísimos. Hace muchos años, en Montreal, en la gran conferencia mundial de conservación de la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza, un industrial de Silicon Valley dio una charla —esto era algo inédito, no tenía nada que ver con el ecologismo o la protección de la fauna— en la que explicaba cómo había llegado al residuo cero en su empresa. Planteaba que un empresario que contamina es un mal industrial, ya no solo a nivel moral sino como profesional, ya que echa de su cadena de producción un producto que si lo integrase le daría beneficios. Un industrial moderno y competitivo, por solidaridad, pero también para ganarse el respeto de los demás, no puede tirar los residuos al río porque obliga al Gobierno y a los ciudadanos —sus propios clientes— a tener que pagar depuradoras que limpien lo que ha ensuciado. Por eso son tan importantes los programas de capacitación en las empresas y las industrias. El industrial comprometido es educador; socialmente esto es muy importante. Uno de los empresarios que más me ha sorprendido por su compromiso con la sostenibilidad es el productor de vino español Miguel Torres. Su empresa está invirtiendo mucho dinero en temas de investigación del impacto de sus industrias en el medio ambiente, pero ¿cómo empezaron? Un día, hablando, Miguel me confesó que su compromiso con la sostenibilidad no lo había adquirido con la lectura especializada, sino que se convirtió al pensar en sus nietos. La teoría ecológica no le convenció, pero el futuro de su familia sí. Así que esa es una manera de llegar, también, a la población adulta.