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Pedro Arrojo: “La crisis global del agua no es de escasez, sino de salud del planeta”

Pedro Arrojo: "La crisis global del agua no es de escasez, sino de salud del planeta"

La historia de la humanidad se ha construido alrededor del agua, que ocupa el 71% de la superficie terrestre. Durante milenios los pueblos recorrían el planeta buscando este recurso para asentarse, hidratarse, cocinar y, al fin y al cabo, sobrevivir. Ahora, tener acceso directo a agua potable en algunos puntos del planeta es un privilegio.

¿Qué es, pues, lo que estamos haciendo mal? Pedro Arrojo fue el primer español en recibir el Premio Goldman de medioambiente, conocido como el Nobel de Ecología. Su trabajo como investigador de la economía del Agua y su revolucionaria propuesta sobre una gestión de aguas más racional y sostenible le llevó a ganar el galardón y crear la fundación que da nombre a su idea: la Nueva Cultura del Agua.

Hace más de 30 años que apareció el concepto de Nueva Cultura del Agua como manera de referirse a una transformación en el modo de gestionarla. ¿Sigue esa cultura siendo nueva? Es decir, ¿en qué situación nos encontramos y qué sentido tiene hoy en día esa nueva cultura del agua?

La cultura no se decreta ni se declara; los cambios culturales se cuecen a fuego lento en el conjunto de la sociedad. Hace 30 años propusimos ideas, pero tan solo fueron propuestas que se enriquecieron con el tiempo, que evolucionaron. En aquel momento lo que planteábamos con la plataforma de afectados por grandes embalses y trasvases —tras un siglo de imperio del enfoque de Joaquín Costa, que entendía el agua como un recurso puramente productivo de interés general— era si introducíamos un cambio respecto al modelo privatizador del agua que se había impuesto desde la revolución francesa.

Lo que propone Joaquín Costa para dominar la naturaleza es una perspectiva cultural del Renacimiento. Había una ingeniería civil poderosa que permitía la creación de grandes ríos artificiales. Esto es, se entendía el agua como un recurso puramente productivo. Pero las grandes infraestructuras requieren de periodos de amortización más altos y el capital privado no es capaz de proveerlos. Cuando Costa lanzó sus ideas ya había casos de fracasos en el desarrollo de las grandes obras hidráulicas. Esa visión productivista del agua, que tiene éxito, que funciona, se extiende por todo el mundo como la visión estructuralista o de puro recurso.

«No podemos ver al agua como un mero recurso. Es un factor de vida tanto para las sociedades como para la naturaleza»

Aunque sigue teniendo sinergias fortísimas, hay que superarla. Hay que ir de una visión en la que los ríos son puros canales de recursos que se pierden en el mar a una en la que se entiendan como ecosistemas vivos. El agua es mucho más que un recurso, es un factor de vida tanto para las sociedades como para la naturaleza que nos rodea y, por eso, es necesario dejar de pensar en ella solo como recurso para llegar a un acuerdo social del Agua que luche, entre otros, contra el cambio climático.

¿Qué impacto tienen esas estructuras de gestión de agua en el entorno natural?

Las infraestructuras hidráulicas que ponen a nuestra disposición recursos para una u otra actividad humana tienen una característica positiva, que favorecen dicha actividad. Sin embargo, a la vez, están generando enormes impactos, ya que quiebran la vida en los ríos, su biodiversidad, es decir, destruyen el río en sí. En ocasiones, se dan por el uso utilitario de los ríos como simples evacuadores de residuos —como si se tratasen de cloacas a cielo abierto— o por extracciones abusivas que los arruinan. Es necesario crear una nueva relación con la naturaleza en la que la clave no sea su dominación o su explotación, sino su sostenibilidad.

No podemos ver el agua solo como un recurso, sino como el alma azul de la vida en el planeta Tierra —al que, en realidad, deberíamos llamar el planeta agua o el planeta azul—. Este cambio cultural, que en su momento propusimos, había nacido en pequeñas comunidades rurales no solo por un principio de solidaridad y derechos humanos, sino también como la idea de que lo que le ocurra a nuestros ríos y mares, a nuestro patrimonio acuático, también nos afecta a nosotros.

Por eso, no podemos tratarlos como si solo respondiesen a los diferentes intereses de la industria o del desarrollo turístico. Nueva Cultura del Agua introdujo esa visión más amplia, que va más allá de las minorías afectadas, y que incluye el principio de cuidar la salud de los ríos, es decir, una visión ecosistémica frente a una visión de recurso.

 ¿Cuál es el principal desafío de la gestión del agua en España? ¿Falta inversión en las infraestructuras?

Si bien es cierto que el primer reto es esa cultura de la que hablaba, también es preciso cambiar políticas, leyes, el uso de determinadas tecnologías, instituciones… Además, necesitamos cambiar a un nivel más profundo, como la escala de valores, la ética de cómo estamos relacionándonos con la naturaleza, con los ríos y con el resto de nuestros semejantes. En el fondo tiene que ver con encontrar nuevos enfoques educativos porque el sistema de valores es el que impera en una sociedad. Pero no solo hablo de la educación de los niños, sino de la educación de valores.

Es un reto cultural, político y educativo. El concepto de la Nueva Cultura del Agua propone la visión de confrontar la visión del agua como mercancía en esa dinámica típica de mercantilizarlo todo. Aunque parezca contradictorio, ese moderno mercantilismo —aunque reconoce muchas de las críticas que hacemos a grandes infraestructuras que se declaran de interés general sin hacer siquiera un balance económico sobre si responden a una mínima razón económica, más allá de la ambiental o social— responde ante la irracionalidad. Entramos en una dinámica de «usted pida y que el Estado provea» sin tener en cuenta los costes.

Naciones Unidas estima que 3 de cada 10 personas carecen de acceso a servicios de agua potable seguros y 6 de cada 10 carecen de acceso a instalaciones de saneamiento. Por eso, uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible es el de llevar el acceso a agua potable al total de la población mundial. ¿Cómo hemos alcanzado esa situación y qué podemos hacer para cumplir a tiempo con la Agenda 2030?

Cumplir, cumpliremos. Sino lo hacemos nosotros lo harán las próximas generaciones porque no tienen más remedio. Para ello en una Nueva Cultura del Agua se debe entender este objetivo como un reto ambiental de la sostenibilidad. Pero no desde el romanticismo ecologista, sino como un movimiento social.

Muchas veces se piensa que el que haya mil millones de personas sin acceso a agua potable es porque hay escasez, que la población crece mucho y que no habrá agua suficiente. En realidad no es así: no es tanto la gente que muere de sed, sino que hay mil millones de pobres que viven al lado de un río contaminado. La mayoría de esas 10.000 personas que mueren al día, sobre todo niños y niñas, mueren por diarrea. Fuera de esa cifra hay muchos otros que beben agua contaminada con metales pesados u otros tóxicos que no te mandan ni al hospital ni al cementerio de un día para el otro, pero deterioran la salud. Acabas muriendo de una toxicidad acumulada.

La crisis global de agua en el planeta no es una crisis en rigor de escasez. El problema es que hemos quebrado la salud de los ecosistemas. Si antes teníamos aguas cercanas y potabilizables de calidad ahora se han transformado en el vector de enfermedad y muerte más demoledor de la historia de la humanidad donde los pobres son los más afectados.

¿Cómo garantizar que esa transición hidrológica, igual que la energética, sea justa?

La clave para volver a tener agua de calidad accesible es recuperar la salud de la naturaleza. Y eso es un reto ecosocial que ya se ha planteado en Europa, que ha impulsado la ‘Directiva marco del agua’ que tiene como objetivo central recuperar en un plazo récord el buen estado de los ecosistemas acuáticos, para que vuelvan a vivir los animales que vivían antes. No se trata solo de recuperar la calidad del agua, sino la funcionalidad ecosistémica de lo que son en realidad, macrodepuradoras naturales. Europa ha transformado ese objetivo en ley.

«Hasta que el acceso universal al agua potable no sea una exigencia política, nada cambiará»

En cuanto al coste, cualquier Gobierno puede garantizar agua potable para todos. ¡Es mucho más barato que tener un aeropuerto! La cuestión es que sea una prioridad. Hasta que no llegue el momento en el que convirtamos llevar el agua potable a todo el mundo en una prioridad, en una exigencia política, nada cambiará.

¿Cuánto tardaremos en cambiar? Lo que tardemos en presionar para que cambien los modelos productivos y que se obligue a quien vaya a contaminar a que primero depure sus residuos.

La ONU plantea la economía circular como único modelo posible para garantizar la sostenibilidad del planeta. ¿Cómo incorporar ese modelo de circularidad en la gestión del agua?

El agua es buena plataforma pedagógica para entender los valores sociales y ecológicos a los que deberíamos aspirar, porque funciona en ciclo. Lo que tenemos que hacer es integrarnos armónicamente en esa dinámica circular. Antes eran la biodiversidad de los ríos y los mares la que digería la materia orgánica que vertíamos. Ahora, con las grandes poblaciones, los ecosistemas acuáticos son incapaces de ser un depurador natural.

¿Qué podemos hacer? De momento, poner la correspondiente depuradora para que desde las economías sociales y con unas tecnologías sostenibles haya agua potable para todos. La tecnología y las leyes ya están, solo hace falta hacer una estricta biodigestión e incluirla en la economía circular.

En este aspecto, la política, en el sentido aristotélico de la palabra, debe desarrollar normas que induzcan primero y luego obliguen a que se respete el ciclo de la vida. Solo así, se podrá acabar con la economía destructiva actual y entrar en una economía circular.