Economía circular

El plástico del futuro

El plástico del futuro

Los envases bio-bio sientan las bases de toda una revolución en el ámbito de la economía circular. Proceden de materia orgánica y, después de su uso, se compostan para convertirse en abono. Además, son reciclables y biodegradables en el entorno marino. El plástico del futuro no es una cosa de ciencia ficción.

En los últimos años, la generación de residuos se ha multiplicado, la contaminación se ha elevado a problema de salud pública y los océanos se han convertido en los grandes cubos de basura del planeta. La búsqueda de soluciones a este desafío global se resume en la regla de las 3R: reducir, reutilizar y reciclar.

En un momento de claro impulso de la economía circular, una prioridad de las políticas económicas de la Comisión Europea, urge poner la tecnología al servicio de nuevos envases cada vez más sostenibles y cuyos materiales vuelvan a servir de materia prima para cerrar el círculo. «Las materias primas son finitas y tenemos que asumir que hay que reutilizarlas para garantizar la sostenibilidad del planeta. Vamos tarde, pero aún estamos a tiempo de coger el camino que nos lleve a abandonar la filosofía de usar y tirar e impulse la economía circular, el único sistema que garantiza un verdadero desarrollo sostenible», señala Óscar Martín, consejero delegado de Ecoembes.

En TheCircularLab, el centro de innovación sobre economía circular de Ecoembes, trabajan en más de 100 proyectos que, en palabras de Martín, «sean capaces de responder a desafíos ambientales como el cambio climático, la contaminación o el uso eficiente de la energía». Los envases del futuro centran una de las cuatro líneas de investigación del laboratorio. «Nos preocupa, y mucho, el impacto de los envases en la naturaleza, pero tenemos que ir mucho más allá y hemos querido desarrollar algo pionero a nivel mundial: una alternativa más para que el plástico provenga de fuentes vegetales», asegura.

Plásticos bio-bio

«Los bioplásticos son todos aquellos que proceden de un origen biológico –conocidos como biobasados– o que son biodegradables. Esto quiere decir que hay bioplásticos que no tienen por qué ser biodegradables, pues existen algunos que proceden del petróleo y otros que son ambas cosas: biobasados y biodegradables», explica Jorge García Barrasa, especialista en Innovación de Ecoembes, para contextualizar la variedad de plásticos que existen y que se pueden utilizar como base de cualquier envase. Añade un factor más a la ecuación del material del futuro: la cualidad compostable.

«Biodegradable es todo aquel plástico que se degrada por la acción de microorganismos para convertirse en CO2, agua y biomasa, pero no existe una norma que establezca el tiempo que puede tardar este proceso. Sin embargo, los compostables son un tipo de biodegradable que sí cumplen una regla donde están definidas las condiciones en las que se tiene que degradar el material y es que, además, al final del proceso, este tiene que ser apto para la agricultura, tiene que servir para hacer compost», aclara.

La apuesta de los especialistas de TheCircularLab está, precisamente, en la suma de ambos factores: biobasado y biodegradables compostables. Los envases “bio-bio” sientan las bases de toda una revolución en el ámbito de la economía circular porque proceden de materia orgánica y después de su uso se compostan para convertirse en abono. En el caso de que no se quieran compostar, este nuevo material se puede reciclar para fabricar nuevos envases, y si acaban en el mar o el campo por una mala praxis de su usuario, aseguran los expertos, «pueden biodegradarse en el medio marino».

El nuevo material, bautizado como PoliHidroxiButilValerato (PHBV) y desarrollado por TheCircularLab junto al centro tecnológico AINIA, es doblemente revolucionario porque la materia orgánica de la que se fabrica no proviene de cultivos, sino de desperdicios vegetales de comercios que, por su estado de descomposición, se desechan sin ponerse a la venta. «Los bioplásticos, normalmente, se obtienen de caña de azúcar, de maíz, etc. pero nosotros no queríamos usar tierra de cultivo destinada para alimentos. Por eso, decidimos utilizar residuos de origen vegetal que no se van a vender y van a acabar en la basura, como patatas, tomates o zanahorias, sobre todo pensando en mercancía de mercados locales. Es la opción más inteligente y la apuesta de futuro», cuenta García Barrasa.

El centro de innovación TheCircularLab, situado en Logroño, centra su actividad en el estudio, prueba y desarrollo de las mejores prácticas en el ámbito de los envases y su posterior reciclado.

Para obtener el material plástico, se tritura el residuo vegetal y se extrae su glucosa. El azúcar resultante sirve de alimento para un microorganismo seleccionado en base a las propiedades del  envase que se quiere producir y del residuo que se ha procesado previamente. El microorganismo y la glucosa, junto a ciertos minerales y nitrógeno, se fermentan en una máquina que proporciona oxígeno, temperatura y, a su vez, controla el PH para que se mantenga neutro. El resultado es la obtención de un biopolímero que se calienta y se transforma en un hilo. Una vez frío, se corta y se convierte en los pellets con los que ya se puede fabricar cualquier recipiente.

El nuevo plástico está todavía en fase de prototipo, pero los encargados del proyecto confían en que se pueda comercializar en un plazo de cinco años. «Hemos hecho la fase de investigación y tenemos un prototipo físico que demuestra que es viable, ahora bien, quedan las pruebas industriales; que siempre llevan tiempo por los posibles problemas que puedan surgir y las adaptaciones que se necesiten, además de todo el proceso legislativo. Es un envase pensado para alimentos, por lo que tiene que cumplir unas normas pactadas y someterse a ensayos que determinen que no supone ningún riesgo para la salud», explica García Barrasa.

El PoliHidroxiButilValerato (PHBV) es el nuevo material desarrollado por TheCircularLab

Ciudadanos comprometidos

A la hora de la verdad, el éxito o fracaso de un nuevo producto depende de la aceptación que este consiga entre sus consumidores potenciales. Aunque todavía quedan algunos años para la comercialización de los envases biobio, ya existen dos cuestiones que atañen directamente al ciudadano y determinarán la vida futura del envase: su estética y su precio.

Respecto a lo primero, no hay más que visitar la sección de frutería para comprobar que las piezas que primero se agotan son las que tienen un aspecto más bonito, aunque no sean necesariamente las más ricas. El PHBV, al obtenerse de residuos vegetales tiene un color blanquecino que dista mucho del transparente de las botellas actuales. Los encargados del proyecto se muestran, no obstante, optimistas: «Entre julio y septiembre de 2018 hicimos un estudio para conocer la percepción del consumidor y la gran mayoría dijo que estaba dispuesto a sacrificar el aspecto por la sostenibilidad del envase».

En lo que concierne a la segunda incógnita, Jorge García Barrasa se muestra contundente: «El precio es más elevado, pero el coste, si miras el ciclo total del envase –la gestión y el impacto ambiental– no solo no es elevado, sino que salimos ganando como sociedad y como planeta».