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La Fast Fashion necesita tiempo para pensar

La Fast Fashion necesita tiempo para pensar

Podría parecer un contrasentido, pero pensar —con lo que supone tratar de descubrir la realidad— es un buen camino para ver el impacto de la Fast Fashion.

Quizás alguien espera que hable del impacto en términos medioambientales, o de las condiciones laborales, pero no lo haré. La Fast Fashion es un fenómeno real, con impactos positivos y negativos, que forma parte de una sociedad y de unos estilos de vida más amplios, que no podemos culpabilizar sin más.

Según la Alianza de la ONU para la Moda Sostenible, creada el 14 de marzo de 2019, la industria de la moda da trabajo a más de 75 millones de personas en el mundo (otras fuentes hablan de 200 millones de empleos), genera una producción de 2,4 billones de dólares, es responsable del 8-10% de las emisiones de gases de efecto invernadero, del 20% de los vertidos contaminantes a las aguas, y pierde cada año 500.000 millones de dólares por el poco uso de la ropa y su falta de reciclaje. Hay cara y cruz.

El 10 de diciembre de 2018, 43 marcas (entre ellas dos grandes grupos de Fast Fashion: Inditex y H&M) y otras organizaciones relacionadas firmaron la “Carta de la Moda contra el Cambio Climático”, en el marco de la Conferencia de la ONU en Katowice (COP24). Por ella se comprometen a trabajar en 16 objetivos, con cifras claras de reducción de emisiones (llegando a 0 en 2050), al uso de los recursos de manera más eficiente, la búsqueda de materiales menos contaminantes, etc.

Para conseguir esos ambiciosos objetivos, hace falta, por tanto, pensar, investigar, desarrollar: el modelo actual necesita una revisión. Pensar para conocer y pensar para mejorar, en horizontal (todos los agentes involucrados) y en vertical (con toda la profundidad que nuestra honradez quiera asumir).

Para la dimensión horizontal hace falta una actitud

Los diseñadores son una pieza clave en el cambio del modelo: pequeños matices en la elección de un color pueden significar el uso de colorantes peligrosos o tóxicos; un patronaje “zero waste” supone un mayor aprovechamiento de los tejidos. No son banales estas decisiones.

Los proveedores de muchos países asiáticos, ante la petición de una marca occidental, responderán siempre sí, aunque exceda su capacidad de producción. Hay que pensar en ese momento en los trabajadores propios, pero también en los riesgos que se asumen en la cadena de valor al subcontratar.

Los retailers deben dedicar tiempo a pensar. No bastan departamentos de RSC con operaciones marketinianas, hay que hacer las cosas de manera correcta.

Los consumidores tienen un papel fundamental: pensar antes de comprar, qué comprar, qué retirar, cómo aprovechar, dónde comprar. Y así, seguiríamos horizontalmente con los medios de comunicación, los inversores, etc.

Y a nivel vertical, para profundizar en la verdad de la industria de la moda, hay que generar conocimiento. Aquí hago una apuesta por la universidad, como elemento neutro capaz de generarlo. Hay muchos retos para llegar al nuevo modelo: investigación en materiales, en sustancias químicas, en procesos, en operaciones, en digitalización, en logística, en formación al consumidor, etc. La lista sería inagotable.

La universidad, generando conocimiento en vertical para ayudar en horizontal a pensar a todos los agentes, puede ser una buena alianza para pasar de la culpabilidad a la corresponsabilidad en la transición a un modelo más sostenible de moda.