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¿Debemos dejar de viajar para proteger el planeta?

¿Debemos dejar de viajar para proteger el planeta?

La respuesta es no, pero con matices. Si bien el turismo mejora la economía en los destinos, la saturación de viajeros perjudica a los lugares de acogida y a sus residentes. La pérdida de identidad cultural, la contaminación o la gentrificación son algunos de los efectos colaterales de la proliferación turística. Replantear nuestra forma de viajar es esencial para revertir la huella ecológica.

Londres, 1872. En el elitista Reform Club, un grupo de hombres debate sobre el robo de cincuenta mil libras en un banco. Los asistentes a la tertulia se preguntan adónde habrá podido ir el delincuente con semejante cantidad en el bolsillo. «La Tierra ha disminuido, puesto que se recorre hoy diez veces más deprisa que hace cien años. Y esto es lo que, en el caso del que nos ocupamos, hará que las pesquisas sean más rápidas», afirma uno de ellos. «Hay que reconocer que habéis encontrado un chistoso modo de decir que la Tierra se ha empequeñecido. De modo que ahora se le da la vuelta en tres meses…», replica otro. Un tercero le puntualiza: «En ochenta días». Lo que era una inocente charla en mitad de una partida de cartas se convierte en una apuesta millonaria en la que este tercer caballero perderá veinte mil libras si no es capaz de materializar su órdago él mismo.

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Desde que se publicase la novela La vuelta al mundo en ochenta días, miles de personas han soñado con emular a Phileas Fogg en una Tierra que parece que sí que se ha hecho más pequeña. Hace unos años, el portal de reservas online Trivago hizo una estimación de cuánto tardaría el protagonista de la novela de Julio Verne en completar su periplo en la actualidad. Según sus estimaciones, si parase al menos un día en las diez principales ciudades que se reseñan en la novela, el protagonista tardaría apenas veinte jornadas en completar su aventura. Pero, ¿cuánto le habría costado al planeta esa reducción del tiempo necesario para dar la vuelta al mundo?

«Cada día, más de tres millones de personas cruzan las fronteras internacionales. El turismo se ha convertido en un pilar de las economías, un pasaporte a la prosperidad y una fuerza transformadora para mejorar millones de vidas. El mundo puede y debe aprovechar su poder mientras nos esforzamos por llevar a cabo la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible», afirmaba António Guterres, secretario general de Naciones Unidas, con motivo del Año Internacional del Turismo Sostenible, celebrado en 2017. Este pretendía promocionar nuevos modelos de turismo más respetuosos y comprometidos en un asunto que atraviesa de forma transversal los ODS, especialmente el 8 (trabajo decente y crecimiento económico), el 12 (producción y consumo responsables) y el 14 (vida submarina), en los que figura el turismo.

Con las cifras en la mano, la labor se antoja poco menos que titánica: en tan solo medio siglo, el planeta ha pasado de gestionar apenas 25 millones de turistas en 1950 a intentar dar respuesta a los gustos de más de 1.323 millones en el año 2017, según los datos recogidos por la Organización Internacional del Turismo. Y se espera que, para el año 2030, supere el techo de los 1.800.

Según la propia OIT, el turismo es un sector que mueve más de 1,4 billones de dólares cada año y supone el 7% de todas las exportaciones de bienes y servicios del mundo, pero… ¿a qué precio? «Vivimos en una economía globalizada que nos quiere en movimiento, pero en la que los capitales acaban en muy pocos lugares. Hay estudios independientes en países como España u Holanda que demuestran que los territorios y sus habitantes no ganan sino que pierden con el modelo de monocultivo turístico. Baja la renta per cápita, bajan los salarios, la capacidad adquisitiva, suben los precios…», cuestiona el periodista y escritor Pedro Bravo, autor del libro Exceso de equipaje, en el que pone sobre la mesa las consecuencias sociales de la masificación del turismo.

En España –donde, según las estimaciones del Instituto Nacional de Estadística, en 2017 el turismo generó el 12,8% del empleo e ingresó más de 137.000 millones de euros, un 11,7% del PIB–, durante los últimos años se ha avivado el debate sobre las caras menos amables de la actividad. La gentrificación –el proceso por el que la población original de un barrio, generalmente céntrico o popular, es desplazada por otra de mayor poder adquisitivo– o los problemas derivados de los alquileres turísticos –que, en barrios como La Latina en Madrid, ya suponen un 25% de las viviendas y que han contribuido a la subida de los precios de los arriendos– se han convertido en temas habituales de conversación, también en el ruedo político. Entre el ruido, muchas voces solicitan una mayor regulación para luchar contra la turistificación, un fenómeno que transforma radicalmente el ecosistema urbano.

Ciudades como Venecia, Ámsterdam o Barcelona fueron las primeras en dar la voz de alarma de un problema que afecta de manera transversal a los habitantes y negocios de los núcleos urbanos. «No es tanto una cuestión de las grandes ciudades ya que, por ejemplo, también existen problemas concretos en Pamplona durante San Fermín o en Fallas en Valencia, donde se producen impactos que no tienen necesariamente por qué ser positivos», puntualiza Macu Armisén, responsable del área de Cooperación Internacional en Proyectos Turísticos del Ayuntamiento de Zaragoza y colaboradora de Ecodes.

«Es muy empobrecedor ofrecer la visión de que viajar es negativo: es siempre positivo, pero hay que hacerlo con criterios de sostenibilidad», Macu Armisén

A unos kilómetros más de distancia, concretamente en el campo base del Everest, situado en el Tíbet, la gran cantidad de basura acumulada en los alrededores llevó a las autoridades chinas a tomar medidas drásticas. La zona ha sido cerrada de forma indefinida para los turistas mientras se llevan a cabo tareas de limpieza. También limitada para los alpinistas, debido a los problemas de seguridad derivados de las aglomeraciones que se crean en la cima. «Los destinos deben tomar conciencia de que el turismo es una cuestión de todos, pero que es necesario llegar a acuerdos sobre el modelo de gestión que se quiere para tomar medidas necesarias que minimicen los impactos: todos podemos modificar algunos de nuestros hábitos, pero eso tiene que venir acompañado de actuaciones globales. No se trata de cuantificar solo las buenas cifras del beneficio económico, sino equilibrar las consecuencias negativas, como los residuos y el aumento del el consumo de recursos. El cliente cada vez va a ser más exigente y quiere turismo de calidad», añade Armisén.

Al igual que sucede en otros sectores como la alimentación o la moda, los estudios reflejan una mayor conciencia entre los consumidores. Según el estudio Turismo ecológico y sostenible: perfiles y tendencias, elaborado por GRITOstelea, un 66% de los turistas estarían dispuestos a pagar más por marcas sostenibles definidas como ‘ecoturísticas’. De hecho, la OIT cifró el aumento del turismo sostenible en un 18% tras la conmemoración del Año Internacional. «A medida que se habla cada vez más de sus consecuencias, hay más gente concienciada que quiere un turismo más sostenible. Sin embargo, el volumen de crecimiento del turismo es tan grande que, a pesar de que sean más como individuos, el porcentaje respecto al total siempre será menor. Cambiarlo es un asunto complicado. Al igual que sucede con el medio ambiente, las soluciones tendrán que venir de la política, no son solo individuales: que nosotros vayamos en bici no va a frenar el cambio climático, aunque debamos hacerlo por responsabilidad y por generar un cambio en nuestro entorno», analiza Bravo.

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Una de las políticas más extendidas en el sector es el cobro de ecotasas o impuestos turísticos para los visitantes, políticas que, en España, están vigentes en zonas como Cataluña o Baleares. Por ejemplo, el turista que llegue a las Islas Baleares tendrá que abonar cuatro euros por noche si se aloja en un hotel de cuatro estrellas superior o cinco, tres si es de tres o cuatro estrellas y uno si es un alojamiento con una, dos o tres estrellas. Lo recaudado con este impuesto –que también incluye las pernoctaciones en apartamentos y viviendas turísticas– se destina, principalmente, a fondos de turismo sostenible que palien las consecuencias negativas en el entorno y mejoren el lugar receptor.

Este tipo de vías no son las únicas y, para muchos, tampoco son la panacea para virar el rumbo del sector. «El turismo no solo debe primar el destino, sino que tiene que implicarse con la comunidad local. Existen modelos y ejemplos de medidas que se están haciendo bien y, como todo, es algo que se va extendiendo», explica Macu Armisén.

El impacto del turismo en el medio ambiente y el cambio climático es otro de los puntos oscuros del debate. Un estudio de investigadores de la Universidad de Sidney publicado por Nature Climate Change calcula que, entre 2009 y 2013, las actividades relacionadas con el sector turístico supusieron el 8% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, principalmente provenientes del transporte, las compras y la alimentación. Aunque no hay una actualización con los datos de fechas posteriores, el incesante aumento de turistas en los últimos años hace bastante factible que se cumpla su previsión: si no se actúa, las emisiones habrán subido hasta los 6,5 millones de toneladas en 2025.

«La industria turística ha de ser la primera interesada en la conservación de los recursos naturales y, allá donde sea posible, en su incremento», Amparo Sancho

«El turismo es un ejemplo paradigmático de la estrecha relación existente entre el desarrollo económico y el medio ambiente. En su mayor parte está basado en la existencia de unos recursos geo-turísticos específicos como playas, montañas o lagos sobre los que se genera el producto turístico mediante los debidos programas de inversión para la dotación de los servicios necesarios. Precisamente por esta alta dependencia que tiene respecto de aquellos, la industria turística ha de ser la primera interesada en su conservación y, allá donde sea posible, en su incremento», explica Amparo Sancho, jefa de investigación turística en el Instituto Internacional de Economía de la Universidad de Valencia, en el análisis Impactos del turismo sostenible sobre la población local. «El sector turístico debe incluir las consideraciones medioambientales en la planificación de su desarrollo, como un factor clave del éxito que permita mantener su posición competitiva», añade.

Al ya mencionado incremento de la demanda de turismo sostenible se suman otras iniciativas para minimizar el impacto ambiental del sector. Un ejemplo es el proyecto Zero Cabin Waste, liderado por Iberia y en el que también colabora Ecoembes, que busca fomentar el reciclaje a bordo y recuperar el 80% de los residuos que se generan en las cabinas de los aviones. Por su parte, la tecnología es, sin duda, una gran aliada para el consumidor. Algunas apps como GreenGlobe permiten a los viajeros buscar servicios turísticos sostenibles, certificados rigurosamente bajo 40 estándares.

Volviendo a la cuestión que encabeza este reportaje, toma la palabra Pedro Bravo: «Debemos tratar de viajar de forma más responsable. Que nuestro dinero caiga realmente en la comunidad y no en capitales internacionales, que nuestro alojamiento no impida el de los residentes, que el impacto medioambiental sea el mínimo…», reflexiona. «El turismo aporta muchísimo a las comunidades que lo reciben, a la economía y a la actividad de ocio en sí misma. Otra cosa es que se deba medir su impacto y actuar para mejorar, usando las herramientas de gestión que nos proporcionan los ODS. Pero viajar como actividad de conocimiento es bueno para la humanidad y te lleva a tener un mayor entendimiento con la población. La obligación de los gestores de los destinos es ofrecer la oportunidad al visitante de que se implique con la población local y se establezca una comunidad de intercambio cultural. Es muy empobrecedor para las futuras generaciones ofrecer la visión de que viajar es negativo: viajar siempre es positivo, pero hay que hacerlo con criterios de sostenibilidad», concluye por su parte Armisén.

Decía Marcel Proust que «el auténtico viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener una mirada nueva». Y, ante los retos de un planeta cada vez más pequeño y cambiante, como turistas de paso en el mundo, nuestra mayor apuesta es que siga siendo un lugar que se pueda admirar en ochenta días… Y dentro de ochenta años.