Innovación

Los robots contra el calentamiento global

Los robots contra el calentamiento global

El invierno pasado la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) echó humo durante aquellos días –más concretamente, semanas– casi veraniegas de finales de febrero. Además de aclarar las dudas sobre el manejo de la página web de la institución pública, la función de quienes estaban al otro lado del auricular consistió en responder a unos ciudadanos desconcertados que querían saber por qué estábamos a 24 grados en pleno invierno. No sorprende, pues –entiéndase la ironía–, que haya sido el más caluroso de las últimas décadas. Para más inri, el Ayuntamiento de Madrid acababa de activar, por cuarta vez en lo que iba de año, el protocolo anticontaminación, por el que los coches de la M-30 no pueden superar los 70 km/h.

La postal del centro capitalino podría ser perfectamente agosteña: las terrazas de los bares y cafeterías a rebosar, con la gente en manga corta  y gafas de sol, bajo un cielo azul en el que no se apreciaba ni una sola nube, y un tema de conversación generalizado: ¿por qué esa estampa tan calurosamente anacrónica? Algunos, con aterradora naturalidad, ya lo achacaban al cambio
climático.

El calentamiento global es un hecho consumado. Combatirlo es, tal y como ya adelanta la comunidad científica, una tarea ardua y sin garantías. Ya vamos tarde. La temperatura subirá este siglo como consecuencia de la actividad humana. La pregunta es cuánto. Y, el reto, que no sea lo suficiente como para llevarnos a un punto de no retorno.

Hace tiempo que la AEMET tira de inteligencia artificial para afinar sus predicciones, con datos provenientes de estaciones de otros países europeos. «Esto es importante en un momento
como el que vivimos, con un comportamiento climático cada vez más impredecible, en el que los límites entre estaciones se está desdibujando», explicaba a Circle uno de los expertos de la agencia que están al otro lado del teléfono.

«La tecnología, y más concretamente la inteligencia artificial, es imprescindible en el trabajo que tenemos por delante», opina Cristina Monge, directora de Ecodes (Fundación Ecología y Desarrollo). La especialista se refiere a un apartado en el que la organización tiene experiencia: la gestión de ingentes nubes de datos, más comúnmente denominados big data. Robots incorpóreos, esto es, potentísimos softwares, interpretan y relacionan esos datos en fracciones de segundos. «Este tipo de inteligencia artificial nos permite avanzar mucho más rápido en dos campos: la eficiencia y el conocimiento del comportamiento humano. Esto tiene un valor incalculable a la hora de realizar predicciones en un momento en que lo que nos falta es, precisamente, tiempo», explica la experta. Sabe de lo que habla. La inteligencia digital aplicada al big data le ha permitido a Ecodes realizar estudios concienzudos y exactos sobre la transición energética hacia una sociedad descarbonizada, la máxima prioridad en el orden del día de las agendas mundiales contra el cambio climático.

«Hay muchos tipos de big data», explica Nuria Oliver, ingeniera informática, investigadora y posiblemente la persona de nuestro país con más conocimientos sobre la inteligencia artificial aplicada a la interpretación de información. «Hablamos de las cantidades ingentes de datos a los que tenemos acceso hoy en día, no solo en grandes volúmenes, sino también muy variados y no necesariamente estructurados; es decir: hay datos que se obtienen por sensores y otros por imágenes, por voz o texto. Muchos no son generados por humanos, no tienen nada que ver con el comportamiento de una persona». La investigadora da varios ejemplos: «Los datos del Laboratorio Europeo de Física de Partículas Elementales (CERN), de los observatorios astronómicos estelares, o los datos meteorológicos, sísmicos…». Y añade: «A medida que se produce la digitalización del mundo físico, conforme disponemos de más sensores y capacidad para medir diferentes variables del mundo real, más información actualizada tenemos sobre el estado del planeta. Por suerte, hemos desarrollado otra inteligencia, la artificial, para que gestione toda esa información.

Por eso, hoy nuestras estimaciones son más exactas que hace cinco años. Se crean modelos a partir de sensores que recogen, cada segundo, valores de temperatura, de polución, de gases en el aire, de proporciones de la capa de ozono, de humedad, etc. Todo esto nos ayuda a entender, con más precisión que nunca, en qué situación estamos y, sobre todo, cómo debemos reaccionar».

Vivimos rodeados de millones de radares, sensores, cámaras y dispositivos para captar lo que sucede a nuestro alrededor. Desde el aumento de los niveles de dióxido de carbono (uno de los principales gases causantes del efecto invernadero) y óxido nitroso (el principal síntoma de la polución urbana) en la atmósfera y el ambiente, hasta la subida del nivel del mar, pasando por la contaminación acústica, la pérdida de biodiversidad o incluso los movimientos poblacionales. Son máquinas sofisticadísimas, pero no autosuficientes si las aislamos: todo lo que recogen lo convierten en datos, que no sirven de nada si no hay un «cerebro» detrás que los ordene y les dé algo de sentido.

Es decir, programadores y científicos que han desarrollado los software capaces de superar la velocidad y la capacidad de proceso de un cerebro humano. El catedrático del Departamento de Metereología de la Universidad de Reading, Jonathan Gregory es uno de ellos. Su trabajo o, más concretamente, sus modelos numéricos, han permitido integrar todas las variables y ajustar los datos disponibles de manera que sea factible predecir, de forma fiable y conociendo el grado de incertidumbre, la evolución futura del sistema climático. «Gracias a la gestión de esta cantidad ingente de datos, entendemos mejor el pasado; ahora podemos explicar cómo y por qué ha cambiado el nivel del mar a lo largo de los últimos 150 años. Y la comprensión del pasado nos da confianza para predecir el futuro», explica el investigador.

Jonathan Gregory: «La subida del nivel del mar oscilará entre 25 centímetros y un metro de aquí a 2100. Todo dependerá de las emisiones de CO2»

Gregory es hoy una eminencia mundial en el control y seguimiento del aumento del nivel del mar como consecuencia del cambio climático. También en el establecimiento de predicciones futuras. El sistema de interpretación de datos por medio de la inteligencia artificial les ha permitido a él y a su equipo establecer un patrón bastante certero de aquí a 2100. «Hemos podido determinar que el aumento del nivel del mar será de entre 25 centímetros y un metro de aquí a finales de siglo», explica el científico, «depende mucho de hasta qué medida seamos capaces de contener las emisiones de gases de CO2».

Muchos emprendedores sociales también se valen de la tecnología para dar solución a los devastadores efectos del cambio climático. La startup australiana SkyGrow tiene un objeto social indiscutiblemente medioambiental: plantar árboles. Para ello, han desarrollado el Growbot, un vehículo no tripulado capaz de hacer esta tarea diez veces más rápido que un humano y reduciendo los costes a la mitad. Su fundador, Mark Stewart, tiene claro cuáles deberían ser sus potenciales clientes para que ese objetivo ambiental llegue a buen puerto: «Ya estamos trabajando con diversas ONG y asociaciones proteccionistas, pero lo ideal es que se sumen los poderes públicos». Stewart y su equipo tienen planeado construir 4.500 unidades de Growbot para una reforestación masiva y eficaz. «Nuestro negocio consiste en crear un mundo sostenible para las generaciones venideras», explica su fundador.

Las posibilidades de la robótica para la protección del medioambiente también contemplan el fondo del mar. La empresa española Ixion, por ejemplo, lleva a cabo un proyecto de submarinos autónomos, no tripulados, que detectan de forma prematura las fugas en oleoductos. Y los drones, robots al fin y al cabo, son capaces de realizar tareas automatizadas desde las alturas. Además, existen proyectos como RHEA, impulsado desde el CSIC, que desarrolla una flota capaz de distinguir las malas hierbas de los campos de cultivo: de esta manera, se lograría ahorrar un 75% de herbicidas y pesticidas, cuya producción no solo deforesta, sino que supone consumos masivos de agua y emisiones de gases contaminantes.

Las startups españolas que luchan para paliar las consecuencias del cambio climático van aflorando cada vez más: por ejemplo, contra las plagas de los campos de cultivo, más impredecibles que nunca. Es el caso de la navarra AgroPestAlert: «A través del despliegue de una red interconectada de dispositivos-trampas electrónicos e inteligentes, asistidos por aplicaciones de analítica de datos en la nube, somos capaces de identificar las plagas a nivel de especie y de transmitir el aviso de su presencia en el momento justo en el que aparecen, para que su infestación pueda ser contenida de manera oportuna antes de que sus poblaciones se salgan de control y causen daños irreparables a las cosechas», explica su fundador, Víctor de Ponte.

Otro ejemplo es SmartWaste, una innovadora aplicación tecnológica para la optimización de los procesos de recogida de residuos que realizan los ayuntamientos, desarrollada por TheCircularLab, el laboratorio de economía circular de Ecoembes. La robótica y la inteligencia artificial son aliados irrefutables contra el calentamiento global por algo muy sencillo: la rapidez. Un concepto valiosísimo en un siglo en el que, como dijo la comunidad científica en la última Conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático, «ya hemos perdido demasiado tiempo». Pero sería un error subestimar el poder de la acción humana. Así lo resume Gregory: «La tecnología nos permite contar con modelos de predicción inéditos hasta ahora, pero depende de nosotros que no los rebasemos. Si no reducimos el nivel de emisiones, la inteligencia artificial no servirá para nada».