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Luces (y una sombra) de los huertos urbanos

Luces (y una sombra) de los huertos urbanos

No hay nada que promueva más la sostenibilidad y el autoconsumo que un huerto, lleno de olores y colores diferentes, plantado en mitad de la calle, del patio del colegio, del jardín comunitario o de cualquier balcón o terraza particular. Las ciudades nos brindan una amplia gama de opciones culturales, gastronómicas y de ocio, pero nos separan de la naturaleza con un manto gris cuya monotonía se rompe tan solo con pinceladas del verde de parques y jardines.

En España se han creado más de catorce mil huertos en menos de veinte años

Para combatir la frialdad del asfalto (e impulsar el consumo local), en España ­–siguiendo la misma tendencia que en el resto de Europa y América– han brotado más de catorce mil huertos en los últimos veinte años: de los mil que existían en el año 2000 a los quince mil que se contabilizaron en 2017. Al menos, así lo asegura un estudio dirigido por Gregorio Ballesteros para el Grupo de Estudios y Alternativas GEA21. La mayoría de ellos aprovechan espacios abandonados o solares públicos vacíos para transformar el barrio en el que se sitúan en un oasis agroecológico donde se fomentan la convivencia, la sostenibilidad y la autogestión, estrechando vínculos entre los miembros de la comunidad.

Los huertos urbanos son, para muchos, una práctica terapéutica, pedagógica, gratificante e incluso creativa que da luz y vida a nuestros barrios y hogares. Además, creados como parte de un proyecto escolar ayudan, como explica Amanda del Río, directora técnica y de proyectos de la Fundación Global Nature, «a tocar varias ramas del currículo: te enseña economía circular, biología, historia, matemáticas…, pero también de productos locales y de agricultura ecológica: de verduras y hortalizas que se han dejado de cultivar por culpa de las prácticas agrícolas nocivas».  En un huerto se puede plantar prácticamente cualquier cosa: desde menta, hierbabuena o tomates para que florezcan en los balcones hasta zanahorias, patatas o guisante para que repueblen una parcela en desuso. La horticultura urbana, más allá de ser una herramienta esencial de la planificación de muchas ciudades en el mundo, también se caracteriza por convertir las metrópolis en lugares más amables. Los defensores de esta práctica, además, aseguran que puede llegar a convertirse en un suministro de alimentos alternativo para la comunidad y que permite que los usuarios ahorren dinero.

El proyecto Huertos de Biodiversidad, creado por Global Nature y Ecoembes, por ejemplo, promueve colaboraciones con centros educativos y de educación ambiental en Castilla La Mancha, El Hierro y la Comunidad Valenciana con el objetivo de realizar «talleres de reciclaje para huertos como herramienta educativa», fomentando los beneficios de la agroecología y, de paso, «que los chavales entiendan que la naturaleza funciona con ciclos de materia y de energía», matiza Del Río. Entre los primeros, encontramos el reciclaje y la reutilización. Regaderas, palas, vallas, macetas… echando mano de la creatividad, los chicos aprovechan los residuos de envases y otros elementos para construir las herramientas que necesitarán en el huerto y, además, aprenderán a separar los residuos en los contenedores adecuados para que, aquellos que no se pueden usar más, reciban una segunda vida. Incluso los desperdicios de comida (que se transforma en abono). Serán conscientes de la reducción de la huella ecológica de los productos cultivados y la eliminación de los descartes por motivos estéticos.  Son muchas las organizaciones y los expertos que aseguran que, además, los huertos urbanos nos ofrecen control absoluto sobre la forma en que se cultivan las frutas y verduras que comemos y ayuda a crear comunidad. Del Río asegura que este tipo de huertos «revalorizan lo rural, ya que acercan a los más jóvenes a nuestra biodiversidad y a nuestra naturaleza».

Un estudio publicado por la Universidad de Bolonia advierte: los productos cultivados en ciudades contienen mayores niveles de metales pesados

Si bien es cierto que estas iniciativas nos ayudan a convertirnos en consumidores conscientes y responsables, y que dan vida a las urbes, no podemos olvidar que también presentan inconvenientes. Tras estudiar la concentración de metales pesados en huertos urbanos y rurales, el informe Heavy Metal Accumulation in Vegetables Grown in Urban Gardens, publicado por la Universidad de Bolonia, advierte de que los productos cultivados en ciudades contienen mayores niveles de metales nocivos, debido a su ubicación cercana a carreteras, industrias y ferrocarriles, entre otras fuentes de contaminación. Los autores del informe recomiendan la importancia de crear huertos urbanos en lugares seguros. No es lo mismo uno en pleno centro neurálgico de una gran ciudad que aquel que se encuentra en una zona menos expuesta. Un tomate cultivado en las inmediaciones de la Gran Vía madrileña nunca será tan saludable como aquel que ha crecido alejado del tráfico y la contaminación.