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Fernando Valladares: «Espero que los políticos empiecen a comprender que esto no es un postureo ambiental»

Fernando Valladares: «Espero que los políticos empiecen a comprender que esto no es un postureo ambiental»

Thomson Reuters calificó –ya allá por 2015– a Fernando Valladares Ros como uno de los científicos más citados en el área de Ecología y Medioambiente, lo que significa que, desde entonces, pertenece al 1% de las mentes científicas más influyentes del mundo. En la actualidad, es profesor de investigación del CSIC y dirige el grupo de Ecología y Cambio Global del Museo Nacional de Ciencias Naturales. Además, es profesor asociado de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y director del laboratorio internacional en Cambio Global LINCGlobal. Valladares colabora asiduamente con eldiario.es en la sección Ciencia crítica y en diferentes programas de radio y televisión.

A principios de mes nos dejaba Margarita Salas, una de nuestras científicas más ilustres que destacó en un campo masculinizado en una época que no se prestaba a que las mujeres rompiesen el techo de cristal. ¿Sigue siendo la ciencia española un «mundo de hombres»?

Desde dentro se está percibiendo un cambio, pero todavía no ha afectado a los niveles más altos de responsabilidad y de visibilidad de las científicas. La entrada a la ciencia es, desde hace mucho, paritaria tanto en las primeras fases educativas como en el postdoctorado, pero los sesgos se van acentuando conforme la carrera científica avanza, sobre todo en los puestos universitarios de profesor de investigación y de catedrático o catedrática frente a profesor titular y no tanto en el CSIC, por ejemplo. Espero que las medidas que ya se están tomando, como no penalizar a las científicas madres por las bajas de maternidad –y muchas más que vendrán– tengan un efecto para que, generacionalmente, dentro de unos años, veamos igualdad real.

En España tenemos 2.944 científicos por millón de habitantes, bastante por debajo de la media de los países de nuestro entorno. ¿Hemos sabido comunicar la ciencia?

Se están llevando a cabo programas muy interesantes para acercar a los chicos y chicas a lo que es la realidad científica, porque a veces lo que perciben a través de películas o series son visiones un poco simplificadas o alejadas, incluso, de la realidad. La sociedad en general no tiene muy claro cómo funciona la ciencia, cuál es el día a día de un científico, qué cosas pueden ser más difíciles o más fáciles de conciliar con la vida personal… Si nos comparamos con otros países con el mismo nivel de desarrollo que nosotros, siempre hemos sido (y seguimos siendo) una comunidad bastante pequeña: España tiene pocos científicos por cada cien o por cada mil habitantes. No somos tan visibles como otras comunidades profesionales, con los que la gente tiene más roce y trato diario.

«El cambio climático ha rebasado esta zona de seguridad, pero la biodiversidad lo ha hecho todavía más»

En los últimos 50 años no solo ha cambiado el panorama científico español, sino que el ser humano ha destruido la mitad de los bosques tropicales del mundo, degradado el 40% de toda la tierra y promovido el uso insostenible de la misma. Además, más de un millón de especies están en peligro de extinción. ¿Cómo nos afecta esta pérdida de biodiversidad?

Los datos en bruto, muchas veces, sin el contexto son difíciles de interpretar, aunque es verdad que por sí solos ya son escalofriantes. Para ponerlos un poco en contexto pensemos en el concepto de los límites planetarios. Esto es, los límites de sostenibilidad del planeta con los que se trabajaban nueve aspectos del funcionamiento del planeta que nos podían (y deberían) preocupar como el cambio climático, la acidificación de los océanos, el ozono estratosférico, el ciclo de nitrógeno, los cambios de uso de la tierra o la contaminación y la biodiversidad. Si estos problemas ambientales no salían la zona de seguridad marcada, es decir, estaban dentro de los parámetros, entonces eran reversibles y su impacto, moderado. En estos días en los que se habla mucho de la emergencia climática y con la COP 25 a punto de empezar en Madrid, el cambio climático ha rebasado esta zona de seguridad, pero la biodiversidad lo ha hecho todavía más. La magnitud de las extinciones generadas por la especie humana es muy grave y alcanza ya dimensiones completamente irreversibles. Sin embargo, nos queda un as en la manga, un pequeño margen de esperanza: tenemos que interpretar a las especies desde el punto de vista funcional, es decir, de su función en los ecosistemas, ya que estos encuentran formas de compensar la pérdida de algunas. Pero todo tiene un límite: no podemos ir perdiendo especies indefinidamente porque la capacidad de los ecosistemas de seguir dando servicios con cada vez menos especies se va reduciendo progresivamente hasta que cruzas el umbral de pérdida de la función.

Vivimos una crisis de biodiversidad aunque, a veces, al hablar de cambio climático, se nos olvida incluirla. ¿A qué retos se enfrenta la comunidad científica a la hora de hacer frente (y comunicar) esta crisis de biodiversidad?

Para mí hay algunos estudios emblemáticos que muestran cómo puedes amortiguar y lidiar mejor con los efectos de algo tan global como es el cambio climático haciendo una gestión a nivel local adecuada de los ecosistemas. Si a ese nivel mantenemos ecosistemas funcionales –es decir, que te dan esas funciones que necesitas–, la respuesta de esos ecosistemas y de la sociedad cuya salud y funcionamiento se deriva directamente de ellos tiene mucho más margen de actuación. Es un pequeño mensaje de esperanza: poder trasladar los antes posible la idea de que la gestión local puede hacernos ganar en la capacidad de los sistemas, incluso el socioeconómico humano. En un concepto más amplio, el ecosistema gana en capacidad de amortiguar, de ser menos vulnerable… Hay un grado de gestión local que no hay que perder de vista. Siempre pensamos que estos problemas globales requieren acciones globales –y las requieren, para eso están los protocolos y los acuerdos–, pero mientras se implementan hay mucho que podemos hacer a nivel local para evitar la disminución de especies y el empobrecimiento genético de las poblaciones. Ahí tenemos margen para la gestión, que puede ser más local y que permitirá hacer frente a otros problemas como el cambio climático, la mala gestión de los suelos, etc.

Hace pocas semanas, más de once mil investigadores de todo el mundo unían sus voces para declarar la emergencia climática. Sin embargo, no es la primera vez que los científicos alertan de las consecuencias catastróficas del cambio climático. ¿Se ha ignorado deliberadamente a la comunidad científica desde la política?

Yo creo que no. Muchas veces, hablando con los políticos y sus asesores te das cuenta de que están suficientemente concienciados e informados, pero el principal problema es que el medioambiente no está en el nivel máximo de prioridad en la agenda política. Se trata de una labor social de todos: si los políticos no ven que la sociedad grita que esto nos preocupa, no van a actuar. Los científicos tenemos solo una voz: la de informar, la de avisar, la de reportar… Eso hacemos con este documento firmado por once mil investigadores, que no es el primero. No es tanto que los políticos no nos hagan caso, sino que perciben que la sociedad tiene otras prioridades. Los científicos creo que hacemos cada vez más esfuerzo en decir que esto es bastante grave, por decirlo de alguna manera poco catastrofista.

«La generación Greta está ya introduciendo los ingredientes para precipitar los cambios necesarios»

Parece que el espíritu ambiental ha despertado en las generaciones más jóvenes, que salen a la calle en defensa del planeta. ¿Cómo podemos precipitar el cambio social masivo necesario para atajar la emergencia climática?

Los jóvenes están haciendo lo que toca, porque ellos van a sufrir los cambios más que nosotros. Pero también porque llevamos treinta o cuarenta años demostrando que somos unos inútiles: los nacidos en los 50 y los 60 hemos sido un desastre. Nos hemos llenado de promesas y de acuerdos nacionales e internacionales que no han terminado de plasmarse en suficiente acción. Así se justifica que los jóvenes decidan ser un actor mucho más decidido de lo que ha sido mi generación. Espero que, siguiéndolos a ellos, vayamos los que hemos hecho mal las cosas, pero también que los propios políticos empiecen a comprender que esto no es un postureo ambiental, sino que es realmente preocupante. El movimiento juvenil tiene todos los ingredientes para acelerar las cosas. Muchas veces nos preguntan si pensamos que se van a alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas o los de París… la pregunta no es si se van a alcanzar o no, porque se alcanzarán. La pregunta es cuándo se van a alcanzar, y creo que vamos muy despacio. Tenemos que ir acelerándonos y la generación Greta está ya introduciendo los ingredientes para precipitar los cambios necesarios. Hay que tomarse a todos estos chicos y chicas más en serio, y los adultos tenemos que ser más autocríticos. Soy optimista, creo que nos va a calar el mensaje al ver a los jóvenes actuar.