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Cuando los niños son los que enseñan

Cuando los niños son los que enseñan

Nos colamos en la casa de Marta Díaz y Jaime Monjo y comprobamos lo que ellos y sus cuatro pequeños saben sobre reciclaje y qué proponen para mejorar la educación ambiental.

Este reportaje se está realizando el mismo día (23 de septiembre) y a la misma hora en que la activista Greta Thunberg arranca lágrimas y aplausos en Naciones Unidas. La joven sueca elaboró un discurso en el que recriminaba a los políticos y las empresas su inacción y egoísmo frente a un modelo económico lineal obsoleto que va contra los límites planetarios. Nacida en 2003, Greta pertenece a una generación que no está dispuesta a dejar que ninguna excusa frene el cambio urgente que requiere la gestión de los recursos y la contaminación del aire, la tierra y el agua. Jaime, Álvaro, Fer y Miguel posiblemente no saben que ella es ya hoy un icono que inspira la meta que ellos heredan: impulsar una transformación real en materia ambiental.

«Yo no crecí con esta información. Envidio y admiro que ellos puedan tener la posibilidad de aprender todo esto en el colegio. Era impensable en nuestra época, ¿verdad?», comenta el padre, Jaime Monjo, a su mujer, Marta Díaz, que le da la razón: «Ni en casa. Habría algunas donde se separaba el papel y el vidrio y punto, pero creo que estamos aprendiendo mucho a través de ellos y de lo que les enseñan en clase», dice ella. La pareja, que vive en una urbanización en el norte de Madrid, con el colegio a pocos pasos, coloca la compra en la nevera mientras los tres mayores juegan. El más pequeño, Miguel, de 11 meses, gatea de aquí para allá bien deprisa.

reciclaje para niños

Marta Díaz, Jaime Monjo y sus cuatro pequeños nos abrieron la puerta de su casa para compartir con nosotros sus rutinas, sus aprendizajes y sus dudas en torno al reciclaje. Esta familia madrileña tiene muy clara nuestra responsabilidad como ciudadanos, pero recuerda que el compromiso con el medioambiente y con el reciclaje debe impulsarse desde todos los sectores de la sociedad y, especialmente, desde la política.

A la vez que Marta guarda unas latas en el armario, Jaime corta con cuidado las arandelas del paquete donde venían. «Es que aquí se enganchan los peces… Y si no, pregunta a estos, que se lo saben bien». El segundo por la cola, de 4 años, aparece por el pasillo para espiarnos y su madre le pregunta: «Fer, ¿qué pasa con las tortuguitas y las pajitas de beber?». Él le mira con la respuesta en la punta de la lengua y su hermano Álvaro, de 6, que le ha seguido, responde por él: «Se le quedan enganchadas en la nariz, mami, se ahogan y se mueren». Por eso, padres e hijos aplican en la medida de lo posible la regla de las tres R: reducir, reutilizar y reciclar. «En casa no hay pajitas de plástico, son de bambú, que se lavan después de cada uso… Compramos en carnicería el embutido y la carne y congelamos», apunta Jaime, mientras abre el cajón donde están los cubos y deposita los envases.

«Tenemos en esta bolsa verde el vidrio, aquí en el amarillo van los envases plásticos, latas y briks, aquí la basura orgánica… Bueno, oficialmente no es orgánica pero solo echamos alimentos y servilletas sucias, nos preparamos para cuando el orgánico llegue al barrio», cuenta, y bromea con la cantidad de cubos y colores que tienen los patios de los alemanes. «Naranja, negro, azul… Un lío, pero lo hacían bien. Tenían para hacer compostaje, que es algo que creo que las urbanizaciones con jardinero podrían hacer perfectamente. Es cuestión de cambiar los hábitos. Es un tema generacional. Creo que los nacidos en los 70 no piensan igual que los del 80… Los del 2000 son otra liga», explica.

Jaime vivió en Alemania en 2005 y fue en esa época, y allí, donde más aprendió sobre el cambio de cultura ambiental. «Nos queda mucho por aprender. Y la culpa es de todos: los gobiernos deberían legislar y las empresas ahorrar más en materiales y recursos y dar ejemplo a los trabajadores».

Para esta familia, separar los residuos no es más que una rutina diaria como cualquier otra. «Lo hacemos todo a conciencia. El papel lo acumulamos en la terraza para después tirarlo, junto al vidrio, en los contenedores azul y verde que tenemos a pocos metros de casa, y los envases y el resto de los residuos se recogen en nuestro edificio». Marta explica que, a veces, cuando van a cenar a casas de otras familias ven cómo echan todo al mismo cubo de basura. «No lo entendemos, no lo compartimos y nos sigue sorprendiendo», asegura, «pensaba que nuestra generación ya viene con el cambio puesto, pero aún queda mucho por trabajar».reciclaje para niños

 

Es gracias a familias comprometidas como la de Marta y Jaime que en 2018 se reciclaron 1,4 millones de toneladas de envases. Pero no solo se trata de reciclar: también de reducir. De hecho, en su casa, el jabón de manos va en pastilla. «Reducir el consumo innecesario se ha convertido en una prioridad», explica la publicista. «Quiero un Actimel, mami», interrumpe Fernando, que como acaba de escuchar a su madre le dice, despacito: «Luego lo tiro al amarillo».

Muchos fines de semana, la pareja y su prole los pasan junto a la familia paterna en una finca en Talavera. Allí, además de haber convertido la vivienda en autoeficiente, aplican la economía de residuo cero a todos los restos orgánicos. «A los caballos les damos fruta, que les encanta, sobre todo las cortezas de la mandarina. Y damos las sobras a las gallinas, a los perros y a las ovejas», cuentan los niños, que se van interrumpiendo los unos a los otros mientras su padre les pregunta. «La arquitectura podría ser un oficio ejemplar en este sentido, pero más allá de certificaciones, aún no se construyen casas eficientes. Y no tiene ni por qué ser más caro ni costoso, es una cuestión de voluntad», resume Jaime, que es arquitecto de profesión.

Su hijo mayor, también Jaime, de 8 años, pide paso desde el cuarto de juegos. Mientras su padre aprovecha para poner en Netflix un documental sobre la tierra para darle emoción a la entrevista –alerta spoiler: Fer acabará pidiendo La patrulla canina– él se deja preguntar. «Sé cosas sobre el agujero que hay arriba de la tierra…», explica. «La capa de ozono», le interrumpe su madre. Fer participa desde el sofá y matiza que «en el cole ponen vídeos para explicar todas estas cosas y la profe habla sobre él». Marta se afana en aclarar que «no tiene claro» que los niños puedan hacerse una idea «aunque se les explique», de los gravísimos efectos que tiene todo esto sobre el planeta.

reciclaje para niños

Pero cree que mantener citas como el Día del Medioambiente, tener contenedores de reciclaje en los pasillos y recomendar usar materiales reciclados para hacer actividades y disfraces son iniciativas muy efectivas por parte del colegio. «Una vez nos dijeron que hiciéramos algo con cosas que se podrían haber tirado a la basura. Utilizamos dos briks de leche para hacer una especie de invento. La parte de arriba era como una cárcel, hecha con celo… Después lo tiramos para reciclar», cuenta el mayor. «Siempre nos dicen en el cole que usemos cosas que tengamos por casa».

«Jaime, ¿qué os cuentan en el cole sobre el reciclaje y esas cosas…?», pregunta Marta. «Nos hablan de qué se tira en cada sitio, de no contaminar, los coches eléctricos… Todos los años nos cuentan cosas parecidas. Llevamos camisetas blancas y pintamos el ciclo del agua. Nos cuentan que, si tiramos basura al mar, los peces se la comen pensando que son medusas…». Y presume de que en casa sabe «perfectamente» dónde hay que tirar cada cosa para que pueda ser reciclada.

La educación ambiental está, aunque lentamente, ganando terreno en el día a día de los más pequeños. Proyectos como Naturaliza, que lleva a los colegios de primaria de todo el país el respeto y cuidado del medioambiente a través de asignaturas tradicionalmente menos relacionadas con el entorno (como son Lengua, Ciencias Sociales y Matemáticas) son ejemplo de ello.

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«Podríamos hacer muchas cosas mejor, ¿sabes? Y lo intentamos. Pero, igual que creo que es importante que en los colegios se eduque en esta dirección ambiental, que los niños vivan en contacto con la naturaleza y los animales, la generación de adultos es la que más tiene que aprender. Es a ellos a los que hay que convencer», resume este padre de familia mientras prepara cuidadosamente la cena. Su mujer, que da de comer al pequeño mientras los otros tres sacan sus platos y manteles del mueble, asiente todo el rato y añade: «Pero la educación ambiental y la información son cosas que deberían partir de los gobiernos locales, estatales y comunitarios». La sociedad está reclamando un cambio al que debemos aspirar. Hacerlo posible es trabajo de todos.