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Medioambiente y política, un binomio ¿inseparable?

Medioambiente y política, un binomio ¿inseparable?

«Es el clima, es una cosa de Dios, nada se puede hacer sino esperar que se disipe». Cuenta la leyenda que con estas palabras despachó Winston Churchill el insólito episodio de niebla tóxica que asoló Londres durante la primera semana de diciembre de 1952. Esta crisis medioambiental llegó a causar la muerte de, al menos, 12.000 personas y sembró el caos en la capital británica. La inacción del primer ministro casi le cuesta el puesto al estadista que había derrotado a Hitler durante la guerra. Más tarde se supo que no fue la intervención divina, sino la humana –en forma de abuso de combustibles fósiles para combatir el intenso frío–, lo que provocó un fenómeno de «inversión térmica» que volvió el aire espeso y casi irrespirable.

Han transcurrido casi 70 años desde aquel episodio, pero la falta de sensibilidad de una figura de la talla de Churchill hacia las cuestiones medioambientales no deja de ser sintomática de la actitud que, en general, muestran los políticos hacia la materia. Entre los dirigentes actuales, Donald Trump, por ejemplo, ha dejado en numerosas ocasiones –la última durante su aparición estelar en Davos– muy clara cuál es su postura respecto al «alarmismo» climático». Sin embargo, frente al negacionismo crónico e interesado de algunos dirigentes, también hay avances esperanzadores. Poco a poco, las cuestiones medioambientales se abren paso en las agendas políticas de las naciones. Los esfuerzos de entidades globales como la ONU o supranacionales como la UE están contribuyendo a ello. Tanto los ambiciosos Objetivos de Desarrollo Sostenible de la primera como las directrices prodescarbonización de la segunda son valiosas hojas de ruta que marcan itinerarios sostenibles a Gobiernos, instituciones y organizaciones de diverso ámbito.

En España, la evolución del papel del medioambiente en el panorama político también es llamativa. En poco más de diez años hemos pasado del «primo de Rajoy» a contar con dos vicepresidencias con competencias medioambientales. La entrada de partidos y perfiles políticos cada vez más comprometidos con la situación ambiental, son indicativos de que la lucha contra la emergencia climática ha dejado de ser un elemento residual.

Pero probablemente sea la presión social, el gran termómetro del que se valen los políticos para marcar su lista de prioridades –al menos, a nivel mediático–, la que más haya contribuido a esta irrupción de las cuestiones sostenibles en la agenda gubernamental. En ese sentido, y a pesar del escepticismo que todavía despierta en amplios sectores, el efecto Greta, no solo en España sino a nivel global, que arrastra a miles de jóvenes (y adultos), está teniendo su peso.

La creación del MITECO y la elevación de su titular, Teresa Ribera, a rango de vicepresidenta son una clara declaración de intenciones

Sin duda, la mayor declaración de intenciones la encontramos en la creación del flamante Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO), y en la elevación de su titular, Teresa Ribera, a rango de vicepresidenta. Entre las competencias de la nueva Cartera están el desarrollo del proyecto de una ley del clima y la definición e implementación de políticas en materia de medioambiente, energía, desarrollo sostenible, protección del patrimonio natural, biodiversidad, despoblación o emergencia climática; muchos frentes abiertos y todos de gran relevancia. En ese sentido, la debilidad de los apoyos parlamentarios para obtener mayorías, la dependencia de los agentes económicos o la incapacidad para llegar a acuerdos concluyentes en la reciente COP25 son nubarrones que amenazan el éxito del ministerio.

Aunque el hecho de otorgar a estas cuestiones el músculo de un ministerio para que tire de ellas ya es esperanzador –y un claro indicador de que el Gobierno actual se toma en serio las cuestiones medioambientales–, otra cosa será ver hasta qué punto esas buenas intenciones se plasman en políticas activas y medidas concretas y efectivas. Los primeros pasos para oficializar la emergencia climática ya están tomados. Solo el futuro (no tan lejano) dirá si la apuesta por la acción por el clima se torna permanente y no se disipe como la niebla de Churchill.