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La fórmula para evitar la sexta gran extinción

La fórmula para evitar la sexta gran extinción

Es sencillo: la biodiversidad garantiza que haya vida en el planeta. Además, de ella depende nuestro bienestar y nuestra economía. Sin ecología, en efecto, no hay economía. La biodiversidad lo es todo y, aunque no podamos permitirnos el lujo de perderla, pocas veces le prestamos toda la atención necesaria.

El planeta ha sufrido cinco extinciones masivas. La primera, hace aproximadamente 444 millones de años. La última (y más conocida), hace 66 millones de años. Actualmente sabemos que la pérdida de especies es entre 100 y 10.000 veces mayor que la tasa natural de extinción. La Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) confirma que, en las próximas décadas, el planeta puede perder una de cada ocho especies que habitan en él.

«Alrededor de un millón de especies podrían desaparecer en las próximas décadas»

Esta es una parte del diagnóstico. La otra atiende a que, en las últimas cinco décadas, la población mundial se ha duplicado, el PIB mundial se ha cuadriplicado y el comercio internacional se ha multiplicado por diez. El crecimiento de la economía global y sus impactos sobre la naturaleza son bien conocidos. Ya en la década de 1970 se utilizó la denominada formula I=PAT, que establece que el impacto ambiental (I) es resultado de la interacción de tres factores: la presión demográfica (P), la riqueza (A), que conlleva un consumo de materiales y energía, y los avances tecnológicos (T) que, en este caso, es una variable que ayuda a reducir el impacto. Por supuesto, esta fórmula puede variar, por ejemplo, teniendo en cuenta los aspectos de comportamiento de consumo de los individuos o las fuerzas de poder existentes en la sociedad en cada momento. Lo que es evidente es que las últimas cinco décadas han supuesto una gran presión sobre la naturaleza debido a un incremento muy significativo de la demanda de energía y materiales, con un impacto negativo directo sobre la biodiversidad. Es paradójico, por tanto, que nuestro modelo de progreso dependa de un sistema económico que requiere un crecimiento perpetuo.

¿El remedio? Muchos ponen el foco en el avance tecnológico. Pero si nos referimos a la formula I=PAT, la solución queda incompleta. Hay que entrar en el debate de la presión demográfica. Dada la relación entre pobreza y crecimiento demográfico, es necesario favorecer un desarrollo humano basado en la educación y la sanidad en zonas desfavorecidas, pero sobre todo en las regiones ricas del planeta, desde donde se dilapidan cada vez más recursos naturales, bien aquí, bien en regiones distantes mediante el comercio internacional.

Es imperante poner en marcha un modelo de progreso dentro de los limites ecológicos del planeta. Esto requiere desacoplar la idea de progreso del crecimiento de la escala económica y, por tanto, del incremento exponencial en el uso de materiales y energía. También hay que desechar una semántica del siglo pasado asociada a indicadores como el PIB, que no sirven para medir el progreso real.

No existe ninguna teoría económica probada que diga que el progreso requiera del crecimiento económico continuo. Debemos inocular una visión decrecentista (en uso de materiales y energía) en la sociedad de la opulencia y el consumismo. La fórmula I=PAT nos indica el camino. Mientras tanto, la biodiversidad seguirá extinguiéndose de forma inexorable.