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Teresa López: «Cuando un pueblo se cierra se pierden costumbres, patrimonio, saberes… Y con ello perdemos todos»

Teresa López: «Cuando un pueblo se cierra se pierden costumbres, patrimonio, saberes… Y con ello perdemos todos»

Con unos movimientos migratorios empujándonos a ciudades cada vez más llenas, no podemos olvidar que, en España, las mujeres son hoy la mitad de la población de las zonas rurales y juegan un papel clave para arraigar allí la vida. Teresa López, presidenta de la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (Fademur), reivindica el papel y el reconocimiento para aquellas que resisten en unos pueblos en riesgo de desaparición.

«Las mujeres son las que permanecen en el territorio, las que lo vertebran, las que crean el paisaje, las que proveen de alimentos sanos»

Más de la mitad de aquellos que se deciden a emprender (54%) en los pueblos son mujeres. ¿Cuáles son las principales dificultades a las que se enfrentan?

Los mayores problemas se encuentran en lograr algo que parece obvio: poder trabajar y vivir dignamente, una aspiración que consideraríamos lógica, pero que en los pueblos resulta más complicada. Por un lado, el trabajo por cuenta ajena es escaso, con lo que tienen que recurrir al autoempleo o al emprendimiento, vinculado a la agricultura, la ganadería o el sector agroalimentario o a otros ámbitos en función de las oportunidades que detectan en su territorio. Si algo tenemos claro es que necesitamos independencia económica y, por lo tanto, unos recursos propios para poder decidir cómo queremos que sea nuestra vida, dónde y con quién. Por otro lado, la segunda gran dificultad es la carencia de servicios, algo que siempre ha existido en el mundo rural pero que se ha acentuado con la crisis económica. Desde Fademur creemos que tenemos que repensar cómo queremos que sea la prestación de los servicios en las zonas rurales: no nos vale con copiar los protocolos de las ciudades y aplicarlos a un mundo rural que no tiene nada que ver, y tampoco nos valen los mismos protocolos de los años 80 porque la realidad demográfica ha cambiado. Tendremos que repensarlos utilizando las nuevas tecnologías y garantizando que quienes habitamos en el mundo rural tenemos igualdad de acceso a los servicios.

En la última década, se ha producido un notable incremento en la incorporación femenina a la agricultura, la ganadería, la silvicultura o la pesca, donde el 27% de la población activa española ya son mujeres. También son algo más de un tercio de las perceptoras de ayudas agrícolas. ¿Se ha avanzado más rápido en los últimos años o simplemente se ha hecho visible un trabajo que ya estaba ahí?

Lo segundo. Las mujeres siempre han trabajado en agricultura, en ganadería, en las explotaciones familiares… pero durante demasiado tiempo han desempeñado un trabajo que se consideraba que era ayuda familiar y que no tenía ningún derecho derivado, ni siquiera tenía la consideración de trabajo. Cuando a algunas de nuestras socias más mayores les preguntas en qué trabajaron, después de sacar adelante una familia numerosa y una explotación de leche, por ejemplo, su primera respuesta es decir que nunca trabajaron. Esa falta de consideración propia y de los demás –al pensar que lo que estaban haciendo era parte de su obligación familiar– es lo que se está revirtiendo en los últimos años. Nos ha costado mucho, pero hemos ido avanzando.

¿Cómo deshacer esa concepción tan arraigada?

Hemos facilitado que las mujeres se puedan dar de alta en la Seguridad Social en las explotaciones familiares y además hemos conseguido que se legisle en la titularidad compartida de las mismas. Eso significa, ni más ni menos, que dos personas que gestionan conjuntamente una explotación tienen los mismos derechos, como ya tienen las mismas obligaciones. Sin embargo, la titularidad compartida no ha alcanzado los resultados deseados, ni muchísimo menos. Hemos visto una gran desidia por parte de las administraciones pero, pese a los problemas, estamos convencidas de que es una figura que va a lograr visibilizar mucho más el trabajo que desempeñan las mujeres en las explotaciones familiares. Nuestra reivindicación es que se apueste por ella ahora que estamos en el decenio de la agricultura familiar, ya que esas explotaciones son el núcleo duro y a ellas deberíamos dirigir todos los esfuerzos. Son las que permanecen en el territorio, las que lo vertebran, las que crean el paisaje, las que proveen de alimentos sanos, seguros y de calidad y las que están pasando ahora mayores dificultades. Identificar estas explotaciones, entre otras cosas, va a permitir visibilizar todavía más y dotar de derechos a las mujeres agricultoras.

En los últimos años, el papel de las mujeres en todos los ámbitos ha tomado protagonismo. Se habla más de brecha salarial, de cuidados, de género… ¿Se han notado esos avances en igualdad para las mujeres también en el mundo rural, tradicionalmente muy masculinizado?

En todos esos ámbitos tenemos una perspectiva rural que incluir. Si hablamos de brecha salarial, para nosotras es hablar de trabajo invisible y de falta de oportunidades, de las dificultades que tenemos para emprender; por lo tanto, todo lo que signifique avanzar en titularidad compartida y facilitar el emprendimiento y la formación es positivo. También se une con la parte de cuidados  y de cómo llegan los servicios públicos de ayuda a las personas dependientes, por ejemplo, y de atención a menores de 0 a 3 años. En el mundo rural hay una gran carencia y, al final, si tú apuestas por vivir en un pueblo y quieres hacerlo siendo económicamente independiente, necesitas que esos servicios lleguen, porque si no vas a ser tú la responsable de aportarlos. Los servicios de atención a las personas dependientes son un buen ejemplo: su carencia es un problema, pero también es una oportunidad de empleo que muchas mujeres quieren aprovechar. Sin embargo, nos encontramos con que la normativa que regula la formación para dar los certificados de profesionalidad necesarios para atender a esas personas dependientes no están pensadas para el mundo rural. Se exigen una serie de requisitos a nivel de confort de las aulas y no de calidad de la enseñanza y nos encontramos con la situación paradójica de que tenemos mujeres que quieren realizar un curso para poder optar a puestos de trabajo y no pueden hacerlo al no encontrar un aula, aunque tengan los recursos económicos para ello. Eso es un sinsentido enorme, por eso siempre decimos que tenemos que ponernos las gafas del mundo rural también cuando hablamos de estos temas: con la burocracia y la normativa pensadas para las ciudades no caemos en que estamos boicoteando el futuro del mundo rural.

Recalcas la importancia de empezar a aplicar la perspectiva de género al hablar del mundo rural y la perspectiva del mundo rural al hablar de género. ¿Cuáles son las grandes tareas pendientes para empezar a hacerlo?

Lo que pedimos es que se aplique el pacto de Estado. Nos guste o no, el mundo rural son sociedades más pequeñas donde todo el mundo se conoce y, a menudo, muchas veces esa falta de anonimato hace que las mujeres tarden más en dar el paso y denunciar. Queremos también reconvertir eso que a priori es un problema en una oportunidad, involucrando al conjunto de la sociedad para que sean partícipes activos en la lucha contra la violencia de género. Necesitamos facilitar la protección de las mujeres que son víctimas con campañas de sensibilización específicas y con una manera de trabajar distinta, en la que todos los recursos públicos y servicios se impliquen en la lucha contra la violencia de género. Eso incluye al personal sanitario, porque todas las mujeres pasan por el centro de salud y si existe un protocolo con el que se puede detectar, pueden tener una función activa en la detección. El objetivo es construir una sociedad cómplice en la lucha contra la violencia de género, aislando al maltratador y protegiendo a las víctimas.

En el tema de cuidados sí que se ha avanzado. Hace diez años era impensable que un libro como Tierra de mujeres, de María Sánchez, fuera uno de los más vendidos como sucedió el año pasado. ¿Somos ahora más conscientes de las carencias de las mujeres en el mundo rural?

Tanto el libro de María Sánchez como las manifestaciones del 8 de marzo han sido determinantes. Tierra de mujeres ha sido revelador para mucha gente que vive en zonas urbanas: empezaron a recordar que tienen una vida no tan alejada del pueblo que una vez conocieron, pero que ya habían olvidado. Estamos en un momento en el que el conjunto de la sociedad rural ha alzado su voz para exigir que se pongan en marcha medidas contra el despoblamiento que tendrán que basarse en un pacto de Estado. Estamos ya cansados de diagnósticos que ya están hechos, lo que hace falta ahora son medidas con dotación presupuestaria que puedan revertir la situación, y en este momento estamos. Nosotras vamos a seguir vigilantes, porque si algo tenemos claro es que si no se adoptan estas medidas, las mujeres se seguirán marchando de los pueblos. No tenemos tanta vocación de heroínas y, sin mujeres, los pueblos desaparecen y eso es un problema del conjunto de la sociedad: cuando un pueblo se cierra se pierden costumbres, patrimonio, saberes… Y con ello perdemos todos.

«El sistema de consumismo desmedido que vivimos tiene los días contados»

«Las ciudades hoy quieren ser verdes, sostenibles e inteligentes sin tener en cuenta que eso ya existe… y que se llama campo», decías en el foro Razones para quedarnos en el que se abordaba la despoblación. ¿Qué papel pueden jugar los pueblos y sus mujeres en la lucha contra el calentamiento global?

Aunque es una estrategia de país, nosotros tenemos un papel determinante. Afortunadamente, desde que se celebró la COP25 parece que estamos mucho más concienciados sobre lo importante que es cuidar el planeta y apostar porque cada uno aporte su granito de arena. Hay que tomar medidas legislativas, por supuesto, pero hay otra parte que depende de tu voluntad como consumidor. Las mujeres del mundo rural somos importantes porque estamos en el territorio, lo gestionamos, nos dedicamos a actividades en muchas ocasiones relacionadas con la agroalimentación y todo lo que eso conlleva. Además, el 80% de las decisiones de compra las toman las mujeres. En esta toma de conciencia queremos apelar a la sensibilidad de las consumidoras individuales para que piensen que hablar de consumo sostenible es, naturalmente, reciclar, reducir el desperdicio… Pero también es ver hacia dónde orientas tu poder de compra. Solamente tenemos que mirar y abrir un poquito los ojos, reflexionar sobre cómo se hacían antes las cosas, porque el sistema de consumismo desmedido que vivimos tiene los días contados.