Economía circular

Hogares (y ciudades) circulares para la nueva normalidad

Hogares (y ciudades) circulares para la nueva normalidad

«En la naturaleza todo es circular, todo se aprovecha, no hay desperdicio […]. De hecho, el desperdicio, tal como lo conocemos, procede de una única especie: nosotros… aunque quizá no por mucho tiempo». De este modo arranca un vídeo promocional del programa de Medio Ambiente de la Comisión Europea en el que el  organismo comunitario defiende la necesidad de apostar por modelos de economía circular para el continente. El mensaje forma parte del paquete de medidas que la UE plantea a los países miembro de cara a transformar sus economías en clave sostenible. Una vez lanzado el desafío, queda por determinar quién se encarga de plasmar sobre el terreno los planteamientos circulares en los países, las ciudades, los domicilios y la vida de las personas. Por supuesto, los gobiernos son los primeros a los que se dirigen las miradas. Al fin y al cabo, ellos tienen los votos y los recursos para recoger ese guante. Pero, es importante también que se amplíe el espectro de agentes implicados en la causa circular, involucrando así a toda la sociedad. Entre otras razones, porque ese nivel de absorción que exige el cascadeo de la economía circular hasta el corazón de los hogares no se puede alcanzar sin la participación (activa) de quienes viven en ellos.

La situación excepcional actual y la futura «nueva normalidad» con la que nos encontremos una vez que el coronavirus deje de marcar nuestro día a día, podrían tomarse como una oportunidad para poner en marcha la agenda urbana de la UE sobre economía circular, que aconseja «encontrar soluciones innovadoras para estimular la reutilización, la reparación, el reacondicionamiento y el reciclado de materiales y productos existentes».

La apuesta circular de la UE busca «estimular la reutilización, la reparación, el reacondicionamiento y el reciclado de materiales y productos existentes»

Reutilizar, reparar, reacondicionar, reciclar… Son acciones que por sí solas remiten a sacar a pasear la creatividad, la autorresponsabilidad y la iniciativa individual. Lo más curioso es que el confinamiento ha conseguido, sin pretenderlo, que los hogares se (re)encuentren con la circularidad de la economía, por ejemplo, manteniendo su compromiso con la separación de residuos domésticos que, lejos de dar un paso atrás, ha experimentado un crecimiento en estos momentos. La emergencia sanitaria ha creado una brecha en la era de la abundancia, abriendo una puerta para rescatar (no tan) nuevos hábitos. Desde la cocina de aprovechamiento o el reacondicionado de espacios para hacer deporte hasta el bricolaje de emergencia que les da una segunda oportunidad a objetos cotidianos, como la fabricación de instrumentos musicales a partir de residuos o de elementos caseros de nuestro día a día, la circularidad entró de lleno en los hogares desde el mismo momento en que sus habitantes vieron restringidos sus movimientos fuera de ellos. El teletrabajo y las limitadas salidas al exterior fuerzan a que aquellos que nunca se han parado a pensar en su alimentación, planifiquen menús semanales, lo que deriva en listas de la compra más definidas que nunca y visitas al supermercado más cautelosas. Se compra lo necesario y se intenta reducir el derroche (dinero) y el despilfarro (comida) al mínimo. La situación anómala que se vive en prácticamente todo el planeta ha contribuido a que se usen productos que estaban abandonados en neveras y despensas y se rescaten recetas de la infancia o se cocine en función de los ingredientes disponibles. Además, el concepto «compostable» ha entrado en muchos hogares que ofrecen una nueva vida a los restos de comida –como las cáscaras o las pepitas– en forma de abono para plantar tomates o fresas en ese bote de yogur que, después de pasar por chapa y pintura, se puede (re)usar como macetero.

Pero la economía circular va más allá, como explican desde Europa. Priorizar las iniciativas de consumo responsable, teniendo en cuenta parámetros como trazabilidad, durabilidad, origen, materia prima, procesos productivos, condiciones laborales y RSC, se torna esencial para abandonar la linealidad de la sociedad en la que vivimos, al igual que la apuesta por la eficiencia energética en el hogar, por la separación y reciclaje de residuos (el hábito ambiental más practicado en los hogares españoles) o por el consumo responsable de agua y otros suministros básicos. El uso de transporte público y vehículos de movilidad sostenible para los desplazamientos urbanos (la bici) e interurbanos (el tren) es esencial para evitar niveles de contaminación elevados que puedan derivar en un deterioro de la salud humana (y del planeta) y un incremento de problemas respiratorios.

El creciente activismo social y sensibilización por los problemas medioambientales ha ido germinando a lo largo de los últimos años hasta acabar de florecer en las últimas semanas. En un compás entre sociedad y política, diversos países –incluido España– han enviado una misiva a la UE instando a utilizar el European Green Deal como palanca de recuperación económica para los próximos meses.

Si la ciudadanía, de manera individual (o en familia), apuesta por la economía circular, las ciudades se verán obligadas a sumarse al cambio. Si los Gobiernos municipales impulsan la circularidad de urbes, villas y pueblos, a nivel autonómico se recogerá el testigo y, así, hasta llegar a los niveles estatales y europeos que, sin duda, ya demuestran sus ganas de llevar a cabo una recuperación económica centrada en la transición ecológica que nuestro planeta pide y necesita. El círculo perfecto, económico y social, que podría transformar el mundo parece estar ya dibujándose. Y la sociedad está preparada para pedalear hacia él.