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Manuel Arias Maldonado: «Nunca el mundo ha tenido tanta conciencia medioambiental»

Manuel Arias Maldonado: «Nunca el mundo ha tenido tanta conciencia medioambiental»

El Antropoceno, ese concepto acuñado a principios de siglo por el premio Nobel de Química Paul Crutzen, hace referencia al impacto del ser humano sobre los ecosistemas terrestres. Aunque todavía discutido, son muchos los científicos de todas las ramas que coinciden en que debería ser un periodo histórico y geológico reconocido de manera oficial. Uno de los defensores de esta idea en nuestro país es el investigador y profesor de Ciencia Política de la Universidad de Málaga, Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974). Autor de Antropoceno. La política en la era humana (Taurus, 2018) y Normas para el parque posnatural (Flash, 2020), es experto en el análisis de la sostenibilidad global, la conservación de las formas y espacios naturales y la relación entre nuestra especie y nuestro entorno natural.

«Las consecuencias geológicas del paso del ser humano por la Tierra no son relevantes: el planeta seguirá su existencia sin nosotros»

Los seres humanos llevan en el planeta relativamente poco tiempo teniendo en cuenta la duración de los periodos geológicos. Aun así, somos culpables de la contaminación atmosférica, de la subida de las temperaturas o de la pérdida de biodiversidad. ¿Qué consecuencias, a largo plazo, puede tener nuestro paso por la Tierra?

La respuesta más rápida es que no se sabe. El Antropoceno es una hipótesis pendiente de verificación por parte de los geólogos, pero que ha sido aceptada como periodo histórico. Parece comprobado como manera de designar el grado de transformación humana del planeta y, sobre todo, el grado de alteración de los sistemas naturales planetarios por parte del ser humano, entre ellos el climático. Desde el punto de vista de las ciencias de la Tierra no hay demasiada dificultad en aceptar este periodo. La geología, por su parte, tiene que ver con grandes dimensiones del tiempo y su dificultad pasa por aceptar que una criatura tan modesta como el ser humano –que es un animal más, aunque tenga cualidades excepcionales– pueda afectar a la división geológica del planeta. Hay autores, como Mark Sagoff, que dicen que es una ilusión de grandeza humana, y hablan del Narcisoceno: nos hemos convertido en Narciso que cree que el destino del planeta está en nuestras manos. Sagoff se refiere a que al planeta le da igual lo que hagamos, va a seguir aquí mucho tiempo y nosotros saldremos de escena, seguramente, antes. Sin embargo, lo que dicen los geólogos que defienden el Antropoceno como periodo geológico es que nos encontramos en un momento de las relaciones socionaturales en el cual los seres humanos ya han colonizado buena parte del planeta y han afectado, con su acción sostenida –desde el siglo XVIII en adelante, pero sobre todo en el siglo XX–, los paisajes y casi la totalidad de la superficie terrestre de una manera o de otra. Todo esto, dicen, deja huellas fósiles: si viniese un extraterrestre dentro de diez mil años y empezase a ver lo que hay debajo del subsuelo, creen que encontraría una marca que indicaría que hemos pasado por aquí, como los isótopos radiactivos, los ensayos nucleares de los 50, el metro de Londres o la ría de Bilbao. Sin embargo, las consecuencias geológicas del paso del ser humano por la Tierra no tienen nada de relevante, porque el planeta seguirá su existencia sin nosotros. Eso sí, la más grave podría ser la alteración del clima causada por la concentración de CO2 y cuya nueva estabilidad todavía desconocemos: no sabemos realmente cuántos grados va a subir la temperatura.

«Ninguno de nuestros antepasados remotos tenía que preocuparse demasiado por los efectos de sus acciones en el planeta»

Somos una especie más entre tantas que viven (y han vivido) sobre la faz de la Tierra. ¿Qué supone reconocer el Antropoceno o, dicho de otra forma, que somos una especie disruptora?

Es un momento de ilustración, por decirlo en términos clásicos. Hay que tener en cuenta, y el ejemplo del cambio climático me parece muy apropiado, que durante mucho tiempo no sabíamos lo que estábamos haciendo. Ha habido siglos, como los de la influencia del mecanicismo filosófico, en los que ni siquiera pensábamos que los animales sufrieran. El último siglo, en cambio, ha traído consigo un nuevo conocimiento acerca de lo que la relación con el ser humano está provocando en el planeta y las especies. En el caso del cambio climático, la idea de que su ocurrencia se antropogénica es nueva: es un factor interesante para tener en cuenta a la hora de pensar en esta alteración como efecto colateral y no intencionado del desarrollo, lo que nos permite hacer un ejercicio reflexivo y convertirnos en administradores del sistema terrestre. Una vez nos damos cuenta de que la actividad humana sobre la Tierra debe producirse de manera sostenible, sabemos que debemos cuidar la habitabilidad del planeta en el que vivimos. Esto genera un imperativo de acción: hay que hacer algo, pero lo que no queda claro es el qué, y ahí empieza el debate político. Yo distinguiría entre una constatación de un riesgo de insostenibilidad o, en su versión más extrema, un riesgo de inhabitabilidad del planeta que nos obliga a hacernos cargo de las relaciones socionaturales, en contraste con el descuido del pasado. Ninguno de nuestros antepasados remotos tenía que preocuparse demasiado por los efectos de sus acciones en el planeta. Ahora, digamos que el imperativo de acción reflexiva es lo primero: no actuar sin calcular las consecuencias que eso tiene para el medioambiente.

«Nos encontramos ante una disyuntiva: decrecer, reducir, consumir menos o crecer y consumir de otra manera»

Cada vez se habla más de crecimiento sostenible, pero los recursos del planeta son limitados. El pasado mayo, por ejemplo, España consumió todos los recursos naturales de los que disponía para 2020 sin que la Tierra sea capaz de regenerarlos a tiempo. ¿Es posible entender el progreso sin ese consumo ilimitado?

Estadísticas como la huella ecológica o la sobrecapacidad de la Tierra, al final, son discutibles. Los límites naturales no son tan absolutos, o solo algunos de ellos tienen ese carácter. Desde los años 70 en adelante se vienen lanzando advertencias catastrofistas sobre la imposibilidad de que la humanidad pueda alimentarse si pasa el umbral de los cinco mil millones de habitantes, y aquí estamos. Sobre esto hay todo un catálogo de profecías fallidas que hacen un flaco favor al ambientalismo. Por otra parte, toda esa faceta admonitoria del ecologismo estaba desacreditada hasta que llegó el cambio climático para revivir el movimiento. Todas esas estadísticas hay que tomarlas como un grano de sal, porque la propia revolución verde en los años 70 permitió un aumento de la productividad agrícola y ha facilitado alimentar a buena parte de la humanidad. Quiero decir que, con una perspectiva temerosa, contraria o recelosa de la innovación, que piense que efectivamente lo que tenemos ahí tiene que ser cuidado y atesorado porque no da más de sí, no habríamos llegado hasta aquí. Otra cosa es que alguien pueda decir que mejor no lo hubiéramos hecho. Es verdad que algunos de los recursos de la Tierra son limitados: si la temperatura aumentara 10 grados seguramente no podríamos sobrevivir, pero si aumenta 3 o 4 grados podremos seguir gracias a la tecnología o desplazándonos si hace falta. Una cosa es la extinción o la supervivencia de la humanidad y, otra, la comodidad con la que podamos vivir. Nos encontramos ante una disyuntiva: decrecer, reducir, consumir menos o crecer y consumir de otra manera. Hay quien dice que esto último es imposible, que si crecemos y consumimos vamos a explotar los recursos naturales. Yo tengo mis dudas: creo que sí hay formas a través de las cuales podemos limitar o reducir el daño a nuestro medioambiente siempre bajo la premisa de que la presencia y evolución del ser humano es disruptiva por definición. No podemos no hacer daño o no alterar el planeta. Nuestra sola presencia ya lo hace: el ser humano se caracteriza por la adaptación agresiva al entorno; lo transformamos para nuestra mayor comodidad. El progreso se ha ligado tradicionalmente al crecimiento indefinido, al consumo, etc., pero hay que aceptar que este es asimétrico y, por eso, puede sufrir reveses. Pero sería absurdo negar que se ha producido un progreso material y moral de la humanidad.

«Hay formas de crecimiento con las que podemos reducir el daño a nuestro medioambiente»

¿Puede el ser humano reencontrarse con la naturaleza o es demasiado tarde?

Nos hemos encontrado con ella con la COVID-19 y no nos es favorable, así que mejor hablar de una relación más equilibrada desde el punto de vista de la destrucción de los hábitats naturales, del mejor trato a otras especies, etc. y no de un encuentro casi metafísico. Creo que no solo es posible, sino que estamos en ese camino. Los últimos 50 años marcan el nacimiento, después de algunos prolegómenos románticos, del movimiento ecologista contemporáneo. Nunca el mundo ha tenido tanta conciencia medioambiental o tanta legislación al respecto. Hasta ahora ha venido siendo un lujo civilizatorio, es decir, solo cuando la civilización alcanza un nivel de bienestar suficiente empieza a preocuparse por el medioambiente. Si tú vas a un pueblo pobre, ya verás cómo tratan a los animales. Otra cosa es que, con el cambio climático, podamos hablar de un problema de habitabilidad y de preservar las condiciones que hacen posible la vida humana en el planeta. Entonces, ya no es un lujo, es una necesidad. ¿Preservamos el hábitat salvaje porque nos es funcional o porque nos parece digno de ser preservado? Los procesos de ilustración, según el propio Kant, son lentos: hace falta tiempo para que se convierta en legislación, pero yo creo que el cambio cultural está en marcha. En sociedades que son cada vez más urbanas, la naturaleza puede emerger como una necesidad casi de ocio. Habría que aceptar un cierto politeísmo y que cada uno se relacione con la naturaleza como quiera, ignorándola o queriéndola, siempre y cuando respete la legislación protectora que podamos acordar.

Estamos en pleno proceso de reconstrucción después de una pandemia que aún no ha pasado. ¿Cómo crees que debería ser esa futura normalidad o la nueva realidad del ser humano tras la COVID-19?

Se va a parecer mucho a la que teníamos. Hay pensadores que son partidarios de un cambio social más o menos radical, que nos dicen que la pandemia y sus consecuencias –las decisiones políticas que se han adoptado para hacerle frente, es decir, la parálisis del mundo global durante dos o tres meses en la primavera del 2020– demostrarían que podemos vivir de otra manera. Me parece que eso es falso, no demuestra nada, simplemente que hemos sabido paralizar el mundo por necesidad para hacer frente temporalmente a una amenaza exterior. Eso no es un sistema alternativo, sino la interrupción temporal del existente. Que de aquí ha surgido el aumento del teletrabajo, una posible moderación del turismo de masas… puede ser. Son pequeñas correcciones a la baja de lo que existía pero, como bien sabemos, quienes viven del turismo van a querer que los turistas vuelvan. No creo que esa normalidad –que llegará una vez que la pandemia cese por sí sola o encontremos una vacuna que nos permita relajarnos un poco– vaya a traer por sí misma grandes transformaciones sociales. Otra cosa es que pueda ser interesante aprovechar la oportunidad del shock que se ha generado para impulsar determinadas políticas que tengan que ver con la sostenibilidad, los empleos verdes, etc. Ese oportunismo político tendrá mi aplauso y me parecerá que va en una buena dirección. Pero también existe el riesgo de que se lleven a cabo cambios sobre cosas que no estén suficientemente debatidas, que pueden tener consecuencias colaterales negativas. Pero, insisto, no es que vayamos a estar ante un mundo nuevo: en todo caso, ante la consolidación de algunas tendencias positivas que ya existían en el viejo.