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Los derechos de los árboles: ¿una solución para la emergencia climática?

Los derechos de los árboles: ¿una solución para la emergencia climática?

Son numerosos los universos de ficción que han recurrido a los árboles como metáfora de las consecuencias de la actividad humana sobre el planeta. En la Tierra Media creada por Tolkien para El Señor de los Anillos, por ejemplo, si un orco tenía la disparatada ocurrencia de agredir a uno en las proximidades de un ent –la raza de barbudos árboles pastores que protegían el bosque y tenían la facultad de hablar y caminar– podía darse por ajusticiado. En Avatar, la película de ciencia ficción de James Cameron, los omiticaya, habitantes nativos del planeta Pandora, vivían en torno al Árbol Madre, fuente de vida y armonía –representación de la madre naturaleza misma–, protegiéndolo de una civilización humana llegada del espacio para esquilmar sus recursos naturales. Hasta Pocahontas tenía una abuela sauce –literalmente– que velaba por su bienestar.

Todas estas figuras encuentran sus raíces en mitos y leyendas que han proliferado en culturas indígenas de todo el mundo y que se canalizan a través del animismo, un concepto que atribuye cualidades como movimiento, raciocinio o consciencia a elementos de la naturaleza. Una versión actualizada de esta visión humanizada de las plantas sugiere que, si bien por el momento no vamos a ver cómo los organismos internacionales defienden los derechos de los árboles, eso no quiere decir que no los tengan. ¿Qué pasaría si, en su calidad de seres fundacionales de este planeta y esenciales para su supervivencia, les otorgáramos esa capacidad tan humana de gozar de ciertos derechos básicos? Tal vez –solo tal vez– los pulmones del mundo podrían convertirse en un estandarte de la protección del planeta.

Pérdida de biodiversidad, destrucción del hábitat de muchas especies autóctonas o agravamiento del cambio climático son las consecuencias de los incendios forestales que, cada verano, hacen que la Tierra sea un poquito menos verde. Pero para proteger nuestros bosques y, por ende, nuestro planeta, un nuevo enfoque de carácter legalista gana peso entre los ents y omiticayas humanos: la defensa de los derechos del árbol. Su propuesta parte de una declaración de principios, asimilables a los enunciados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En su versión arbórea, una posible formulación de estos podría resumirse en que tienen derecho a la vida –porque nacen como nosotros–, a ser cuidados y protegidos y ver sus necesidades cubiertas, a no ser dañados, a cumplir el ciclo de su vida y a crecer.Cual persona, tendrían derecho a vivir mientras protegen el planeta que todos compartimos y limpian el aire de partículas contaminantes.

En 1995, Barcelona fue pionera al aprobar la Declaración de los Derechos del Árbol

Entender la importancia de los árboles, ya no para otras especies, sino para el ser humano, puede ser un nuevo primer paso a la hora de recorrer ese sendero hacia la sostenibilidad al que Naciones Unidas quiere que se llegue en 2030. Para ello, diversas iniciativas han tratado de dar forma a esta petición, muchas de ellas articuladas desde organizaciones ecologistas o el activismo más comprometido. Así, en España, se celebra cada 21 de marzo el Día del Árbol, una jornada que está institucionalizada en numerosos países como elemento de sensibilización social. A nivel más administrativo, también encontramos proyectos interesantes: la ciudad de Barcelona, por ejemplo, fue pionera al aprobar ya en 1995 la Declaración de los Derechos del Árbol, con una formulación adaptada a los problemas específicos –asfalto, contaminación y grandes poblaciones– de los entornos urbanos.

El siguiente paso para que los derechos del árbol se materialicen y sirvan para frenar –e, incluso, revertir– la crisis climática podría ser aterrizar estos principios fundamentales en un articulado de leyes de carácter práctico que constituya un marco legal sólido al que acudir en defensa de los árboles. La especialidad de Derecho Forestal ya existe como una rama del Derecho Público Ambiental y su objeto es «la preservación, conservación, incremento, manejo y aprovechamiento sostenible de los ecosistemas forestales». Así que, sin duda, parece que los pastores de árboles del siglo XXI podrían vestir toga y actuar en tribunales de justicia; sus armas, las demandas y los argumentos legales. Porque los orcos del mundo no descansan, y los árboles necesitan tener quien les proteja para, a su vez, seguir siendo nuestros pulmones y ayudar a frenar la crisis climática de una vez por todas.