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Hacia unas aulas más sostenibles

Hacia unas aulas más sostenibles

La educación ambiental es una de las grandes asignaturas pendientes del sistema educativo español. Ahora, la pandemia ha reordenado nuestras prioridades y augura un futuro prometedor para esta competencia esencial en la lucha contra el cambio climático. (Imagen de cabecera: ©Lalobiozar)

El alboroto va dejando paso al silencio. Son cerca de 20 alumnos los que aguardan expectantes a que el maestro se pronuncie. Esperan que grite, les riña, les castigue. Pero don Gregorio empieza a hablar, pausado, sin apartar la vista de la ventana que da al exterior. «No sé si ustedes se habrán dado cuenta, pero se acerca la primavera, de modo que en cuanto el tiempo se asiente un poco, la clase de historia natural la daremos en el campo», comienza. El silencio prosigue y el maestro les interpela de nuevo: «¿A ustedes les gusta la naturaleza? Ya, no se han detenido a mirarla. La naturaleza, amigos míos, es el espectáculo más sorprendente que puede mirar el hombre. ¿Saben que las hormigas tienen rebaños de ganado que les proporcionan leche y azúcar? ¿Saben que algunas arañas inventaron el submarino hace millones de años? ¿Saben que las mariposas tienen lengua?».

Han pasado más de dos décadas desde que pudimos ver por primera vez, a través de la gran pantalla, esta escena de La lengua de las mariposas (1999) de José Luis Cuerda. Más tiempo ha transcurrido aún desde que –de ser un personaje real– el maestro pronunciase esas palabras en tiempos de la Segunda República. Sin embargo, la esencia de lo dicho por don Gregorio perdura a lo largo de los años, ratificando la veracidad de una realidad que a veces cae en el olvido: la naturaleza es un libro del que aprender. Quizá la mejor obra que existe.

«Todo profesor o profesora no deja de ser hijo de un libro, pero ¿de quién son hijos los libros? Los libros son hijos del bosque, el bosque ha producido todos los libros de la humanidad». Con estas palabras, el poeta y naturalista Joaquín Araújo dibujaba la fuerte conexión que existe (y ha existido siempre) entre la enseñanza y la naturaleza. Una relación que se torna imprescindible en un momento en que esa gran maestra de la humanidad corre peligro como consecuencia de la crisis climática. Según los expertos del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de Naciones Unidas, nos queda apenas una década para limitar el aumento de la temperatura global a un máximo de 1,5 grados y evitar que las consecuencias del calentamiento global sean irreversibles. La cuenta atrás ha empezado y, por ello, la educación ambiental se antoja esencial en los próximos cursos escolares. Sobre todo, después de haber vivido una pandemia cuyo origen está irremediablemente ligado a la degradación medioambiental.

David Gutiérrez: “La educación ambiental es la herramienta más poderosa que hay para transitar hacia un futuro y un presente sostenible”

Para el geógrafo y educador ambiental David Gutiérrez, director de la Oficina Técnica de Sostenibilidad Rural de la Red Cántabra de Desarrollo Rural, la irrupción del coronavirus, que ha generado incertidumbre, miedo y nos ha vuelto vulnerables, debe tomarse como un aviso. «Si hacemos caso a las palabras de la activista Greta Thunberg cuando dice que “nuestra casa está en llamas”, podríamos tomar esta situación como un simulacro de incendio con el cambio climático». En este sentido, según explica el experto, «la educación ambiental es la herramienta más poderosa que hay para transitar hacia un futuro –y un presente– en el que el ser humano se dé cuenta de que vivimos en un planeta con límites, en el que todos somos interdependientes y ecodependientes».

Una asignatura todavía pendiente

Aunque la necesidad de educar en el conocimiento del medioambiente ha sido un elemento presente entre los educadores –basta dirigir la mirada hacia el modelo educativo de finales de siglo XIX propuesto por la italiana María Montessori que sitúa el entorno natural como un elemento clave para el desarrollo de los niños–, fue a partir de los años 60 cuando se comenzó a plantear trasladar la necesidad de frenar la emergencia climática a las aulas. En concreto, en 1966 se celebró en Suiza un simposio organizado por Naciones Unidas sobre la educación en materia de conservación. Esta fue una de las primeras iniciativas a las que le siguieron muchas otras hasta llegar a la celebración en Belgrado del Seminario Internacional de Educación Ambiental organizado por la ONU. El evento supuso un antes y un después en la historia de la educación sostenible, ya que más de 70 países plasmaron en la conocida como Carta de Belgrado la meta común de «formar una población mundial consciente y preocupada con el medioambiente y con los problemas asociados, y que tenga conocimiento, aptitud, actitud, motivación y compromiso para trabajar individual y colectivamente en la búsqueda de soluciones para los problemas existentes y para prevenir nuevos».

Poco después, en 1977, tuvo lugar la Conferencia Internacional sobre Educación Ambiental de la UNESCO y el PNUMA celebrada en Tiflis (Georgia). En ella se acordó incorporar la educación ambiental en la agenda política de todas las naciones para garantizar que los ciudadanos comprendieran el gran desafío climático. Y muchos de ellos lo hicieron: comenzaron a incluir contenidos sobre medioambiente aplicados a ciertas asignaturas. Sin embargo, a día de hoy, ningún país cuenta con un plan concreto en materia de educación ambiental en el currículo escolar. Solo Italia anunció el año pasado que, a partir de septiembre de 2020, el cambio climático sería materia de examen para los escolares.

En España, el sistema educativo también ha hecho sus esfuerzos por incorporar esta materia y, desde 1990, se han ido planteando contenidos para asignaturas como Conocimiento del Medio Natural. Sin embargo, no fue hasta 1999 cuando el Libro Blanco de la Educación Ambiental en España recogió las ideas y los objetivos para que la enseñanza contribuyese a mejorar la participación de la población en la lucha contra el calentamiento global. No obstante, dos décadas después, la educación ambiental sigue siendo una asignatura pendiente. Para Gutiérrez, la crisis económica y financiera de 2008 golpeó duramente a esta materia –que debería ser transversal– y evitó que se diese una respuesta conjunta para desarrollar la educación sostenible. Pero este no es el único motivo. El experto explica que, si la educación ambiental no ha logrado hacerse el hueco que merece se debe a que, a lo largo de los años, se ha encorsetado a temas concretos como el conocimiento y la conservación de la biodiversidad. «La educación ambiental va mucho más allá. Es algo que se preocupa de la vida en mayúsculas, porque busca favorecer una vida más saludable, justa y solidaria de todos los seres y del planeta en general», señala.

Coincide con él Joaquín Marzá Mercé, director del CEIP Manuel Riquelme Hurchillo, en Orihuela, y profesor miembro de Naturaliza, el proyecto de educación ambiental para maestros de primaria impulsado por Ecoembes que busca fomentar un pensamiento crítico entre los niños y hacer de la educación en sostenibilidad algo transversal en el currículo escolar: «No se puede encerrar esta materia en la celebración del Día de la Tierra o el Día del Agua; tiene que ser algo que forme parte de la rutina de los más pequeños, porque la educación ambiental va más allá de las aulas, es un estilo de vida»,

sostiene. Su colegio, desde 1992 centro asociado a la Unesco y desde 2005 considerado una ecoescuela europea, cuenta desde hace 30 años con un huerto ecológico que también sirve de cooperativa: los alumnos cultivan las verduras que luego venden al comedor del colegio; la mitad de los beneficios se reparte entre cooperativistas y la otra mitad se destina a UNICEF. Además, hay cinco puntos limpios dentro del recinto, un pequeño bosque y, a lo largo del año escolar, se desarrollan numerosas iniciativas que tienen el objetivo, según explica Marzá, de hacer el conocimiento ambiental activo y dinámico, pero, sobre todo, de convertirlo en parte de la rutina de los niños. «La educación ambiental es como un caracol, lenta, pero va dejando rastro. Esta se inicia dentro de un aula, pasa a un centro escolar, luego a la comunidad y, después, a la sociedad. Su objetivo es hacer hombres y mujeres mejores, más comprometidos con su entorno y con el medioambiente», asegura.

Una educación verde también para la nueva normalidad

 El CEIP Manuel Riquelme Hurchillo refleja cómo la educación ambiental va más allá de las aulas. En este sentido, Gutiérrez y Marzá subrayan la labor del educador. «Tenemos la misión de promover una acción transformadora hacia ese mundo más justo y sostenible. Esa labor tiene que estar también impregnada de un sentido crítico, que sitúe a la ciudadanía ante la realidad de la emergencia climática», sostiene Gutiérrez. En este sentido, es imprescindible que el profesorado se forme en materia de educación ambiental y se le dote con todas las herramientas necesarias para llevar a cabo su misión. Por su parte, Marzá añade que «la escuela debe ser el faro guía para poder cambiar la sociedad y promover la gran revolución educativa que tenemos que hacer todos».

Así, la educación ambiental es capaz de aunar sensibilización y acción en una asignatura que recorre todo el esqueleto educativo de manera transversal. «Se trata de conocer el entorno, de ser conscientes de cómo nuestro modo de vida incide en él y a partir de ahí asumir acciones concretas en nuestro día a día que nos hagan ser más sostenibles y respetuosos con el medioambiente». Con estas palabras, Agustín Ibáñez, director del Centro de Investigación del Medio Ambiente (CIMA), organismo dependiente de la consejería de Medio Ambiente de Cantabria, recuerda la esencia de una competencia que, augura, va a coger impulso en el próximo curso escolar. Sobre todo, porque parece que hay una mayor toma de conciencia sobre la urgencia de combatir el cambio climático.

Agustín Ibáñez: “Los educadores van a tener mucho que explicar: hemos seguido aprendiendo sobre la emergencia climática durante la pandemia”

«La crisis del coronavirus no ha cambiado la climática», recuerda Ibáñez. Más bien, nos ha colocado frente al espejo: «Al volver a la normalidad vamos a tener que enfrentarnos a todos los desafíos que ya estaban y sobre los que parece que hemos aprendido durante la pandemia, como la importancia de apoyar el consumo local o dejar atrás un tipo de movilidad contaminante». En este nuevo escenario, asegura, «los educadores ambientales van a tener mucho que explicar, porque hemos seguido aprendiendo sobre la emergencia climática durante la pandemia».

Desde la Asociación Nacional de Educación en la Naturaleza (EDNA) han solicitado, a través de un manifiesto por la infancia, que la pandemia sirva para repensar nuestra relación con el medio y trasladar el nuevo modelo de vida a los niños. Sostienen que la educación en la naturaleza puede brindar una solución inmediata a los problemas derivados de la crisis sanitaria a la vez que aborda la causa última de la presente pandemia. Recuerdan, además, que el aprendizaje experiencial es esencial para concienciar sobre la necesidad de frenar el deterioro ambiental. Coincide también José Antonio Corraliza, catedrático de Psicología Ambiental de la Universidad Autónoma de Madrid, quien asegura que «la naturaleza es un potente inductor de estados de bienestar, particularmente en los niños: la capacidad de atención es mayor en aquellos escolares que pasan el recreo en patios con elementos naturales». Por ello aboga también Naturaliza que, además, defiende la necesidad de impulsar la presencia del medioambiente en el sistema educativo de manera que impregne las asignaturas troncales, como Ciencias de la Naturaleza, Sociales, Lengua o Matemáticas.

Todavía son muchos los obstáculos a los que se enfrenta la educación ambiental. El primero es el plano legislativo: en España –como en la mayoría de países europeos–, no se incluye como asignatura en el currículo escolar. Por este motivo, desde oenegés como SEO/BirdLife han pedido que se incorpore la naturaleza en el Pacto por la Educación ya que, recuerdan, es la única manera de «asegurar el futuro de las generaciones venideras». A pesar de que todavía queda mucho camino por recorrer, Ibáñez se muestra optimista sobre el nuevo Plan de Acción de Educación Ambiental para la Sostenibilidad en España 2020-2025 (PAEAS) impulsado por el Ministerio para la Transición Ecológica y Reto Demográfico, que definirá el camino a seguir de esta materia en los próximos años.

Los expertos coinciden en que la educación ambiental va a estar irremediablemente presente en los próximos planteamientos educativos. A estas alturas, señalan, no es posible imaginar la escuela del futuro sin pensar en esta competencia ecosocial. Puede, como sostenía don Gregorio, que la naturaleza sea el espectáculo más sorprendente que puede mirar el ser humano. Pero, para poder observar esa obra, primero es preciso garantizar su supervivencia.