Economía circular

Cuando la economía circular llega a la comida

Cuando la economía circular llega a la comida

(Imagen principal: Freepik)

Cuando el mundo se vio obligado a confinarse y frenar prácticamente en seco, el sector primario continuó llenando los estantes de supermercados y ultramarinos. Ganaderos y agricultores redoblaron sus esfuerzos para abastecer a todas aquellas personas que se quedaban en casa y ya no comían en la escuela o en el trabajo. «Mientras la pandemia revelaba los desafíos a los que se enfrenta a diario la agricultura y amenazaba a millones de personas con cambios drásticos en su alimentación o hambrunas, algunas comunidades nos mostraron la extraordinaria capacidad de resiliencia que tienen gracias a la manera en que producen sus alimentos», escribe a finales de mayo Lena Gravis, editora de la Fundación Ellen MacArthur.

Sin quererlo, la crisis sanitaria de la COVID-19 ha refrendado la tesis del informe Cities and Circular Economy for Food que la organización británica promotora de la economía circular publicó a principios del año pasado: el sistema alimentario lineal no funciona. Por eso, Gravis recuerda que «una medida a largo plazo se aparece ante nosotros: la economía circular aplicada a la alimentación ofrece mayor resiliencia a las sociedades y a las economías para hacer frente a futuras crisis, ya sean sanitarias, climáticas o de cualquier índole».

Lena Gravis: La alimentación circular «ofrece mayor resiliencia a las sociedades y a las economías para hacer frente a futuras crisis»

La Fundación Ellen MacArthur asegura en su informe que los métodos de producción y cultivo más extendidos en el mundo son responsables directos de impactos negativos sobre el medioambiente y nuestra salud: la alimentación tal y como la entendemos hoy en día es culpable, entre otras cosas, de algo tan paradójico como los altos índices de malnutrición de unos países y de obesidad de otros. Y es que, según este estudio, cada dólar invertido en comida supone un gasto sanitario y medioambiental de dos dólares que asume la sociedad en su conjunto. «La mitad de esos costes –alrededor de 5,7 billones de dólares anuales– se debe a la manera en que está producida la comida», relata el informe que hace referencia, entre otros, al uso de fertilizantes químicos o de hectáreas de terreno agrícola para la producción de cereales que servirán de alimento a ganado al que no podrá acceder una gran parte de la población mundial.

Además, durante esta pandemia, se ha producido también un efecto paradójico en algunos países, donde el desperdicio alimentario ha seguido estando a la orden del día. «En Estados Unidos se han echado a perder leche y cultivos mientras los bancos de alimentos no daban abasto», explica Gravis en su artículo. Todo esto, asegura la editora de la Fundación Ellen MacArthur, sería muy diferente si transformásemos el modelo y adoptásemos los mismos principios de la economía circular para «aumentar la resiliencia y diversidad de la cadena de suministro a través de prácticas regenerativas, eliminar el desperdicio de alimentos, reducir la contaminación y crear cadenas de valor transparentes».

La economía circular aplicada al sistema alimentario a través de prácticas regenerativas eliminaría la contaminación o el desperdicio de alimentos

Este nuevo sistema alimentario se erige sobre dos ideas básicas de la economía circular: alargar la vida de los productos y materiales, reutilizándolos lo máximo posible, y utilizar sistemas de regeneración natural. Por eso, propone eliminar por completo el uso de fertilizantes o pesticidas químicos que amenazan con contaminar los suelos. A diferencia de las técnicas adoptadas en las últimas décadas, muy dependientes de las energías fósiles, este modelo circular favorecería la rehabilitación de los suelos, mejorando su productividad y secuestrando carbono. De esta manera, según el informe, «la producción agropecuaria mejoraría el medioambiente en vez de degradarlo y conseguiría que todas las personas tuviesen acceso a comida sana y nutritiva».

Para la Fundación Ellen MacArthur, prácticamente cualquier aspecto de nuestras vidas podría ser circular, especialmente nuestra alimentación. Así que, ¿por qué no darle una oportunidad y transformar la manera en que alimentamos el mundo? Como dicen los autores del informe, «todo lo que comemos tiene su germen en sistemas naturales en los que los organismos se desarrollan durante miles de millones de años para, una vez alcanzado el fin de su ciclo de vida, regresar al suelo y volver a nacer con una forma nueva».