Innovación

El ladrillo se reinventa en clave sostenible

El ladrillo se reinventa en clave sostenible

La Gran Muralla china, la catedral de San Basilio, la casa donde vivimos o nuestra universidad. Todas esas construcciones, al igual que el 75% de los edificios que configuran nuestros pueblos y ciudades a lo largo y ancho del planeta, están hechos a partir de un elemento que nos ha acompañado durante 5.000 años, dejando constancia tangible de nuestra evolución: el ladrillo. Esos pequeños bloques de arcilla cocida con forma de prisma rectangular han sido y son nuestros fieles compañeros de viaje desde el día en que nos permitieron abandonar las cavernas y adentrarnos en las civilizaciones modernas. Sin embargo, ahora sabemos que estos fieles aliados esconden también una faceta oscura que, hasta ahora, había pasado inadvertida: parece que no son muy buenos para el medio ambiente.

El ladrillo K-Briq está hecho en un 90% a partir de materiales reciclados procedentes de la construcción

El ladrillo tal y como lo conocemos es contaminante, a pesar de que está hecho una materia prima natural como es la arcilla. El problema radica en que la obtención en grandes cantidades de esta tiene un fuerte impacto sobre la capa superficial del terreno, impidiendo (literalmente) que ninguna planta pueda crecer en los alrededores y afectando gravemente a la biodiversidad de la zona. Además, en su proceso de producción se utilizan combustibles fósiles para su cocción a altas temperaturas, lo que genera altas emisiones de CO2 a la atmósfera.

Estos problemas medioambientales generados por los ladrillos han provocado que la geóloga de origen brasileño Gabriela Medero, profesora de la Universidad de la Universidad escocesa Heriot-Watt, se cuestione la conveniencia de seguir utilizándolos. Esta especialista en sostenibilidad creó en 2009, junto al ingeniero Sam Chapman, la empresa Kenoteq, un proyecto que, tras once años de investigación, plantea ahora una alternativa limpia al ladrillo de arcilla como unidad básica de construcción. Su solución, el K-Briq, está hecha en un 90% a partir de materiales reciclados procedentes de la construcción –incluidos ladrillos tradicionales, arena o grava– y en su elaboración se produce una décima parte de las emisiones de carbono de las del ladrillo convencional.

La posibilidad de dar una segunda vida a los ladrillos desechados ha sido siempre un quebradero de cabeza para el sector de la construcción por las dificultades que presenta en términos de costes y falta de garantías de durabilidad y seguridad. K-Briq podría solventar este problema desde el momento en que estos ladrillos defectuosos o procedentes de demoliciones pueden ser reutilizados como materia prima para la elaboración de esta nueva generación de material.

Otra de las ventajas del nuevo producto es su fácil personalización: estos ladrillos sostenibles se fabrican en moldes personalizables, adaptados a diferentes formas y tamaños, y pueden ser pintados de cualquier color mediante pigmentos reciclables. Una flexibilidad que abre todo un universo de posibilidades a arquitectos y constructores al permitir integrar los materiales de construcción como un elemento más de sus diseños.

En cuanto a los costes, los creadores de este ladrillo sostenible afirman que su producción no es más cara que la de los viejos bloques de arcilla. Sin embargo, aunque esta innovación disruptiva ya está disponible en el mercado y, de hecho, Kenoteq ya ha ganado algún proyecto –pospuesto por la COVID-19– para que sus ladrillos luzcan en edificios reales, todavía habrá que esperar bastante tiempo para su desembarco masivo en los paisajes urbanos del planeta. Al fin y al cabo, la industria de la construcción es tan antigua como el propio ser humano. Y cuando se tiene una trayectoria de miles de años a las espaldas, cualquier evolución se tiende a tomar con calma.