Tu entorno

El mundo paró, pero siguió reciclando

El mundo paró, pero siguió reciclando

El estado de alarma encerró a la mayor parte de la sociedad en sus casas y solo quedaron al pie del cañón los trabajadores esenciales. Entre ellos, quienes recogen, transportan y clasifican residuos de envases para darles una nueva vida.

«Ahora, al menos, empieza a verse algo de vida. Pero hasta hace nada era triste, muy triste, verlo todo tan vacío». Pablo Meneu habla mientras conduce por Madrid un coche eléctrico cedido por el Ayuntamiento. Nos dirigimos a las afueras de la ciudad, a la planta de selección de residuos del distrito centro. Son las diez de la noche y hay un tráfico inusitado. El escenario es muy diferente al de las calles desiertas más propio de una película apocalíptica. Él lo conoció muy bien, porque no ha dejado de hacer este trayecto desde el mismo día en que se decretó el estado de alarma por la pandemia de la COVID-19 y prácticamente la totalidad país se confinó en sus casas.

Estamos a mediados de junio, a pocos días del ansiado fin de la desescalada. Meneu es el segundo encargado general de la planta. O, dicho de otra forma: una suerte de director de orquesta del que dependen más de 700 conductores que salen cada noche, en camiones de todos los tamaños imaginables, a recoger lo que millones de madrileños dejan en los contenedores. En la mayoría de los casos, residuos como envases de plástico, cartones o papeles que terminarán, los primeros, en una planta de selección y, los segundos, en un reciclador, y se transformarán de nuevo en objetos necesarios. «Todo. No dejamos ni un solo cubo o contenedor sin recoger. Ni un callejón sin recorrer. Cada noche», explica, de riguroso traje y corbata, mientras gira el volante hacia una circunvalación que nos llevará a su lugar de trabajo.

Absolutamente nada puede desafinar o salirse del compás en esta pieza descomunal: cada camión recoge, cada noche, un determinado tipo de residuos, y los amarillos, los de envases, llegan fácilmente a las dieciocho toneladas por ruta, que dura de once de la noche a cinco de la madrugada. «Antes de todo esto, casi no podíamos ni pasar por algunas calles. Pero durante marzo y abril, no había ni un alma», explica Meneu, sin despegar la mirada de la pantalla de su teléfono móvil. Cada camión lleva un GPS, y él controla en cada momento, a través de una aplicación, por donde circulan y cada posible incidencia, como una avería que le obliga a rehacer el plan de ruta en tiempo récord.

Pablo Meneu: «No hay noche que dejemos ni un solo cubo o contenedor sin recoger. Ni un callejón sin recorrer»

Son 708 los conductores que trabajan en tres turnos en los distritos Centro y Moncloa de la capital. Eso abarca zonas más residenciales, y el panorama cambia radicalmente. La cantidad de residuos para reciclar, especialmente los envases, aumentó respecto a los días de antes del estado de alarma. «La gente en casa ha seguido reciclando», cuenta Meneu, y bromea: «No olvidemos que sacar la basura –e ir a los contenedores de reciclaje– era de lo poco que nos permitían hacer durante el confinamiento, y para muchos era la excusa perfecta para airearse un poco».

Llegamos a la planta de selección de residuos del distrito centro. Andamos hasta el edificio por un aparcamiento repleto de camiones listos para zarpar. Reina la distensión, el buen rollo. Todos los trabajadores de aquí –los considerados esenciales– han vivido un estado de alarma muy diferente al de la mayoría de los españoles. No se han confinado ni un solo día, han seguido cumpliendo con su jornada, pero con unas cuantas medidas de seguridad que antes ni siquiera se planteaban. Nada más cruzar el umbral, un sistema de medición térmica anuncia ipso facto la temperatura corporal de todo el que pasa por ahí. «Si llegan a 37,5 grados, automáticamente no entran a trabajar. Se les da un volante y al día siguiente tienen que ir al médico», explica Meneu. La cifra la controla una persona desde una ventanilla ubicada justo enfrente, la misma que se encarga de dotar a cada uno de los conductores de su respectiva mascarilla. Son solo dos gestos –tomarse la temperatura y coger el material protector– que ya han asumido todos en su rutina laboral. También ciertas renuncias, como juntarse en el office con los colegas a comer algo, beberse un refresco y contarse qué tal ha ido el día. Han desaparecido las sillas y las mesas, y solo queda una estancia diáfana con dos máquinas expendedoras. «Tenemos que evitar que coincidan muchos trabajadores en un mismo espacio. Por eso, ahora los tres turnos se han escalonado de diez y media a once y media».

Las novedades continúan cuando acaban su turno. Cada conductor debe limpiarse el calzado en una fuente que se activa sin tocarla, luego se lavan individualmente con gel hidroalcohólico proporcionado por la empresa, y el camión se limpia a fondo, para después precintar su interior con plástico. «Tenemos que acostumbrarnos a esta nueva realidad porque esta situación aún va a durar un tiempo. De momento, no vamos a rebajar las medidas», concluye Meneu.

Seguir trabajando para proteger el medioambiente

Cuando uno llega a la planta de selección de envases de Fuenlabrada –propiedad del Ayuntamiento de este municipio madrileño y gestionada por la empresa Urbaser–, tiene la sensación de estar en Berlín. La fachada de la nave está presidida por una enorme estructura industrial de acero verde, igual que las que abundan en la capital alemana como iconos de lo cool. La diferencia es que esta no se ha reconvertido en una discoteca de música tecno o en un museo de arte moderno, sino que sigue funcionando a pleno rendimiento para lo que fue concebida: la selección de envases de plástico, latas y briks para su reconversión en nuevos productos. En definitiva, para darle una segunda vida a esos residuos y evitar que acaben en vertederos o, peor aún, convertidos en basuraleza.

Contrasta con la grandeza de esta hazaña la humildad de Paloma García, una de las responsables de que este eslabón imprescindible del reciclaje no se haya echado a perder durante el confinamiento. En ningún momento se planteó no ir a su puesto de trabajo, como desde hace veinte años. «Soy la encargada, pero me considero más bien una especie de guía. Y ellas me ven así. Cuando decretaron el confinamiento tuvimos un montón de reuniones, porque algunas trabajadoras tenían miedo, otras dudas… Si veían que seguía con ellas, los temores se les iban. Y tengo que decir que, de alguna manera, dentro de la planta, me han confinado», bromea.

Se refiere a su despacho, justo enfrente de las bandas por las que se deslizan todo tipo de envases imaginables, que se van separando por otros carriles que se ramifican según el material que los componen, como si fuera la circunvalación a escala que rodea una gran ciudad. Allí está su equipo, decenas de trabajadoras que controlan las máquinas, clasifican en los tramos que no están automatizados, conducen de un lado a otro los vehículos de transporte de residuos… García las ve a todas a través de grandes ventanales y se comunica con ellas por un walkie-talkie del que no se despega en ningún momento, ni siquiera durante nuestra entrevista. Detrás de ella, un enorme panel plagado de luces representa un diagrama preciso de la planta. La encargada lo tiene todo bajo control en cada momento, aunque no pueda relacionarse físicamente con nadie.

Paloma García: «No podíamos parar porque no se podía dejar de reciclar: eso habría sido un desastre para el medioambiente»

«Soy optimista y cuando nos dijeron que éramos de esos pocos trabajadores esenciales que debían seguir haciendo su labor cada día, les transmití tranquilidad», recuerda García. «Les hice ver que, ya en condiciones normales, por nuestro trabajo, llevamos mucha protección. Y que a partir de entonces íbamos a llevar un poco más. Y luego las medidas habituales, claro: ir al vestuario de manera escalonada, evitar que se junte mucha gente en el mismo sitio… Al principio hubo algo de nerviosismo, pero ahora la confianza es plena: por suerte, en estos tres meses, no hemos tenido ningún problema de contagio en toda la planta». Pero hay otro motivo, que no tiene que ver con la seguridad, que fue determinante para la encargada y sus trabajadoras: «Les dije que no podíamos parar, porque no se podía dejar de reciclar: eso habría sido un desastre para el medioambiente. Y que por eso era tan importante lo que hacíamos», recuerda García. Y los hechos confirmaron sus palabras: «El número de envases que llegaba a la planta aumentó una barbaridad».

De invisibles a héroes

Esa titánica labor de gestionar los residuos de toda España mientras el país se sumía en un letargo que parecía –en aquel momento– no tener fin, merecía ser reconocida. Con ese propósito en mente, durante los momentos más duros del confinamiento, Ecoembes puso en marcha una campaña en redes sociales que, bajo la etiqueta #HéroesAPieDeCalle, buscaba agradecer el trabajo esencial de los profesionales de la gestión de residuos. Un simple «gracias» escrito en rotulador permanente en una bolsa depositada en el contenedor amarillo, una fotografía colgada en Instagram o Twitter y un hashtag, todo ello para reconocer a los que durante demasiado tiempo han sido invisibles.

Así, la organización sorprendió a los operarios del sector, convirtiendo las marquesinas de autobuses de Madrid en pequeñas salas de proyección de esos cientos de imágenes de apoyo recopiladas. El temor ante la situación excepcional vivida que sentían todos esos hombres y mujeres se convirtió, gracias a este gesto, en una fuerza renovada para continuar trabajando en pro del medioambiente.

Improvisación para capear el temporal

También sintieron ese miedo inevitable que da el desconcierto los empleados de la planta de selección de envases del valenciano pueblo de Alzira. La empresa pública que la gestiona, Vaersa, les dijo que debían ir a trabajar, como siempre, mientras el resto del país se quedaba en casa. «Nos dijeron que éramos trabajadores esenciales y que la recogida de basura y el reciclaje no podían parar», explica Rocío Risueño, responsable de turno, con veinte personas a su cargo. «Nos lo tomamos bien de entrada, porque enseguida pusieron a nuestra disposición las medidas y el equipamiento necesario, así como las facilidades para guardar las distancias de seguridad, el control de los aforos en los aseos o en el comedor… Fue un cambio fácil», cuenta. Pero añade: «Con el primer boom del virus sí estábamos algo asustados, porque muchas veces no sabemos la procedencia de los residuos. Cuando llegaban guantes o mascarillas usadas, la sensación era la de estar cara a cara con el coronavirus».

Por suerte, desde el primer momento activaron protocolos que les evitaba cualquier tipo de riesgo. «Cuando llega una bolsa entera, la desinfectamos con lejía y agua e intentamos averiguar su procedencia. Si no podemos concretar la procedencia, no se toca y va a la zona de rechazo directamente», explica.

El ambiente de la planta de Alzira es, hoy, tan distendido como el de antes de la pandemia. La pronta adopción de medidas, y que no haya habido un solo caso de contagio, han ayudado a que sea así. Pero, sobre todo, lo ha conseguido gente como Risueño y su capacidad para transmitir tranquilidad en tiempos difíciles: «Tuve que improvisar y hacer un poco de psicóloga». La encargada de turno zanja: «Les hice ver que ser trabajador esencial es mucho más que una etiqueta».

Los profesionales de la gestión de residuos han sido verdaderos héroes durante los peores días –y semanas– del estado de alarma en España. Porque, como asegura Risueño –y no le falta razón–, «aunque tengamos menos visibilidad en los medios que los sanitarios o los bomberos, el planeta no puede permitirse que dejemos de reciclar».

Este artículo fue publicado originariamente en el Número 9 de la Revista Circle. Puedes descargarte el PDF de ese número en este enlace.