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Superar la ecofatiga, abandonar la ecoansiedad

Superar la ecofatiga, abandonar la ecoansiedad

El cansancio por un exceso de información o de presión sobre los temas ecológicos, que tiende a sobreresponsabilizar a las personas, es conocido como ecofatiga. Ecoansiedad, por su parte, evoca la angustia y los miedos que generan los escenarios catastrofistas del cambio climático.

Hasta la crisis del 2008, se buscaba la implicación de las personas en la resolución de los problemas. Pero si la implicación y el compromiso personal y colectivo permitía afrontar y mejorar temas ambientales, este empoderamiento también se podría aplicar a otras cosas. Y eso, quizás, no interesa tanto.

A partir de esa crisis de principios de siglo, en estudios de prensa propios encontramos que los mensajes ya no dan un papel tan central a la persona y a los colectivos sociales, sino que ponen el énfasis en las dimensiones globales. Con ello, la persona percibe que, haga lo que haga, tendrá poca trascendencia en la corrección de la situación –algo que el psicólogo estadounidenses Martin Seligman denomina indefensión o impotencia aprendida–. Además, se experimenta una percepción de pérdida por los cambios en su entorno más cercano, y una sensación de imposibilidad de decidir o de incidir en su evolución. Todo ello alimenta la ecoansiedad, pero da un papel preponderante a la gestión de la información.

Desde espacios ambientalistas se ha ido cambiando el foco de atención de los problemas que enfrentamos: degradación ambiental, pérdida de biodiversidad, agujero de la capa de ozono, energías, emisiones, calentamiento global… Y, todo ello, en un tiempo récord. Estos rápidos cambios más bien han generado percepción de engaño o mentira: lo que era tan importante ayer, ¿deja de serlo hoy?

Tenemos miedo a la incertidumbre y preferimos explicaciones simples y de relación de causación clara

Para incidir sobre hábitos o comportamientos cotidianos se tiende a usar mensajes contundentes que no dejan margen al cambio: «La única forma correcta de hacer es…». Luego, inevitablemente, aparece una nueva tecnología más eficiente y nos vemos obligados a pedir otro cambio de comportamiento. De nuevo, alimentamos la sensación de engaño y generamos cansancio. Tenemos miedo a la incertidumbre y preferimos explicaciones simples y de relación de causación clara. Pero la ciencia y la tecnología se mueven siempre, necesariamente, en el cambio y en amplios márgenes de incertidumbre. Por tanto, en la comunicación –especialmente en la imperativa– debemos siempre dejar la puerta abierta al cambio y advertir explícitamente que lo hacemos.

Todo ello en un contexto natural de lucha entre relatos contrapuestos –miradas o representaciones sociales– que comportan formas de actuar distintas o antagónicas, pero armónicas con la imagen de la realidad que se posee. En la última década, facilitada en parte por la expansión de las TIC, esta competición se ha vuelto más cruenta, con la amenaza constante de las fake news. Es decir, los rumores y mentiras de toda la vida, pero que ahora son más difíciles de identificar y circulan a mayor velocidad.

Hay que tener en cuenta que somos más racionalizadores que racionales. Nos quedamos solo con la información que da soporte a nuestra posición o creencias para reducir lo que Leon Festinger llamaba disonancia cognitiva, es decir, esa fuerte necesidad interior que nos empuja a asegurarnos de que nuestras creencias, actitudes y conductas son coherentes entre sí. Solo en situaciones forzadas admitimos cierta permeabilidad al cambio. La confluencia de la emergencia climática y la crisis de la COVID-19 puede ayudar a esta transición –por ejemplo, en la disminución de contaminación–, pero también la puede entorpecer –se enfrenta el uso del transporte público contra las recomendaciones de la apuesta por el individual para frenar el coronavirus–. Así, la capacidad de actuar y decidir sobre la propia realidad cotidiana y la gestión transparente de la información seguirá siendo uno de los temas clave para superar la ecofatiga y abandonar la ecoansiedad.

Este artículo fue publicado originariamente en el Número 9 de la Revista Circle. Puedes descargarte el PDF de ese número en este enlace.