Economía circular

Agenda 2030 y transparencia: hacia una cultura empresarial responsable

Agenda 2030 y transparencia: hacia una cultura empresarial responsable

Este año se cumple un lustro desde que Naciones Unidas aprobara la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que no deja de ser la síntesis de muchas otras agendas sectoriales que se habían venido discutiendo en el último cuarto del siglo XX. En el ámbito del sector privado y de la actividad empresarial, los antecedentes se remontan, como es sabido, a los años 50 y 60 cuando en Estados Unidos se forja el concepto de Responsabilidad Social Corporativa (RSC, RSE o RS) para referirse a la responsabilidad de las organizaciones en materia social y medioambiental. Se ponía así en valor la contribución activa y voluntaria de las organizaciones al mejoramiento de la sociedad, la economía y el medioambiente, entendiendo que, al mismo tiempo, mejoraría el sistema competitivo añadiendo un valor adicional a la actividad de las empresas. Además, la RSC iba más allá del cumplimiento normativo, ya que su especial valor –se dice– reside en su voluntariedad.

De esta manera, la RSC comenzaba a formar parte de la gestión de la empresa y de su ética o cultura empresarial. Pero la actividad empresarial se enfrenta no solo a la responsabilidad tradicional derivada del ordenamiento jurídico mercantil, laboral, fiscal y administrativo, sino también del penal. Es decir, hace frente a un complejo escenario, dentro del cual las organizaciones y sus administradores han de afrontar, al menos, dos desafíos: desarrollar una cultura empresarial guiada por las normas de voluntario cumplimiento y que tenga en cuenta los objetivos de la Agenda 2030, y por una gobernanza responsable marcada por las normas de obligado cumplimiento.

La capacidad de las empresas en la generación de riqueza y la actividad empresarial como motor y actor social tienen un rol insoslayable. De ahí que los compromisos que el sector privado asuma en cuanto a los criterios ambientales, sociales y de gobierno corporativo (ASG) y a los ODS definirán no solo su rol social como sujeto, sino también su modelo de negocio. Un modelo no solo centrado en la obtención de rendimientos económicos, sino comprometido a minimizar los impactos sobre el medioambiente y fomentar la creación de empleo inclusivo. Un modelo de negocio que persiga impacto medioambiental y social será, por ende, no solo responsable, sino también rentable.

«Un modelo de negocio que persiga impacto medioambiental y social será responsable y rentable»

Transformar el modelo de negocio no pasa solo por cambios estructurales, sino por una transformación en el modelo de gobernanza y en la cultura empresarial. Desde esta perspectiva, la cooperación y responsabilidad de la empresa en la implementación de la Agenda 2030 es necesaria y esencial en un nuevo paradigma de gobernanza responsable y cultura empresarial.  Es en este escenario en el que entra otro importante actor de la actividad económica y financiera: los inversores. En 2017 se aprobaron los principios de inversión responsable (UNPRI o PRI), destinados a establecer los estándares globales para inversiones de las que no solo se obtenga un beneficio económico, sino que revelen que el inversor está comprometido con factores medioambientales, sociales y del gobierno corporativo (ESG o ASG). Desde entonces, es evidente que una empresa que no evolucione y diseñe su plan estratégico en esta misma dirección perderá capacidad competitiva en el mercado.

El proceso para desarrollar una cultura empresarial teniendo en cuenta todo este conjunto de normas de voluntario y obligado cumplimiento no es fácil. No basta con la aprobación de un código de conducta impuesto bajo amenaza de sanción de los integrantes de la organización. El reto será trasladar dicha cultura de cumplimiento a todas las personas que configuran una organización y ello requiere un liderazgo que emprenda las acciones necesarias para avanzar en ese nuevo modelo estratégico y cultural. Precisamente, en este punto es dónde cobra una mayor dimensión la cultura de la transparencia.

La transparencia es, en este sentido, un principio de gobernanza que va más allá del cumplimiento de la legalidad: es rendición de cuentas y correcta explicación de las decisiones adoptadas. Lograr que los valores de la organización se internalicen en el día a día y en todos sus miembros requiere que las personas que forman parte de ella se puedan identificar con esos valores.

«La transparencia, a nivel empresarial, es rendición de cuentas y correcta explicación de las decisiones adoptadas basadas en los ODS»

No es solo una nueva realidad legal la que coloca a las organizaciones en este nuevo plano, sino todo el elenco de parámetros, estándares y normas de voluntario cumplimiento que les permiten definir un modelo de negocio adaptado a las exigencias de un inversor responsable. Los valores que han formado parte de la denominada RSC, de los ESG /ASG y, ahora, –en su versión más evolucionada– de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y los PRI son el verdadero reto de la gobernanza y la cultura empresarial de las organizaciones del siglo XXI. Cumplirlos será lo que distinga a las empresas del futuro de las del pasado.