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Bosques urbanos en miniatura para recuperar la salud del planeta

Bosques urbanos en miniatura para recuperar la salud del planeta

Tan solo se necesita algún recoveco libre de la ciudad para zambullir nuestras urbes en un aire mucho más puro. Los conocidos como bosques Miyawaki no necesitan mucho y espacio y, en ellos, los árboles crecen rápidamente y capturan más CO2 que aquellos destinados a obtener madera. En todo el mundo, grupos comunitarios y vecinales están plantando estos minibosques para crear complejos ecosistemas perfectamente adaptados a las condiciones locales que mejoran la biodiversidad y la calidad del aire.

Esta fuente de vida en medio del asfalto surgió de la imaginación de un botánico nipón preocupado por la pérdida de masa forestal en su país. En su niñez, Akira Miyawaki vivió en un Japón sin industrializar y previo al desastre de la Segunda Guerra Mundial, en el que la naturaleza era respetada e, incluso, se integraba como una parte más de las ciudades. Ya de adulto, en los años 70, convertido en profesor de la Universidad de Yokohama y director del Centro Japonés de Estudios Internacionales en Ecología, dio con la solución a los agudos problemas de deforestación y contaminación de su país: bosques urbanos, de crecimiento rápido, adaptados a las zonas urbanas… verdaderos corredores verdes en mitad de las mayores emisiones de CO2.

Su idea pasó desapercibida –y fue casi abandonada– durante décadas. Pero, ahora, la institución más inesperada la ha recuperado. El Foro Económico Mundial –más conocido como Foro de Davos– se hace eco de los bosques de Miyawaki, porque los grandes poderes económicos mundiales están cada vez más concienciados con el cambio climático. Por eso, rescatan las iniciativas que permiten mantener la calidad de vida de nuestra civilización al tiempo que se atajan –e, incluso, revierten– los efectos del calentamiento global.

Estos minibosques pueden sobrevivir independientemente por más de 9.000 años

Un método basado en las especies locales

Para la creación de los bosques urbanos de Miyawaki son necesarios llevar a cabo cuatro pasos fundamentales. El primero es la selección de una amplia variedad de especies nativas de la región, que se adaptarán mejor al terreno de plantación y asegurarán la resiliencia de la vegetación al cambio climático. Luego, se dispone de manera aleatoria las semillas en el vivero: el objetivo es reproducir la complejidad de un entorno natural en el que se produce competencia y complementariedad entre especies, y que acelera los ciclos de vegetación. Por ello, el tercer paso es fertilizar el suelo con materiales naturales –astillas de madera recicladas, plantas descompuestas, humus…– antes de plantar plantas jóvenes. El cuarto paso y objetivo final es la autonomía del minibosque: después de tres años, los árboles superan los dos metros de altura y deja de necesitar ayuda humana para crecer. Además, puede sobrevivir independientemente por más de 9.000 años.

La complicación principal es el primer paso de todo el proceso. Es decir, elegir la localización exacta en la ciudad y coordinar la creación de no uno, sino una gran cantidad de pequeños bosques que sirvan para capturar el CO2, remitir la temperatura y mejorar la calidad de vida en la metrópolis.

El Mediterráneo pone a prueba los minibosques

Con el profesor español Luis Balaguer a la cabeza, un grupo de científicos, especializados en biodiversidad, ha trabajado en varios países del sur de Europa para identificar especies adecuadas para la restauración ecológica. Además, han investigado las dificultades prácticas para utilizar el concepto de la vegetación potencial. En 2008, ya se propuso la creación de pequeñas islas de bosque mediterráneo en áreas agrícolas extensivas. Se trata de una herramienta de manejo de la biodiversidad con efectos positivos en todo tipo de servicios ecosistémicos. Un camino para combinar acciones de conservación, restauración y agricultura.

Intentar reconstruir pequeñas islas forestales o hábitats naturales –no necesariamente arbóreos– en nuestro entorno urbano como fuente de diversidad es simple y nada novedoso. Sin embargo, en el contexto de un paisajismo trasformador, es completamente revolucionario. Tal vez, con el apoyo del Foro de Davos, el sueño de Miyawaki se haga realidad y las ciudades del mundo incorporen sus propios minibosques.