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César Manrique, el gran defensor de la riqueza natural canaria

César Manrique, el gran defensor de la riqueza natural canaria

«La insensibilidad reinante unida a la falta absoluta de entusiasmo están aniquilando el amor que había en un principio. Lo único válido para ellos es el éxito de vender en masas y ganar millones, sin tener en cuenta todo lo realizado en los comienzos. Indigna que esta torpe facilidad de ventas al por mayor se base en todos los grandes atractivos que hemos creado en Lanzarote, ya que, de no existir éstos, no venderían ni una perra chica. Esto es verdaderamente desmoralizador, es tirarse piedras sobre su propio tejado». Esta oda a un Lanzarote que está muriendo la escribía César Manrique Cabrera (1919-1992) en 1986. El artista fue uno de los principales referentes del arte en defensa del medioambiente y la naturaleza de nuestro país. Su mensaje sigue más vigente que nunca. Por eso, hacemos un recorrido por sus obras y las enseñanzas que, durante el siglo pasado, nos dejó para reflexionar sobre nuestro futuro.

Manrique fue uno de los principales referentes del arte en defensa del medioambiente en España

Nacido en Arrecife, donde vivió toda su juventud, se dice que su experiencia como soldado en la Guerra Civil española fue tan traumática que lo convirtió en pacifista. Se marchó de nuevo del archipiélago para estudiar arte después de comenzar Arquitectura Técnica de La Laguna (Tenerife). Tras vivir en Madrid y Nueva York, regresaría a su isla natal en los años 60, cuando ya era un artista consagrado y comenzaba el boom del turismo de masas en España.

La destrucción de los paisajes de su infancia en aras de favorecer la economía lo volvería a transformar. A partir de los 70, lideraría numerosas protestas contra la construcción indiscriminada y la destrucción de los ecosistemas. Junto a su socio, el arquitecto Fernando Higueras, innovaría para recuperar el paisaje y adaptar la acción humana a la convivencia con la naturaleza.

En los 70, lideraría numerosas protestas contra la construcción indiscriminada y la destrucción de los ecosistemas

Lo que para él era cotidiano, hoy se considera el futuro de la arquitectura y la sostenibilidad: la integración del diseño, el arte y la construcción en el paisaje y la recuperación de espacios perjudicados por la contaminación. Como ejemplo tenemos el Jardín de Cactus, su última gran intervención en la isla de Lanzarote. En 1991 –apenas un año antes del accidente de tráfico que le costaría la vida– reconstruiría una antigua zona de extracción de áridos de Lanzarote que se había convertido en un basurero, transformándola –literalmente– en un jardín de cactus.

Sus huellas están ahora por toda la isla. Otra de sus frases más conocidas, recordaba como ésta, para él, «era el lugar más bello de la Tierra». Y se dio cuenta de que «si ellos eran capaces de verlo a través de mis ojos, entonces pensarían igual que yo», decía haciendo referencia a los constructores que convirtieron en hormigón el litoral. También están sus huellas en el diseño respetuoso con el entorno se ven hasta en su propia casa, la conocida como Taro Tahiche. En la construcción, de 1968, Manrique sacó partido al espacio natural formado por las cinco burbujas volcánicas de una colada de lava de Teguise, actual sede de la fundación que lleva su nombre.

El más icónico de todos sus diseños sería el Monumento a la Fecundidad, que culmina la Casa Museo del Campesino

Un caso parecido es el de los Jameos del Agua, una de sus primeras obras tras su regreso de Estados Unidos. Este espacio, construido entre 1964 y 1966, aprovecha el desplome de la cubierta de un tubo volcánico junto a la costa, donde las aguas filtradas dieron lugar a un lago interior. En él diseñó un espacio en el que la naturaleza y el arte convergen, y donde el blanco de las paredes encaladas, el azul del agua, el verde de la vegetación y el negro de la lava son la combinación perfecta.

El más icónico de todos sus diseños sería el Monumento a la Fecundidad, que culmina la Casa Museo del Campesino. Con este espacio, el artista quiso reconocer el esfuerzo de los campesinos de Lanzarote, que se enfrentaron a las condiciones más adversas para dar vida al territorio. Esta construcción de 1968 está ubicada entre los pueblos de Mozaga y San Bartolomé.

Manrique nunca se consideró un intelectual ni un revolucionario, solo alguien que defendía el territorio que amaba y la relación de los humanos con su entorno. Homosexual sin ocultarlo en una época en la que esto no era fácil, desafiante y consciente de su poder como artista, no tuvo problemas en llevar la contraria a alcaldes, arquitectos o ministros. Con su marcha prematura se perdió una de las primeras voces que, desde el arte, desafiaron la cultura del pelotazo, la especulación y la ignorancia respecto al medioambiente. Hoy, su ejemplo sigue vive en Lanzarote y en el resto de planeta.