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Conservación de la fauna autóctona de España: Así se consigue

Conservación de la fauna autóctona de España: Así se consigue

Un territorio no se puede entender sin su orografía particular, su clima o sin los accidentes geográficos que moldean su relieve. Tampoco sin su biodiversidad: la fauna y flora propia de un lugar son esenciales para entender su pasado, presente y futuro, y por ello no es extraño que los países inviertan tiempo y recursos para conservar aquellas especies más amenazadas por los agentes externos. Esto es, en la gran mayoría de los casos, el ser humano y su actividad productiva. Por eso es imprescindible la conservación de la fauna autóctona de España.

En España existen 963 especies (tanto vegetales como animales) amenazadas y que, por tanto, se encuentran en un régimen de protección especial, según los últimos datos del Ministerio para la Transición Ecológica. Si nos ceñimos a la fauna, 90 especies están catalogadas como “vulnerables” y 71 se encuentran en peligro de extinción. Pero, ¿cómo es la conservación de la fauna autóctona de España?

Aunque la responsabilidad última de la conservación de la flora y fauna propia de un país corresponde a las administraciones, numerosas asociaciones y ONG han florecido a lo largo del territorio para impulsar campañas de conservación y concienciación. Estos dos ejes, la actuación directa sobre el terreno y el refuerzo de la educación medioambiental, resumen el trabajo de entidades como el Grupo de Rehabilitación de la Fauna Autóctona y su Hábitat (GREFA), la Fundación Oso Pardo, ASCEL, el programa de conservación del lince ibérico o ACU.

Control de plagas y repoblación de los bosques cantábricos

Acción y sensibilización. Estos dos principios son los que rigen el Centro de Interpretación de Villalar de los Comuneros, creado por el GREFA en el Parque Municipal que da nombre al recinto, situado a 40 kilómetros al oeste de Valladolid.

En esa zona se han vivido plagas cíclicas del topillo campesino, un roedor que con el paso de las décadas se ha expandido desde la Cordillera Cantábrica hasta la Meseta Norte gracias a las condiciones favorables como la ausencia de depredadores naturales o la abundancia de alimento (cultivos).

El Centro de Interpretación nació en 2018 con dos objetivos: informar sobre los riesgos del roedor a nivel sanitario y agrícola y, también, para informar sobre la estepa cerealista y proponer acciones sobre el terreno que puedan dar contexto sobre un hábitat único en el mundo y apenas conocido incluso por sus habitantes.

“Los campos de cultivo de la meseta albergan una gran biodiversidad y, además, a través de una fauna muy particular que no encuentras en otras partes de España y del mundo. El caso más característico es la butarda, un ave muy singular ya que se trata del ave más pesada del mundo que vuela. Y está acantonada en estos espacios de la estepa cerealista. Nuestra prioridad es que se conozca, porque lo que no conoces no lo puedes proteger”, explica Fernando Blanca, responsable de este centro de conservación y formación de GREFA.

Estas acciones directas de información y conservación del entorno también pueden apreciarse en los montes del norte de España, donde varias asociaciones trabajan de forma dedicada a la conservación del oso pardo, el urogallo o el quebrantahuesos, por citar algunos ejemplos.

En el caso del oso, uno de los más paradigmáticos dentro del ecosistema de la montaña cantábrica, se estima que en 2018 esta zona del norte peninsular albergaba 280 ejemplares en libertad, según los datos de la Fundación Oso Pardo. Una gran noticia teniendo en cuenta que en la década de los 90 rozaron su extinción.

Esta notable recuperación no es fruto del azar. Fundaciones como la citada unas líneas más arriba han puesto en marcha numerosos programas para evitar la pérdida y fragmentación de su hábitat, para localizar y monitorizar a las nuevas crías o para trasladar a los más jóvenes la necesidad de ser respetuosos con la especia a través de juegos, excursiones y visitas guiadas.

España, a la cabeza de la biodiversidad en Europa

España es uno de los países europeos con mayor diversidad. Así lo reflejan los datos de la Fundación Diversidad, dependiente del Ministerio de Transición Ecológica. Para hacernos una idea: en España conviven “más de 85.000 especies”, lo que supone más del 50% de las que existen en Europa. También se sitúa como el segundo país con mayor superficie forestal y el segundo más montañoso del continente, lo que explica la gran cantidad de flora y fauna autóctona que alberga el país.

Precisamente por su gran riqueza, las amenazas a los distintos ecosistemas que conviven en España son muchas. La WWF elaboró un informe en 2020 en el que enumera las estas amenazas para la biodiversidad: la fragmentación y destrucción del hábitat, la sobreexplotación de especies para el consumo humano, la contaminación, el cambio climático o el auge de las especies invasoras.

Aunque un primer paso para la conservación de la fauna y flora deben venir desde la iniciativa individual, cuidando los entornos naturales o denunciando la presencia de cazadores furtivos, por poner dos ejemplos básicos, desde la WWF señalan la política y la legislación como las dos principales vías de asegurar la conservación del entorno.

Algunos de los puntos clave que destacan en su informe son la ampliación de la red de Parques Nacionales y de Reservas Marinas, la elaboración de un Plan Nacional de Restauración Ecológica y un control más exhaustivo de la contaminación de las aguas subterráneas o del uso de cebos envenenados.

Fernando Blanca, en este sentido, considera que el marco legislativo de España es “muy bueno” en cuanto a cantidad de herramientas de las que se dispone para proteger la biodiversidad. “Pero hay casos en los que no se emplean por falta de voluntad”, añade el naturalista.

“Hay casos particulares de vacíos legales, como con la proliferación de los parques fotovoltaicos y eólicos. Estamos totalmente a favor del desarrollo de energías alternativas, pero esto no puede ser a costa de un impacto ambiental brutal. Por ejemplo, los parques fotovoltaicos en suelos de alto valor agrícola como en la que trabajamos”, concluye.

Ó. P.